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32 colmillos

32 colmillos

32 colmillos, de David Wellington

32 colmillos

Estoy desolado. Abatido. Tristérrimo. Sólo ante el abismo. ¿Qué voy a hacer ahora? ¡¿Qué voy a hacer?! ¿Dónde voy a encontrar vampiros terribles y despiadados, vampiros que no se enamoren de humanos y cuya única preocupación sea satisfacer su necesidad de sangre, en definitiva…¡vampiros de verdad!? Ayer acabé 32 colmillos, la quinta y última parte de los Vampire Tales de Wellington, y me dio mucha pena despedirme de sus protagonistas. Es muy duro decir adiós a Laura Caxton, que tan buenos ratos nos ha hecho pasar. A pesar de ser ruda y poco dada a la emotividad, es una gran cazavampiros, dispuesta a sacrificar a humanos inocentes, incluso allegados a ella, para librar a la humanidad de esa plaga que son los vampiros. Duele saber que no vas a volver a saber de su novia Clara, que tan mal lo ha pasado. Ni de Glauer, Urie Polder, o el marshall Fetlock… No, al marshall Fetlock no me pesa no volver a verle, que le den.

Debo sobreponerme, debo sobreponerme…

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23 horas

23 horas, de David Wellington

23 horas, de David Wellington

23 horas, de David Wellington

 

Del mismo modo que nunca podremos saber cuantos senadores secundaron la pasada huelga el 29M, tampoco podemos cuantificar el daño que Stephanie Meyer ha provocado en las nuevas generaciones (y no me refiero a la rama joven del PP) de lectores. Gracias a Meyer, los adolescentes que acuden a la estantería de terror (¡qué aberración involucrar al terror en esto!) de la librería o biblioteca a comprar o alquilar el ultimo número de los crepusculitos pensarán erróneamente, si nunca han leído a Stoker y coetáneos, que los vampiros son seres enamoradizos, pálidos y que brillan como aquellos gusiluz de nuestra infancia (claro que, dada su edad, tampoco sabrán lo que son los gusiluz). ¡Por eso yo te maldigo, Stephanie Meyer, y maldigo tus libros!

En cambio, en un altar tengo a David Wellington, que se ha atrevido a montar una saga, (partiendo de algo que iba a ser un relato de 4000 palabras) de vampiros de los buenos, de los de verdad, de los de toda la vida. Porque, queridos niños y niñas, los vampiros no son los crepusculitos: los vampiros huelen que echan para atrás, son feos, no se enamoran de humanos (salvo excepciones) sino que se los comen, matan, no soportan el sol, necesitan sangre y son crueles, malvados, sádicos y despiadados.


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