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Tu nombre después de la lluvia

Tu nombre después de la lluvia, de Victoria Álvarez

tu nombre despues de la lluvia La niebla que sobrevuela el terreno escarpado donde se sitúa un castillo, un lóbrego reducto donde los fantasmas son posibles, donde la historia hace un quiebro, se detiene, repitiendo su lamento una y otra vez, de seguido, las noches en las que las estrellas no aparecen y sí lo hace una luna que marca la tragedia. Una época en la que pensar en un futuro, en un gobierno diferente, en un viaje por mar y en una invitación, por carta, que nos llevará hasta un lugar inhóspito, lleno de leyendas, de amores que se esconden en las piedras que rodean al jardín. Y esa niebla, que lo recorre todo con la pasión de los amantes convertidos en estatuas de sal, en mitología, en cuentos de hadas lleno de brujas, de demonios, de espíritus que susurran por los pasillos de la construcción que custodian. Un lugar, un momento, una simple mirada. Eso vale para que Tu nombre después de la lluvia supure nuestras heridas, las cicatrice, las convierta en recuerdo de lo que atravesamos para llegar al final, al punto y final que convierte las historias que se cuentan en los libros en clásicos que llevarse a la boca. Hay una vida después de cada libro. La vida después de este sólo puede describirse de una manera: nadie volverá a ser igual, porque esta historia no es como las que se han leído hasta ahora. Un libro, un instante, una autora. Lo que significa haber caído en las redes de una historia con la calidad pegada en los talones y con la verdad unida a sus páginas.

Alexander, Lionel y Oliver son tres estudiosos de lo sobrenatural. Corre el año 1903 y hasta ellos llega una carta sobre una banshee que aterroriza la localidad de Kilcurling, en Irlanda. Su viaje les llevará a la localidad y descubrirán, como si de una maldición se tratara, que lo que allí se esconde es un secreto que unirá sus existencias tanto en la vida como en la muerte.

 

Hay una máxima en todas aquellas reseñas que escribo y es la siguiente: piensa bien lo que vas a escribir, la primera frase, y todo lo demás saldrá solo. A todo ello ayuda, desde luego, que la historia que he leído sea buena, pero buena de las de verdad, consiguiendo que mis dedos fluyan sobre el teclado como si las palabras hubieran estado ahí esperándome. Victoria Álvarez era una de esas autoras para mí desconocidas que se convierten en un lugar seguro a partir de ahora. No hay un traspié, no hay un error, no hay una fisura por la que pueda decir que he caído, que ha desmoronado mi sensación de estar viviendo lo que ella quería contar. Tu nombre después de la lluvia es uno de esos cuadros que yo, en mis visitas por los museos de mi ciudad, me quedo observando horas y horas, minutos que se juntan con la belleza más absoluta y mi cuerpo, que tiembla de la emoción mientras lo observa. Su capacidad para describir imágenes, el espectáculo a la hora de ponernos de la mano de los personajes que ha querido crear en su novela, una historia sólida donde lo terrenal y lo no tan terrenal se dan la mano como en aquellos antiguas novelas donde los fantasmas no eran la risa y el pitorreo en lo que se han convertido últimamente. Ella es la fuerza que nos guía a través de un paraje, Irlanda, de un lugar, Maor Cladaich, de una leyenda, y que convierte la lectura en un paseo por el amor, la oscuridad, la luz y las lágrimas, esas que acarician las mejillas y recorren con un escalofrío el cuerpo de los lectores.

Gusto por las lecturas y necesidad de ellas. Recibir Tu nombre después de la lluvia ha sido esa clase de regalos que se dan en ocasiones y que uno atesora en un pequeño baúl como si fuera la joya de la corona, el diamante perdido de una dinastía legendaria, o el recuerdo que aun siendo intangible podemos tocar con sólo alargar la mano. Victoria Álvarez supone uno de los descubrimientos de la temporada, de una primavera que se acerca a pasos agigantados, como la brisa que podemos sentir mirando desde los acantilados de nuestra vida, como el sol que da de cara y que alimenta el cuerpo de los lectores, o como la respiración, tan necesaria para vivir como son los autores que escriban obras como ésta. No se trata pues de sólo lecturas sino de vivencias. De sentir que el corazón late, a destiempo, a deshora. Que nos levantemos pensando en la historia que guardan unas páginas que, de puro placer, convierten las noches en una simple estancia de espera hasta que el día, hasta que nuestro propio ritmo, nos permita caer en sus redes, de nuevo, para ser espectadores de una obra, no sólo de la literatura, sino también del arte.

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