
El río de la vida, de Norman Maclean

Tres cuentos autobiográficos, sencillos y hermosos, para leer sin prisas.
Escribir debe ser un oficio reñido con las prisas; imagino que si quisiera dedicarme a la literatura necesitaría, además de talento, mucha paciencia. Claro que si comenzara a escribir a los 70 años, ya jubilado, con el único propósito de dejar constancia de las historias que les contaba a mis hijos cuando eran niños, sin intención alguna de publicar, aunque seguiría faltándome el talento, me lo podría tomar con mucha más calma. Y si, además, hubiera dedicado buena parte de mi vida a la pesca, tendría la paciencia garantizada.
Así debió escribir Norman Maclean –contador de cuentos, jubilado y pescador– sus primeros relatos: despacio, deteniéndose en cada detalle, rescatando sus recuerdos con parsimonia, dedicando a cada reflejo del sol sobre el agua, a cada lance de caña, a cada aroma del bosque el tiempo necesario. Del mismo modo que el río –el mismo río que cuando era un impetuoso arroyo dio título al libro– a medida que ralentiza su marcha al acercarse a la desembocadura, se hace también más poderoso y profundo, los cuentos de El río de la vida tienen una fuerza capaz de arrastrar al lector a los territorios más salvajes de Estados Unidos durante los primeros años del siglo XX.
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