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Dios es rojo: La historia secreta de cómo el cristianismo sobrevivió y floreció en la China comunista, de Liao Yiwu

Dios es rojo

Dios es rojoSaben, y los saben porque son lectores tan fieles como atentos, que siento una cierta debilidad por Liao Yiwu. Nuestros caminos (y los suyos) se han cruzado en Librosyliteratura ya en varias ocasiones y se han materializado en las reseñas de El paseante de cadáveres y Por una canción, cien canciones, de modo que Dios es rojo no debería pillarme por sorpresa. Pero sí que sorprende, vaya si lo hace. Empezando por un cuestión numérica, uno piensa que no hay mucho espacio para el cristianismo en un lugar como China y de hecho el propio libro la define como una religión minoritaria que apenas profesa el cinco por ciento de la población. Poca cosa. 70 millones de personas, ciudadano chino arriba, ciudadano chino abajo. Así que la línea de salida es tan interesante como que en China hay más cristianos que, por poner un ejemplo al azar, en España. Pero además no es una obra militante, el autor se reconoce como no creyente pero eso mejora sustancialmente la novela que no es proselitista en lo que a las creencias religiosas se refiere. Eso si no consideramos el amor por la libertad como una religión, claro.

Liao Yiwu sigue el mismo método que utilizara en el paseante de cadáveres, que consiste en una serie de entrevistas que pasan por ser una muestra representativa de aquello de lo que se habla, lo cual redunda en una fluidez narrativa que facilita la lectura de una obra que con otro enfoque podría haber resultado más árida. Las estampas de las vidas de los cristianos chinos que llenan estas páginas son muy emotivas, pero son más interesantes. Y lo son no por la  vertiente de martirio o de lucha que está presente en sus vidas, sino porque son un lado desde el que rara vez se ha contado la historia de un sitio tan interesante como China. Dios es rojo ayuda a comprender China, lo cual no es necesariamente edificante pero sin duda sí es necesario.

Hay muchos testimonios de diferentes generaciones. La visión cristiana de muchos de ellos no es equiparable a la de los países occidentales en el sentido de que tienen muchos problemas propios (la existencia de una iglesia gubernamental, por ejemplo). Incluso la obsesión de algunos de ellos por cuestiones materiales, la devolución de bienes incautados, resulta poco cristiana a nuestros ojos, aunque muy china por otra parte.

Pero lo que más me gusta de Dios es rojo es básicamente lo mismo que me gusta de Liao Yiwu, su honestidad. El retrato de los personajes a los que entrevista no es tendencioso ni panfletario y lo mismo se puede decir del de la sociedad que retrata y su evolución histórica. China es un país inabarcable del que lo único cierto que me atrevo a decir es que ostenta el dudoso honor de haber sido capaz de reunir en una única realidad lo peor de los dos mundos que la referencian, un materialismo desmedido que acomplejaría al más neoliberal de los occidentales y una falta de libertad que no envidiarían tiranos ciertamente destacados en la historia. Tal vez la única manera de comprenderla o al menos de mirarla sea hacerlo como lo hace Liao Yiwu, a través de las vidas de quienes la viven.

Dios es rojo no es un libro sobre religión. No sería ninguna deshonra que lo fuera, desde luego, pero es un libro sobre personas que viven situaciones excepcionales y conocer ambas, a las personas y a las situaciones, es un privilegio que debemos agradecer a Liao Yiwu y a quienes le prestan su voz en condiciones en las que hacerlo no es fácil, por no decir que es peligroso. Leerlo no sólo es interesante, sino que es el merecido homenaje que les debemos a esas personas.

 

Andrés Barrero
@abarreror
contacto@andresbarrero.es

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Por una canción, cien canciones

Por una canción, cien canciones, de Liao Yiwu

por-una-cancioncien-cancionesHay bastantes cosas que aprender de Por una canción, cien canciones, como norma general derivadas de la condición del autor que revela el subtítulo: Vida de un poeta en las cárceles chinas. Han sido muchos y muy buenos los escritores que a lo largo de la historia han pasado por la cárcel y muchos de ellos lo han contado, a algunos de ellos los cita Liao Yiwu en sus memorias carcelarias como Solzhenitsyn (también se refiere a Pasternak como modelo de la epopeya del manuscrito previa a su publicación), y nos han dejado grandes obras que tienen muchos puntos en común con la que nos ocupa. El que quiero destacar es el que es aparentemente más sencillo, no así en la práctica: si eres un poeta, mira la cárcel como un poeta. La pérdida de humanidad durante la experiencia es un motivo recurrente de la literatura carcelaria, al menos de la del Gulag que es la que mejor conozco, por eso su relato debe ser un método para recuperarla. Y una de las mejores formas de hacerlo es hacer gala de una característica tan humana como lo es la capacidad de observación, de la que se deriva la conversión de este libro, o de estos libros, en el altavoz de aquellos que no pueden contarlo. Sigue leyendo Por una canción, cien canciones

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El paseante de cadáveres

El paseante de cadáveres

El paseante de cadáveres, de Liao Yiwu

El paseante de cadáveres

Los débiles son como el agua, son como un niño. Sin embargo los niños
acaban siendo fuertes y el agua está en todas partes. Y aunque intentes
golpear el agua, por muy fuertes que sean tus puños, no podrás dañarla.
Lao-Tsé

Esta colección de entrevistas, o como dice el subtítulo del libro, esta colección de retratos, se publicita acertadamente como un medio para aproximarse a la realidad de China, la sociedad llamada a ser referente en el futuro, y uno se asoma a sus páginas con la esperanza de encontrar ese vínculo humano que permita comprender a un pueblo que de tan lejano y hermético se antoja cuanto menos como un arcano. Si se puede comprender a una sociedad es conociendo a las personas que la forman, es un trabajo humano antes que erudito y la esperanza de encontrar ese punto de partida desde el que comprender a ese pueblo misterioso fue a su vez mi principal motivación para leer El paseante de cadáveres, a la vez que me parece que es su mayor atractivo.
Y no.
Sigue leyendo El paseante de cadáveres

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