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Un viaje entre gitanos

 

Un viaje entre gitanos, de Keler, Guibert y Lemercier

Un viaje entre gitanos

 

Un día de verano, cuando tenía diez o doce años, mis padres me dieron unos duros para montarme en los autos de choque que había por las fiestas del pueblo. Allí fui yo tan contento dispuesto a darme trompazos con todo quisqui. Compré las fichas y me puse a esperar a que sonara la sirena y se pararan los coches, cuando se acercó a mí un niño gitano. Debía de tener 4 ó 5 años, iba descalzo y sin camiseta.

¿Me das una ficha?, me preguntó no sin cierta timidez.

Absolutamente paralizado por el terror, deposité con sumo cuidado y delicadeza una de mis fichas en la palma de su mano. Se fue. Sin embargo, detrás de él había otro, de la misma edad, descalzo, medio desnudo, con mocos restregados por toda la cara, y que también repitió la pregunta.

¿Me das una ficha?

Como un autómata, le entregué la segunda de mis fichas. Se fue. Había un tercero. Se repitió la historia y me quedé sin fichas. Todavía temblando, volví a casa.

¿Ya estás aquí? Qué pronto vuelves, me dijeron mis padres.

Unos gitanos me han atracado -les dije-, me han robado todas las fichas.

Todos tenemos una historia de gitanos, todos pensamos que hemos vivido alguna experiencia con los gitanos, pero, sobre todo, a todos nos han contado decenas de historias sobre gitanos. La relación de las payos con los gitanos está viciada por las leyendas y los recelos ancestrales. Los gitanos son tolerados en ciertos ámbitos de la vida, por ejemplo el flamenco. Sin embargo, cuando dos gitanos entran en el vagón del metro dando palmas y cantando, mucha gente se siente amenazada, y tacha su comportamiento de incívico.

No sé si esta actitud estará cambiando ahora, pero, entre los de mi generación, antes de haber visto en su vida a un gitano, cualquier niño ya había oído un sinfín de historias y expresiones negativas referidas a ellos. Límpiate, que vas hecho un gitano. No seas tan gitano. Y no hace tantos años, un presidente autonómico tuvo que pedir disculpas por haber instado a los hoteleros de su comunidad a no subir los precios en exceso, para no dar una imagen de un país “un poco gitano”.

Un viaje entre gitanos es un libro de denuncia. Alain Keler, fotógrafo y reportero, nos narra la crónica de una serie de viajes a barrios, poblados de chabolas y campamentos romaníes, que realizó en su viejo Skoda a finales de la primera década de este siglo. El autor viajó por Italia, Eslovaquia, Serbia, la República Checa y Francia, acompañado de intérpretes, trabajadores sociales y “fixers” (estos últimos sobre todo, personas con las que en ocasiones no se puede ni comunicar, pero cuya presencia le garantiza cierto nivel de seguridad: “no le toquéis, que está conmigo”).

Keler no nos pinta un retrato idealizado del estilo de vida gitano. No insiste en los lugares comunes que todos hemos oído acerca del espíritu libre y nómada de los romaníes, a quienes la sociedad occidental sólo aceptará si aceptan renunciar a su identidad cultural. Se agradece sobremanera que Keler no intente ser políticamente correcto y no busque culpables concretos. Por supuesto denuncia el racismo, los prejuicios y la incomprensión, pero es consciente de que la integración pasa por la educación, y ésa es la agotadora y a menudo frustrante lucha que libra la trabajadora social romaní que lo acompaña durante parte de su viaje.

Un viaje entre gitanos se inscribe en un género de novela gráfica que desde hace unos años están desarrollando otros autores como Guy Delisle o Joe Sacco, por mencionar dos de los más conocidos. Se trata de obras de reportaje o investigación, crónicas de viajes realizados al foco de algún conflicto o al corazón de una sociedad apenas conocida. Pero el libro de Keler es diferente, y a mí, que desconocía su obra anterior, me ha parecido no sólo muy interesante, sino también tremendamente original e innovador.

