
Todos tenemos un gran amor. Algunos tienen un par de ellos, tres o cuatro incluso, o son tan enamoradizos que encuentran a la persona de sus sueños cada mes. Pasa igual con los libros: los que nos atraviesan el corazón de manera definitiva son unos pocos, que recordamos toda la vida y a los que intentamos regresar siempre que las circunstancias lo permiten.
Pero eso no impide que muchos, entre cada gran amor, entretengan la espera con amores pequeños, con aventuras de fin de semana que en muchos casos dejan como resultado el lunes una sonrisa en la boca y un teléfono que borrar la semana siguiente. Lo mismo con los libros, con las lecturas, más que nada porque si uno pasara la existencia leyendo los libros de su vida, entonces la estaría leyendo más que vivirla.
La insólita pasión del vendedor de lencería, de Asako Hiruta, ha sido mi rollo de fin de semana. Se lo he confesado a mi novia ya, que me lo ha perdonado, así que puedo escribirlo aquí tranquilamente. Lo he leído en ratos extraños, a las ocho de la mañana de un día de diario, a las doce de la noche de otro, mientras mi novia dormía la siesta y en Madrid comenzaba el infierno del verano. Ahora que lo he terminado sé que no sentiré ansiedad por volver a verlo, que quizá no regrese nunca a él para releer con avidez alguno de los pasajes y que lo mismo dentro de un par de años o tres ni siquiera pueda citarlo entre los libros memorables de dos mil dieciséis.
Sigue leyendo La insólita pasión del vendedor de lencería, de Asako Hiruta