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Vivir mi vida con daño cerebral sobrevenido

Vivir mi vida con daño cerebral sobrevenido, de Carlos Cebrián Martín 

Vivir mi vidaHay cosas que pensé que jamás diría de un libro, como por ejemplo que la falta de oficio literario de un autor (algo comprensible en Vivir mi vida con daño cerebral sobrevenido ya que Carlos Cebrián Martín es médico y no escritor) podría influir positivamente en una obra porque, en este caso, te convierte en testigo de una historia que se cuenta como si te la contara el autor en una sobremesa de café con conversación, pero esa es sólo la menor de las cosas que he aprendido con esta lectura. Vivir mi vida con daño cerebral sobrevenido es la desgarradora historia de una joven psicóloga que a causa un accidente de tráfico (un autobús golpea su coche por detrás en un semáforo) ve como su vida sufre un cambio tan absolutamente radical como que de repente el objetivo primordial de su vida no es vivir tanto como sobrevivir. Temporalmente al menos. Y contada por su padre, que la vida otorga títulos con mucho más merecimiento que la biología, y contada de tal manera que aun siendo el lector perfectamente consciente del sufrimiento que pasa ante sus ojos y por mucho que exprima su capacidad de empatía, es consciente de hasta qué punto es imposible vivir esa experiencia si no es en primera persona, ni de concebir tampoco la capacidad de anclar la mayor de las esperanzas al menor de los detalles que permite a los implicados vivir estas situaciones.

La evolución de un paciente con daño cerebral sobrevenido no es rápida, aunque la lentitud en cierto modo puede ser compensada por la ilusión ante cada pequeño progreso, pero sobre todo es cruel para con sus familiares. Carlos Cebrián Martín describe el proceso con una honestidad digna de elogio y gracias a él uno asiste en Vivir mi vida con daño cerebral sobrevenido a la inmensidad de la fuerza y el compromiso de unos padres que son el principal tratamiento de un enfermo de este tipo, se asombra de su paciencia y de su capacidad de sufrimiento y no sé si eso es la norma o la excepción, aunque quiero creer en lo primero, pero sí sé que este caso no sólo conciencia al lector de una realidad que prácticamente no sospecha, la del daño cerebral sobrevenido, sino que se reconcilia con la humanidad. Porque si el mérito de este libro se relaciona con el daño cerebral, su fuerza lo hace intensa e inolvidablemente con el amor y la capacidad de sacrificio de la familia y los buenos amigos.

Hay una situación que se da en los primeros compases de la enfermedad, cuando la preocupación de la familia se centra en el rechazo de la paciente a la comida, que me parece una de las historias más emocionantes que haya leído: cuando ella, que es alimentada a base de papillas, rechaza todo alimento llega la abuela con su comida de abuela convertida en puré y la nieta se la come. La comida de la abuela se convierte en el vínculo más cierto de la protagonista con la vida. No me considero capaz de imaginar un homenaje mejor ni mayor a las abuelas que este que hizo Sandra en estado no del todo consciente, ni mucho menos la emoción que debieron  sentir tanto la propia abuela como el resto de la familia. También la abuela personifica una de las situaciones más dolorosas, porque a las dificultades físicas del proceso se suman muchas psicológicas y no son las menores las derivadas de los cambios de humor y carácter de los pacientes, del rechazo que sienten hacia ciertas personas sin motivo aparente, como le ocurrió a la abuela, o la agresividad desmedida que pueden llegar a mostrar.

No pretendo hablar del proceso de recuperación, creo que uno de los activos de Vivir mi vida con daño cerebral sobrevenido es hacer tomar conciencia al lector de la dimensión del drama que supone el tema del que trata, pero también de la esperanza y de la posibilidad de recuperación, así como de la situación no de desamparo pero sí de incomprensión de los poderes públicos hacia el mismo y por tanto quien se sienta interesado en el tema hará bien el leerlo o en documentarse de las muchas formas en que ello es posible hoy en día. Sí que quisiera rendir con esta reseña un homenaje, tan sentido como sea posible desde la distancia y el desconocimiento, a los pacientes afectados por daño cerebral sobrevenido, a sus familiares y a los profesionales que se encargan de su atención y, en lo posible, recuperación y, porqué no, curación. Desde luego lo merecen.

Y voy a permitirme una cosa más, algo que en principio rara vez me permito como es hablar no del libro, sino de mi libro, de mi ejemplar. Cuando me lo regalaron me advirtieron que aunque estaba dedicado no debía leer la dedicatoria hasta haber terminado el libro, cosa que hice obedientemente, y no sé si podrán hacerse cargo de lo emocionante que es tener un libro no dedicado por quien lo regala ni por el autor, sino por la protagonista. Y no sé si se hacen una idea de hasta qué punto es emocionante el hecho en sí de que alguien para quien abrir un ojo, no mucho tiempo atrás, era considerado un progreso heroico, haya conseguido escribir una dedicatoria. Y una optimista y divertida, además. La fuerza y la esperanza que transmiten este libro son las virtudes que me hacen recomendarlo, y de ambas hay tanto en esa pequeña dedicatoria que no se me ocurre mejor manera de hacerlo que a través de ella.

Andrés Barrero
andres@librosyliteratura.es

 

Título: Vivir mi vida con daño cerebral sobrevenido
Autor: Carlos Cebrián Martín
Editorial: Círculo rojo
Páginas: 246
ISBN: 978-84-9030-538-6

2 comentarios en “Vivir mi vida con daño cerebral sobrevenido

  1. No he podido evitar que se me arrasen los ojos, gracias por dedicarnos tu tiempo y sobre todo por la afectividad que trasmites.
    Gracias en nombre de los tres pero sobre todo de Sandra, la protagonista
    Un saludo
    Carlos Cebrian

  2. Soy yo quien debe mostrarte tanto agradecimiento como admiración por tu sinceridad y tu coraje, ojalá el libro sirva para que todos tomemos conciencia de las dificultades a las que se tienen que enfrentar muchas personas en situaciones como la vuestra y que las familias se puedan centrar en la recuperación, que ya debe ser suficientemente difícil. Permíteme enviaros a todos un fuerte abrazo y expresarte mi convicción en que si en algo mejora la atención pública a los afectados de daño cerebral será en parte gracias a vuestro testimonio.
    Un abrazo,

    Andrés

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