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Algodoneros

Algodoneros

Algodoneros, de James Agee

AlgodonerosEn el verano de 1936, James Agee, junto a su también amigo el fotógrafo Walker Evans, viajaron a Alabama con el objetivo de retratar la vida de los arrendatarios algodoneros, como encargo de la revista Fortune, el medio para el que el escritor trabajaba por entonces. El resultado fue un informe periodístico con un hondo calado moral que, a pesar de todo, permaneció sin publicar hasta hace poco y que la editorial Capitán Swing recupera también en español con el titulo de Algodoneros, acompañado por el lema de Tres familias de arrendatarios.

Tres familias, con sus padres y madres, con sus hijos, los niños y los que no llegaron a ser, sus casas, sus costumbres y sus labores, cuyas vidas su autor se limita a exponer a partir de diferentes perspectivas como la salud, el ocio, la educación, el trabajo, el hogar, la ropa, la alimentación o el dinero en un trabajo minucioso y arrebatador carente por completo de adornos o complementos, más allá de la elegancia de Walker Evans en cada una de sus fotografías. Porque Agee, que conoce el medio para el que trabaja, huye del sensacionalismo y acude a la verdad tal cual, completamente desnuda. Una verdad que no es bonita, y sí mucho más que incomoda, que se hace densa entre sus páginas, como ocurría entre los campos de Alabama de 1936. Y lo consigue gracias a un trabajo previo de investigación que le permita centrar su mirada en una familia media, consciente de que ni la peor, ni tampoco la mejor, de las situaciones le servirá para retratar la vida en general en el campo de los años treinta.

Escrito, ya lo he dicho, a modo de informe, al autor americano se le ve venir de lejos. Es un periodista, con mayúsculas, una suerte de justiciero que lo que busca es precisamente justicia para estas tres familias con nombre propio y para las que se esconden detrás, que vivían, aún viven, de manera miserable y sin posibilidad de cambiar sus circunstancias. Así, escribe en su libro que una civilización “que por cualquier razón relega una vida humana a una situación de desventaja; (…), no merece llamarse así ni seguir existiendo“. Y he ahí su sentencia. Acompañada por la forma velada de Walker Evans, que va de la esencia al detalle, de la belleza propia del campo y de la vida dura en él, y que es capaz de conseguir que sus retratos, véase la portada del libro, traspasen el papel y puedan mirarte a los ojos de una manera increíblemente directa, de tú a tú.

Es Algodoneros, por tanto, un libro que bien merece la pena leer por la franqueza del que escribe. Porque James Agee sabe que él también es parte del problema y se esfuerza en devolver un espacio a las cosas que no lo tienen. Como la realidad, sin trampa ni cartón. Una lección de periodismo, que debería ser obligatoria en todos los planes de estudio de la carrera. Pero también de humanidad. Porque por desgracia los Burroughs, o Fields, o Tingle de los que nos habla el libro aún siguen existiendo hoy. El bienestar de alguno a costa de muchos. Y es por eso también que la gente como James Agee o como Walker Evans, todavía siguen siendo necesarios.

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