A cualquiera que hojee Un viaje entre gitanos, lo primero que le llamará la atención será la combinación de dibujos y fotografías. Guibert y Lemercier ya desarrollaron este original y atractivo estilo en su obra El fotógrafo, que supuso una pequeña revolución en el mundo de la novela gráfica, y que en España fue publicada también por Sins entido. El resultado de esa combinación de artes es inmejorable, pero, desde el punto de vista artístico, este estilo tiene una relevancia que va más allá del mero efecto estético. Así, Alain Keler (fotógrafo y guionista), Emmanuel Guibert (redactor y dibujante) y Frédéric Lemercier (maquetador) no sólo nos regalan un reportaje tan interesante como necesario, sino también un fascinante juego de miradas entre fotógrafo, dibujante y sujeto retratado. En uno de los momentos más brillantes, vemos a una mujer sentada que mira a la cámara y, en la viñeta siguiente, nos situamos detrás de ella y vemos un dibujo del fotógrafo tomando esa instantánea de la mujer.

El libro se cierra con la crónica del desmantelamiento de un campamento por parte de las autoridades francesas, y la advertencia de una historiadora:

“Los gitanos son el primer cerrojo democrático que salta”.

Vivo en un barrio de Barcelona cercano a La Mina y estoy muy contento de que mis hijos compartan clase con niños gitanos.

 

Por Juan Campbell-Rodger

Por orden de importancia: padre de familia numerosa, lector, salsero, profesor de inglés aficionado.

Algunos datos más: soso, huraño y narizotas. Poco hablador, no por timidez, sino porque me aburre oír mi voz. Antaño viajero. Tengo un futuro esplendoroso detrás de mí. Me encanta hacer enemigos a través de facebook. Zurdo. Observador. Convencido de que callarme mis tonterías me hace parecer más inteligente. No entiendo el mundo. Me gusta sentarme en el balcón y ver el vuelo de los vencejos. Hombre de convicciones endebles. Sólo los libros me entienden.

5 respuestas a «Un viaje entre gitanos»

Estimado Niño vampiro,

Da un poco de vergüenza utilizar este espacio de los comentarios para algo que realmente no aporta nada al debate ni a tú reseña pero a veces los que lanzamos palabras al viento en un medio público no llegamos a saber dónde aterrizan estas y si lo hacen bien o mal, por eso, me comeré la vergüenza y usaré los comentarios para algo tan baladí como la alabanza.

He disfrutado con tu reseña. Disfruto por que está bien escrita, estructurada, con limpieza y porque gracias ella, decida o no leer el libro, puedo hacerme una buena idea de lo que me espera en él, de sus puntos fuertes, de su riqueza. Y eso lo consigues sin destripar el argumento y con una serie de impresiones personales perfectamente justificadas de las que no abusas, como hacen otros críticos, para acabar hablando más de ti mismo que del propio libro.

Gracias por tu buen hacer.

Hola Sonia,

Aunque espero que el Niño Vampiro te conteste también a tu comentario, quiero darte las gracias por él como coordinador de Libros y Literatura. Has descrito con una precisión y una claridad meridianas el objetivo que nos marcamos a la hora de escribir reseñas. Si tu percepción de esta reseña es esa, quiere decir que hemos cumplido nuestra misión.

Si me lo permites, me gustaría poder utilizar tu comentario en nuestros documentos internos, y también de cara a explicarles a otros cómo intentamos (y a veces conseguimos) que sean nuestras reseñas. Ni yo mismo que parí el blog he encontrado palabras mejores para definirlo.

¡GRACIAS!

Muchas gracias, Sonia. Me alegra mucho que te haya gustado la reseña. Los clics al “me gusta” están bien, pero comentarios como el tuyo los apreciamos mucho más. La verdad es que, como señala mi compañero, todo el equipo de LyL intentamos currarnos bastante las reseñas (unas veces con más éxito y otras con menos), y siempre pensando en los lectores (además de pasárnoslo muy bien). Por eso tus palabras son muy bien recibidas por todo el equipo.
Gracias de nuevo y un cordial saludo.

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