
Stalker – Pícnic extraterrestre, de Arkadi y Borís Strugatski
Por fin ha ocurrido. Los extraterrestres han llegado, han estado entre nosotros un breve lapso de tiempo… y se han largado sin mirar atrás como harían unos excursionistas después de un pícnic. Eso sí, nos han dejado como recuerdo sus seis Zonas de acampada, ubicadas en distintas partes de la Tierra, que contienen objetos valiosos, objetos nocivos y objetos cuya utilidad nos es desconocida. La idea que soporta la narración en Stalker, de los hermanos Arkadi y Borís Strugatski, es tan simple como efectiva: los extraterrestres no conquistan ni son conquistados o vencidos, y en todo caso su presencia en la Tierra es anterior a los hechos descritos en la novela. No hay que perseguirlos ni nos persiguen, no se busca su origen ni su finalidad. Simplemente hay que ver qué hacemos con su basura.
La acción de Stalker se desarrolla en Harmont, un pueblo norteamericano cerca de una de las Zonas que, como el resto, está controlada por el gobierno y cerrada a cal y canto. El protagonista principal, Redrick, “Red” Schuhart, es un “stalker”, uno de los contrabandistas que se dedican a penetrar furtivamente en las Zonas para extraer de ellas objetos que revender en el mercado negro. Son auténticos especialistas, y los que sobreviven cierto tiempo son solamente los mejores, porque la Zona reserva para quien la visita sorpresas que pueden hacer que no se regrese con vida a la parte segura de Harmont. Sin embargo, Schuhart y los otros continúan internándose a lo largo de años porque no es solamente el ansia de obtener alguno de los objetos más valiosos lo que lleva a los stalkers a sus incursiones, es también la necesidad de enfrentarse a lo desconocido, para ellos su única forma de vida.