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Nora Webster, de Colm Tóibín

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Hablar de la vida se nos hace complicado. Tendemos a leer historias que sobrepasen lo establecido, como si quisiéramos encontrar en la literatura una especie de puerta a otro mundo, a otra realidad que supere, con creces, lo que es posible vivir en toda una existencia. Pero nos olvidamos, no siempre, afortunadamente, de aquellas historias que, por su cercanía, convierten una novela en un retrato tan fiel de lo humano, de lo que nos ofrece la vida, que al pasar las páginas sea como estar observando algo que nos sucediera a nosotros. Colm Tóibín ha dejado su esencia en algunas novelas que a mí me dejaron sin aliento. Y es muy posible que con Nora Webser nos haya traído una historia mucho más sencilla en sus formas, pero que guarda en su fondo, en eso que se guarda y sólo se revela hasta que hemos leído la obra entera, todo un ejercicio de fotógrafo de vivencias, de historias corales donde las relaciones, las palabras, los silencios y los sentimientos, son los protagonistas de lo que, en realidad, siempre ha sido lo que decía al principio: la vida. Porque ya sea en la alegría, en el dolor, en la melancolía o en los secretos, todos guardamos algo de nosotros mismos que, tarde o temprano, busca salir a la luz.

Nora ha perdido a su marido. De esa pérdida, de sus consecuencias, del sobrevivir, del después del vacío, es de lo que nos hablan las páginas que estamos a punto de descubrir. De una vida que se para y de cómo volver a ponerla en movimiento.

Uno no entiende muy bien cómo es posible salir del dolor. Y sin embargo, lo hacemos. Construimos memorias, existencias conjuntas, y de repente todo se viene abajo y tenemos que saber caminar y no derrumbarnos. Supervivencia lo llaman. Colm Tóibín se ha convertido, de la noche a la mañana, en un retratista de mujeres de excepción. Y quizás sea un debate muy aburrido, pero es curioso cómo un hombre es posible de generar una psicología femenina tan rica con las letras. Nora Webster es una novela que nos habla de todo aquello que perdemos y no sabemos recuperar, o de esos mismos silencios que se quedan incrustados en las paredes que han guardado todos nuestros recuerdos. Y lo hace con exquisitez y tranquilidad, con esa especie de anestesia que se fija en nuestro cuerpo cuando la tragedia, sea de la magnitud que sea, llega a nuestro presente. En ese describirnos personajes, situaciones cotidianas revestidas de un halo de melancolía, es donde esta novela juega fuerte. Y lo hace con una facilidad que sorprende.

Escribir siempre me ha parecido una de esas labores que, por mucho tiempo que nos dediquemos a ello, nunca hará que salgamos indemnes de haberla comenzado. Nora Webster puede parecer una novela que no duele, su portada puede invitarnos a creer que estamos ante lo liviano de la vida, ante esos recuerdos que, agarrados de la mano de nuestros pequeños, nos acompañan para hacernos la existencia tranquila. Pero si al leer esta novela uno no siente ese pequeño aguijón que hinca su veneno dentro de nuestra piel, es que no la habrá vivido lo suficiente. Colm Tóibín escribe para que comprendamos que en lo que no se dice, quizás en una imagen escrita de una mirada al horizonte, o de un simple silencio que se cuela en una conversación, es donde se filtra el verdadero sentido de lo que nos está narrando. Leer debe convertirse precisamente en eso. En doler sin pretenderlo, en doler mientras leemos y no sabemos muy bien por qué nos duele, en convertir la experiencia en un paseo por la vida de un personaje que es ficticio, puede serlo, pero que en realidad somos muchos de nosotros mientras sostenemos las páginas. Un dolor probablemente mudo que termina por gritarnos en nuestro propio estómago.

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