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Mantra

Mantra, de Rodrigo Fresán

Mantra

Un grandioso mural, construido a base recortes de los más diversos materiales, de una Ciudad de México improbable y fantástica.

Algunas ciudades poseen una gran carga literaria; una historia de misterio siempre da más miedo en Londres; una de amor, ambientada en París será más romántica.  Y en Ciudad de México cualquier historia termina siendo… imprevisible.  Probablemente por eso, cuando en el año 2000 los editores Claudio López Lamadrid y Mónica Carmona decidieron encargar una novela ambientada en Ciudad de México no pensaron en un autor mexicano sino en el argentino Rodrigo Fresán, uno de los escritores más imprevisibles e inclasificables de la narrativa latinoamericana.  El argumento daba igual, la única condición era el escenario.

Como era de esperar, Rodrigo Fresán cumplió con el encargo, pero lo hizo al pie de la letra: Mantra está, efectivamente, ambientada en México D. F., pero ¿es una novela?  Y ese D. F. de Fresán ¿existe realmente?

Establecer qué es Mantra no es una cuestión sencilla porque, como el propio México, es muchas cosas a la vez, todas ellas mezcladas sin lógica aparente.  Para empezar, el libro no desarrolla una historia sino tres, situadas en tiempos distintos y con protagonistas diferentes, que convergen sobre México D. F. guiadas por un mismo demiurgo desquiciado y visionario: Martín Mantra.  Cineasta, guerrillero, filósofo, inventor, profeta apocalíptico…  Mantra es, más que un personaje, un mito omnipresente e inalcanzable cuyo misterioso magnetismo impregna cada página del libro y fascina tanto al resto de los personajes como al lector.

A la primera parte del libro le corresponde el honor de hacer las presentaciones: vamos a conocer a Martín Mantra a través de los recuerdos de un hombre que fue compañero suyo en el colegio.  Curiosamente, este hombre está aquejado de un extraño mal degenerativo que está borrando todos los recuerdos de su mente como de un libro al que una a una se le van arrancando las páginas.  Todas menos una: a medida que avanza la enfermedad, su memoria se va concentrando paulatinamente en el recuerdo del año que él y Martín Mantra, recién llegado de México a un país del cono sur que nunca se llega a mencionar, fueron condiscípulos y amigos inseparables.

“Cuando todavía faltaba mucho para convertirme en quién soy ahora y jamás debería haber sido, yo conocí a Martín Mantra o, mejor dicho, Martín Mantra me conoció a mí, me tendió su mano, y en su mano había una pistola.”

A medida que sus otros recuerdos desaparecen, Martín Mantra se convierte en una especie de grial para este hombre enfermo; su pasado, su presente y su futuro sólo tienen sentido en la medida en que se relacionan con Martín Mantra.  Viendo cerca el final, el hombre emprende viaje a Ciudad de México para conocer el lugar donde nació la persona que ahora ocupa toda su mente y, al menos de manera simbólica, reunirse con él.

El protagonista de la segunda parte también es un extranjero que viaja a Ciudad de México en busca de algo vago e indeterminado que le obsesiona.  Sin embargo, esta vez no se trata de alguien que ha perdido su memoria, sino de lo contrario; está obligado a rememorar obsesivamente su pasado reciente.  Y es que, entre las muchas cosas que le han sucedido desde su llegada al D. F., acaba de morir.  Sentados junto a él en el Mictlán (el inframundo de los difuntos que “han muerto de mala manera”) frente a un televisor que emite sin parar imágenes de sus últimos días, podremos reconstruir su vertiginoso descenso a los infiernos de Ciudad de México.

Y si esperaban un protagonista más convencional para la tercera y última de las partes que componen Mantra, me temo que voy a decepcionarles.  Se trata de un ser, mitad momia azteca , mitad androide, que, a ver si les suena, viaja a las ruinas de lo que alguna vez fue el D. F. y ahora es Nueva Tenochtilán del Temblor, porque le dijeron que allá vivía su Padre Creador: Mantrax.  Esta transfiguración de Ciudad de México en una especie de Comala postapocalíptica no sólo es el irónico guiño al Pedro Páramo de Rulfo con el que Rodrigo Fresán remata el laberinto intertextual de Mantra, también es esa última pieza que da sentido al puzle y desvela su diseño.

Pero Mantra no es una obra peculiar y sorprendente porque esté formada por varios argumentos que se van entrelazando hasta convertirse en uno solo; eso está ya muy visto.  Mantra llama la atención por su fuerza expresiva, por su capacidad de fabulación, por la desinhibida libertad con la que Rodrigo Fresán toma todo tipo de materiales, desde biografías de escritores famosos hasta noticias de la prensa sensacionalista, desde telenovelas hasta pintorescas teorías cuánticas para dar vida a un monstruo de Frankenstein que, como los de las películas de terror mexicanas, produce tanto espanto como ternura.

Otra singularidad de la obra de Rodrigo Fresán es que es uno de esos prestidigitadores a los que no les importa explicar sus trucos, confiados en que son igualmente espectaculares aunque sepamos que su sombrero tiene doble fondo.  Así, por ejemplo, mientras el autor nos cuenta la peligrosa experiencia mexicana de William Burroughs, éste último habla a través de las pantallas de los televisores del Mictlán, explicándole al lector sus experiencias con el cut-up, una técnica narrativa con la que experimentó en los años cincuenta y que ha servido al propio Fresán para escribir Mantra.

