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Psicogeografía, de Colin Ellard

psicogeografía

En el resumen de la contracubierta de Psicogeografía, se nos lanza un señuelo: ¿por qué siempre tendemos a sentarnos en el mismo sitio de la cafetería? Se sobreentiende que, leyendo este libro, lo averiguaremos. En realidad, Psicogeografía no es ese tipo de libro. No es un libro de lectura fácil y divertida en el que encontramos respuestas a preguntas curiosas que casi todos nos hemos formulado alguna vez. Por eso, quien esté pensando en leer este libro para encontrar la respuesta literal a por qué le gusta sentarse siempre a la misma mesa de su cafetería habitual estará errando el tiro. Psicogeografía no es un manual que se lea tan rápido como se olvida ni uno donde, por cierto, se nos diga la respuesta a esa pregunta ni a otras similares, sino un libro de divulgación científica que nos ayuda a revestir nuestra cabeza de nuevos conocimientos que nos indicarán esas respuestas. En otras palabras: es un libro que promueve el conocimiento, el pensamiento y la curiosidad. Todo eso ya lo califica como un libro de divulgación científica excepcional y perfecto en su línea.

La rama de la ciencia a cuya divulgación Psicogeografía contribuye es la neurociencia relativa o emparentada con el espacio y cómo éste nos influye y condiciona, como seres que existen siempre en un lugar. Sin embargo, no me atrevería a recomendar su lectura -ni, probablemente, habría disfrutado yo de ella como lo he hecho- si sólo fuera un libro sobre neurociencia espacial, por muy divulgativo que fuera. En realidad, Colin Ellard ha logrado escribir un libro extraordinario que, como cualquier libro extraordinario, ya sea de ensayo, de ficción o de poesía, nos ayuda a conocernos a nosotros mismos algo mejor. En este caso, nos hallamos ante un libro que, partiendo del tema de cómo el ser humano se relaciona con los múltiples tipos de espacios en los que se desenvuelve -naturales, construidos, estructurados, desestructurados, físicos, virtuales, de mayor o menor significado e intencionalidad simbólicos, etc.-, bucea en la antropología, en la psicología y en la semiología, entre otras ciencias, y habla sin tapujos ni falsos escrúpulos de purista científico sobre emociones, sentimientos, miedos, goces, expectativas, esperanzas, estados de ánimo varios, que son lo que define al ser humano por encima de cualquier otra cosa. Haciéndolo así, explica -y, cuando no hay elementos empíricos suficientes para ello, traza sugerentes indicios sobre ello- la relación entre el hombre del siglo XXI y su ambiente urbano contemporáneo, comparándolo con el que ha sido su hábitat durante milenios -el mundo natural y, más recientemente, la ciudad pequeña y preindustrial o pretecnológica- y extrayendo conclusiones que atienden a los estados mentales patológicos o alterados de muchos urbanitas, a la búsqueda y fascinación del hombre actual por la naturaleza, a la magia que parecen ejercer los edificios impresionantes y majestuosos y por qué sucede tal cosa, y terminando su periplo argumentativo con una ponderada hipótesis de un futuro cada vez más cercano: el de los espacios totalmente virtuales y las ciudades inteligentes, y todo lo que ese futuro -o presente- puede acarrear, tanto de bueno como de insidioso.

Psicogeografía es un libro escrito desde el pensamiento científico y respetando rigurosamente el discurso científico, pero del cual no está exento el espíritu estético y poético que es deseable en cualquier obra literaria. Para presentar su argumentación, sus tesis, los hechos que ha investigado y sus conclusiones, Ellard parte desde la construcción ancestral, de indiscutible carga simbólica, de Stonehenge, y concluye en un futuro, no se sabe si utópico, distópico o simplemente dual, tan humano como sus constructores, de la ciudad inteligente, controlada por dispositivos dotados de inteligencia artificial, regalándonos una prosa de lectura tan exigente como sugerentes cualidades y elegante y medido tono. Todo un hallazgo en el campo de la literatura de divulgación científica, tan necesaria hoy en día pero donde fácilmente se suele pecar de una aridez discursiva que ahuyenta al lector.

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