
La vida es muy puñetera. Tan pronto como estás bien, recibes una mala noticia. Tienes un trabajo y al segundo no lo tienes. Te ríes o lloras según el momento, el sentimiento, o las palabras que te hayan hecho recordar lo que has vivido. Y a veces resulta que todo este caos resulta tremendamente divertido. Sonrisas que se escapan, extravagancias que resultan un espacio para dejar aparcados ciertos problemas, historias tan reales como sorprendentes de cómo la realidad puede intentar hacernos caer por todos los medios, pero con las que nos levantamos cueste lo que cueste. Eduardo Mendicutti suele tener ese humor socarrón y cercano al absurdo para describir a la perfección los problemas que surgen en el día a día. Y tiene la capacidad, sagrada e infinita – espero – de hacer cambiar el rictus a quien se adentra en una de sus historias. Con Furias divinas sucede una cosa curiosa: lo que estamos leyendo puede ser un auténtico drama, pero nosotros lo vivimos como una comedia. Y en ese viaje entre lo trágico y lo cómico es donde nos moveremos sin descanso por una novela que, sin ser perfecta, consigue lo que tenía estipulado: plantar un homenaje al mundo drag caigan las mentes obcecadas que caigan. Y nosotros, tan sonrientes.

