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En la cocina con la drama mamá

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En la cocina con la drama mamá, de Amaya Ascunce

en la cocina con la drama mamaMi madre, cuando era pequeño pronunciaba frases que yo no entendía. Una de ellas era cuando seas mayor, comerás dos huevos. Y yo me la quedaba mirando, con mezcla de extrañeza y horror, porque a mí los huevos no me gustaban un pelo, y porque no entendía qué narices era eso de hacerse mayor. Pero lo que no me dijo mi madre era que para comer dos huevos había que freírlos, había que poner aceite hirviendo y soltar el huevo como si aquello fuera una bomba a punto de estallar y tú no supieras qué cable cortar. Así que la primera vez, pasados los años, que yo me puse manos a la obra para freír un huevo, ella miraba de lejos, con esa mirada de reojo que la caracteriza y se reía para sus adentros, sintiendo ese regocijo que sólo una madre puede tener, a saber: que su hijo está creciendo y aprendiendo, y como buena madre adicta al drama que era, que su hijo se iba a quemar, ¿no lo ves?, si ya te lo decía yo que me tenías que dejar a mí, que tú para la cocina ni fu ni fa, que eso de los huevos parecía fácil y mira como lo estás poniendo todo, quita, quita. Así que, tiempo después, cuando cae en mis manos “En la cocina con la drama mamá” llega a mis manos, me doy cuenta que las madres tienen dos lados: el puñetero y el del amor más incondicional.

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Cómo no ser una drama mamá

Cómo no ser una drama mamá

Como no ser una drama mamá, de Amaya Ascunce

Cómo no ser una drama mamá

Voy a contar un secreto, algo que no le he contado a nadie. Preparad la tira negra para cubrirme los ojos, difuminad mi cara para que no se me vea demasiado, y modulad mi voz (un poco más aguda de lo normal, puestos a pedir) para que no se me reconozca.

Ahí va: yo también tengo una madre adicta al drama.

Lo sé, es impactante, es un secreto tan revelador que se podría situar a la altura del final de Perdidos, pero qué queréis, estar prácticamente en la treintena y soltarlo así, a bocajarro, tiene su mérito. Porque aquí donde me veis yo he sobrevivido, con estoicismo, con verdadera valentía, con dosis de esfuerzo a frases tan perturbadoras como ·”pues si no lo quieres para cenar, para desayunar” o a consejos ansiosos como “corre, corre, bébete el zumo que sino se le van las vitaminas, pero ¡corre, corre!, ay qué va a ser de mí con este hijo que me ha tocado”. Y es que a mi madre parecía que su hijo le había tocado en una tómbola de esas en las que se juega a muchos boletos y al que más compraba le tocaba el mejor premio. Así que aquí me tenéis, lectores, difundiendo un secreto tan grande como aquel momento en el que mi madre se me quedó mirando fijamente, se acercó tranquilamente y con esa neutralidad en la voz me soltó: “como vaya yo y encuentre lo que te he pedido…”

Y después de esta revelación me entra el miedo en el cuerpo porque, ¿seré yo un drama papá? ¿me convertiré, después de muchos años renegando y jurándome a mí mismo que jamás, pero jamás de los jamases, iba a repetir yo esas frases, en un clon de mi madre? Oh no, me entran sudores fríos. Pero, ¡esperad!, ¿qué es lo que ven mis ojos? Un manual para no convertirte en una drama mamá (que digo yo que nos valdrá igual a los hombres). Voy corriendo a comprarlo, abrirlo, y a leerlo para prepararme para el examen de mi vida. Qué nervios, qué nervios…

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