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Un millón de gotas

un millon de gotas

Un millón de gotas, de Víctor del Árbol

un millon de gotasLa primera gota, que cae del árbol centenario que ha sido testigo de la desgracia. La segunda gota, que acompaña en su baile – frenético, diabólico, enfermo – a la soledad de la primera, convirtiéndose poco a poco en río. La tercera gota que como en un trío macabro lo convierte todo en Historia. La cuarta, que hace resbalar a las anteriores, como una pista de hielo que ha conseguido congelar nuestros propios huesos. La quinta, que junto a la sexta y a la séptima, quiebran la tierra agrietándola para siempre, llegando a la décima, que no alimenta sino que quita el sustento, lo esquilma, lo deja seco, mientras nuestras bocas imploran por beber. Y así, tras el paso lento del tiempo, llegamos a Un millón de gotas que es una novela, que es la novela, que transforma los sueños en ojos abiertos, que inflige su puñal y llega hasta el tuétano, hasta el hueso más duro, arañándolo y convirtiéndolo en el polvo que se llevará un viento huracanado. La mirada que se cierra ante los secretos que aquellas gotas convirtieron en reales, en viles tesoros que salvaguardábamos, o lo intentábamos, creyéndonos seres omnipotentes. Un disparo, en plena noche, que hace girar el mundo. La rueda en la que estamos inmersos, como pequeños roedores asediados por la mano invisible, por el títere que mueve los hilos, por el agua que ya no da la vida sino que la quita. Todo lo que una gota tras otra ha conseguido: contar las vidas que, unidas por un hilo invisible, se vieron sacudidas por el terremoto de lo que no se dijo y de lo que, desgraciadamente, nunca se dirá.

Laura se suicida tras descubrir que la persona que mató a su hijo ha sido asesinado. Su hermano, Gonzalo, empezará entonces a investigar qué fue lo que llevó a su hermana a actuar de esa manera, destapando por el camino una caja mucho peor que la de Pandora, porque junto a sus problemas se unen los de su hermana, sus secretos, la información que nunca debió descubrir y que convertirá su vida en un océano de gotas que, perdidas en los pliegues de la memoria, pugnan por inundar y arrasarlo todo.

 

Hay un presentimiento que, hecho realidad, convierte una novela en algo impresionante. La sensación de estar ante una prueba viviente de la pasión que ciertos autores ponen en sus novelas. Lo que ha hecho Víctor del Árbol con esta novela es para crear un cuadro tan impresionante que uno palidece al hablar de ella, al intentar nombrar sus atributos e intentar poner en orden todas aquellas ideas que han ido surgiendo tras su lectura. Y como toda esa sensación se ha convertido en verdad, en una realidad tan dura como las veces que las heridas escuecen durante tanto tiempo, no queda otra que enfrentarse a lo que hemos vivido y contarlo, narrarlo con nuestras propias palabras que, igual de válidas, convierten la experiencia lectora en todo un desafío. Batallando, pues, con la necesidad y el deslumbramiento que supone unir letras para reseñar Un millón de gotas resumo mis impresiones a través de sus personajes, de las personas que acompañan nuestro viaje por una Rusia que engullía a sus habitantes, por una Barcelona anegada por el odio y las venganzas personales, o incluso de una España que, en plena guerra, contribuyó a que los secretos se incrustaran en la piel y convirtieran en cáncer lo que en principio debió ser una vida plena.

Y es que vivir la vida de Laura, que con su venganza personal llevó al irremediable punto de inflexión de todos aquellos que la rodeaban, supone el primer puñetazo en una historia repleta de rounds en un combate del que no saldremos bien parados. O conocer a Gonzalo, con su mirada dispersa y su cambio progresivo, en el que la lucha y el amor se unen, formando lo que un hombre nunca debió vivir, ni sentir, y quizá sí tuvo que olvidar para lograr sobrevivir a un mundo que echaba tierra encima a cadáveres que todavía seguían con vida, que logra convertir nuestra vida, la de los espectadores que observamos lo que está sucediendo, en sujetos activos que unen su destino al del hombre que no dejó de ser niño por la edad sino porque le obligaron. Pero hablemos de Ana, de esa mujer de mirada turbia, de unos ojos que miran con recelo, con el peso de los años malvividos, del caldo de cultivo que la vida ha hecho que una simple chispa vuele todo por los aires. O quizá hablaría de un Igor que es el enemigo perfecto, la sombra dentro de la propia luz, una lucha absurda entre un Bien que no lo es tanto y un Mal que se difumina entre los transeúntes de un mundo que no quiere ver nada y sí esconder mucho. Y Esperanza, y Elías, e incluso Luisa y Agustín que bailan alrededor de una hoguera que nos quemará a todos, que controlará nuestra vida hasta que estemos preparados para dar el salto mortal que nos salve o nos condene para siempre.

Pienso en Un millón de gotas y me estremezco, consigo notar cada una de las pulsaciones de un corazón que no quiso que esta historia terminara, que necesitaba saber más, que imploraba por no estar leyendo lo que estaba leyendo, esto no puede estar sucediendo, esta vida no es justa, volviendo a suspirar, a susurrarme a mí mismo que sólo es un libro, que más allá de las páginas no existe en la realidad, y después llega Víctor del Árbol, de nuevo, para removerlo todo, para convertir un simple golpe en un terremoto que hace tambalear los cimientos de lo que habíamos leído hasta ahora. La novela, que con sus cambios de tiempo, con sus idas y venidas por lugares que son infierno y cielo a la vez, consiguen transforman lo leído en vivido, en sentido, en lágrimas que resbalan por las mejillas, en sonrisa débil, en miradas de reojo, en temblor en las manos, en grito ahogado que se guarda en la garganta, en el estómago, y que salta por los aires con un sólo disparo, con ese sonido que, en plena noche, convierte en reales los peores temores.

Hoy es un buen día, uno de esos en los que las gotas convertirá los corazones congelados en llamas dispuestas a arrasarlo todo. Y eso es, simplemente, gracias a Un millón de gotas.

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