
En la cocina con la drama mamá, de Amaya Ascunce
Mi madre, cuando era pequeño pronunciaba frases que yo no entendía. Una de ellas era cuando seas mayor, comerás dos huevos. Y yo me la quedaba mirando, con mezcla de extrañeza y horror, porque a mí los huevos no me gustaban un pelo, y porque no entendía qué narices era eso de hacerse mayor. Pero lo que no me dijo mi madre era que para comer dos huevos había que freírlos, había que poner aceite hirviendo y soltar el huevo como si aquello fuera una bomba a punto de estallar y tú no supieras qué cable cortar. Así que la primera vez, pasados los años, que yo me puse manos a la obra para freír un huevo, ella miraba de lejos, con esa mirada de reojo que la caracteriza y se reía para sus adentros, sintiendo ese regocijo que sólo una madre puede tener, a saber: que su hijo está creciendo y aprendiendo, y como buena madre adicta al drama que era, que su hijo se iba a quemar, ¿no lo ves?, si ya te lo decía yo que me tenías que dejar a mí, que tú para la cocina ni fu ni fa, que eso de los huevos parecía fácil y mira como lo estás poniendo todo, quita, quita. Así que, tiempo después, cuando cae en mis manos “En la cocina con la drama mamá” llega a mis manos, me doy cuenta que las madres tienen dos lados: el puñetero y el del amor más incondicional.