El cut-up como nuevo lenguaje donde todo aparece fragmentado, donde las historias empiezan por donde terminan y no respetan el orden cronológico de los acontecimientos.  Lo importante es poner todo por escrito, rápido, antes de que desaparezca o se olvide.  Someter cada instante al mayor número posible de variaciones, cada una de ellas presentadas de un modo que sea interesante y, al mismo tiempo, justificable.  Alterar el modo en que se lee.

También se apunta Fresán al “irrealismo lógico” (el reverso tenebroso y demente del realismo mágico), recogiendo el testigo de Cortázar (cuya obra, lógica e irreal como pocas, tampoco es ajena al cut-up) para continuar una carrera sin salida ni meta.

Mientras que lo que se conoce como realismo mágico es la medida y justa intrusión de lo fantástico en el tejido de la realidad, yo diría que los Mantra nos ubicamos detro de algo que bien podría llamarse irrealismo lógico y que empieza y acaba de definirnos a la perfección: mínimas esquirlas de lógica, como las luces en los trajes de los charros, bordadas sobre la amplia y cotidiana tela de lo irreal e imposible.

Y hablando de Julio Cortázar, no puedo evitar pensar que, por momentos, Mantra es indisimuladamente cortazariana, y no creo que Fresán quiera imitar o emular a Cortázar, sino que, más bien, trata de invocar su espíritu:  Martín Mantra no sólo podría ser un personaje de Cortázar, también tiene algo del propio Cortázar.

En todo caso, Cortázar y Burroughs no son los únicos escritores abducidos por Ciudad de México cuyo fantasma ha ido a parar a las páginas de Mantra; por ellas vagan, como almas en pena, Greene, Lowry, Bierce, Travern, Kerouac, Huxley, Kurtz, Serling, Artaud, Gainsboroug…

Entonces, ¿Mantra es una novela?  Puede.  Quizá sea mejor decir que son muchas novelas, troceadas y unidas al azar: una criatura creada por un científico loco, un puzle con las piezas encajadas en un orden incorrecto, una película que se proyecta con los rollos desordenados.

O no es una novela, sino un homenaje a Ciudad de México, ese lugar donde “todo lo peor parece haber ocurrido ya”.  Un canto a la relación “familiar” de los mexicanos con la muerte y su especial concepción del tiempo, un tiempo circular, líquido, de velocidad cambiante.  Un réquiem por cuantos pasaron por ella y en ella se perdieron por la sencilla razón de que eso es exactamente lo que querían, perderse.

De todos los peligros de México, pienso, uno de los más peligrosos es que México suele hacer realidad tus deseos.  México te escucha y te entiende.  No importa el idioma.”

A lo mejor sólo es una guía turística de Ciudad de México, con sus iglesias, sus templos aztecas y sus tugurios para luchadores.  Una pésima guía de viajes, porque lleva al viajero-lector a perderse inevitablemente una y otra vez por mil callejuelas infectas en las que se cruzará con luchadores enmascarados, escritores alcohólicos o sicarios devotos mientras disfruta de delicatessen gastronómicas inimaginables, culebrones televisivos y comics de serie B.

No me hagan caso, lo importante en Mantra , como en las telenovelas mexicanas, no es de qué va o como acaba, porque eso ya se sabe, lo importante es lo que ocurre durante.

Me temo que, por mi parte, la pregunta sobre qué es Mantra queda sin responder.  Quizá no tenga respuesta, ni la necesite; es un libro suficientemente brillante, estimulante y divertido como para necesitar justificarse con una etiqueta.  Y espero que me perdonen, pero también dejaré sin contestar la segunda cuestión, acerca de si el delirante México D. F. de Fresán es el real.  El D. F. es una ciudad tan múltiple y dinámica que es probable que todas sus versiones sean posibles y existan paralelamente. “No es que México se mueva mucho sino que, en realidad, el resto del mundo está muy quieto.”

Javier BR
javierbr@librosyliteratura.es

7 respuestas a «Mantra»

Esta vez me has dejado con la duda. Creo que tendré que echarle un vistazo antes de decidirme. Leer un poquito para saber si me gustará o no. Probaré suerte en la biblio, que es siempre lo más socorrido en estos casos.
Besotes!!!

Esta vez me has dejado con la duda. Creo que tendré que echarle un vistazo antes de decidirme. Leer un poquito para saber si me gustará o no. Probaré suerte en la biblio, que es siempre lo más socorrido en estos casos.
Besotes!!!

Sí, es mejor que pruebes antes de decidirte, porque es un libro un poco especial, de esos que te encantan (como a mí) o no te dicen nada. Gracias por tu comentario.

Opino como Margarita, le reseña genera lo mismo que, dices, genera el libro. Creo que lo mejor será leerlo y verme o no atrapado, aunque confío más en que la magia de Fresán no me deje separarme de Mantra.

Saludos!

Pues si te decides espero que te guste, Roberto. El libro produce un efecto parecido a cuando te encuentras de repente en el centro, o en la plaza del mercado, de una ciudad bulliciosa y desconocida y mil cosas llaman tu atención; unas son agradables y otras no tanto, pero todas te atraen por igual. Toda una experiencia.
Saludos.

Qué alegría encontrarte por aquí, Andrómeda. Hacía tiempo que no nos cruzábamos. Este es un libro que no recomendaría a cualquiera, pero conociendo los libros que reseñas en tu blog creo que te gustará. Aunque bien pensado, si no me equivoco, conoces el tema del libro mucho mejor que yo (y probablemente que Fresán), así que me arriesgo a que nos corrijas a ambos.
Muchas gracias por tu comentario.

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