
La muerte del corazón, de Elizabeth Bowen
La juventud es algo que se marchita como las flores que no son cuidadas con cariño. Vamos creciendo, sumando momentos que nos hacen darnos cuenta de lo que es la realidad, de lo que significa realmente estar en este mundo, y los pétalos que nos recubrían van cayendo para dejar al descubierto un cuerpo frágil, tiritando como en invierno, sin bufandas ni gorros que nos protejan de las heladas. Crecer se parece al paso de las estaciones, porque vamos repitiendo nuestros errores, las faltas que se quedarán como pequeñas marcas en nuestra piel, como muescas de una batalla que no hemos ganado, pero en la que hemos batallado casi hasta la extenuación. Y las flores siguen marchitándose para dar lugar a nuevos ramos, a nuevas plantas que decorarán nuestra vida, que a veces está rodeada de mentiras. Y puede que nos quedemos allí, en una habitación rodeados de la soledad que significa ser adultos, o abramos la puerta para enfrentarnos a todo aquello que creíamos importante hace tanto tiempo, y que ahora ya no lo será más.
La juventud de Portia se ve amenazada por una familia que no la quiere, que simplemente la tolera. Pero todo empezará a desmoronarse cuando conozca a Eddie, cuando empiece a enamorarse de la única persona de la que tendría que alejarse sin remedio. Porque en el amor, en el primer amor, es irremediable sentirse decepcionado.

