
El abuelo que saltó por la ventana y se largó, de Jonas Jonasson

Dos fueron los motivos por los que cogí El abuelo que saltó por la ventana y se largó. El primero, el título. Decidme si no os parece estimulante. El segundo, que en un artículo publicado sobre el mismo, aparecía esta frase: “los suecos también saben hacernos reir”. Y es que, después de un aluvión de novelas negras durante estos años, pensaba que por aquellos lares sólo podían hablarnos de chicas con cerillas y bidones de gasolina, o investigaciones policiales a cual más rocambolesca. Y es que, aunque no soy un fiel seguidor de la novela negra, he devorado más de un libro, pero empezaba a estar cansado de los detectives con pasado oscuro y futuro incierto. Así que, cuando vi que aparecía ante mis ojos una novela de humor, y más si cabe, de humor surrealista, me lancé de cabeza. Y es que, queridos compañeros, el viejo Allan Karlsson nos va a acompañar por esta reseña como si fuera un héroe de los de la época griega, con alguna arruga de más y rodeado de ironía. Así que, bienvenidos a este viaje.
Cuando uno llega a la vejez, pueden pasarle dos cosas: que piense que ya lo ha vivido todo y se deje hacer, o que decida que todavía le queda mucho por vivir. Y Allan Karlsson ha decidido lo segundo. Así que el día en que cumple cien años, decide salir por la ventana de su habitación y largarse de aquella pequeña cárcel sin ningún destino fijado. ¿Qué hacer entonces con el tiempo que le queda por vivir? Pues ni más ni menos que robar una maleta que contiene cincuenta millones de coronas de procedencia ilegal y coger un autobús que le llevará por toda Suecia para acabar en la mismísima Bali.
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