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El paseante de cadáveres

El paseante de cadáveres

El paseante de cadáveres, de Liao Yiwu

El paseante de cadáveres
Los débiles son como el agua, son como un niño. Sin embargo los niños
acaban siendo fuertes y el agua está en todas partes. Y aunque intentes
golpear el agua, por muy fuertes que sean tus puños, no podrás dañarla.
Lao-Tsé

Esta colección de entrevistas, o como dice el subtítulo del libro, esta colección de retratos, se publicita acertadamente como un medio para aproximarse a la realidad de China, la sociedad llamada a ser referente en el futuro, y uno se asoma a sus páginas con la esperanza de encontrar ese vínculo humano que permita comprender a un pueblo que de tan lejano y hermético se antoja cuanto menos como un arcano. Si se puede comprender a una sociedad es conociendo a las personas que la forman, es un trabajo humano antes que erudito y la esperanza de encontrar ese punto de partida desde el que comprender a ese pueblo misterioso fue a su vez mi principal motivación para leer El paseante de cadáveres, a la vez que me parece que es su mayor atractivo.
Y no.

O sí. Quiero decir que el libro sí retrata la realidad china y sí lo hace desde la óptica de sus ciudadanos, pero esa realidad no es la que esperaba encontrar. Por decirlo de forma gráfica, buscaba a Confucio y encontré a Steven Seagal. Buscaba un relato de tradiciones milenarias y filosofía oriental y encontré uno de desmedida obsesión por el dinero y violencia latente. Vean si no:Estaba en un autobús sentado y no cedió su sitio a una embarazada que había. Ella, indignada, lo insultó diciendo”pueblerino tonto”. Furioso, sacó un cuchillo de pelar fruta que llevaba y le rajó la barriga a la mujer. O esto:[…]pero como pasado el tiempo no me sacaban ninguna información interesante, me mandaron a un grupo de presos matones para lavar los trapos sucios. Me rajaron los pantalones y me tiraron al suelo boca abajo. En la sala había unos veinte presos y todos ellos me escupieron en el trasero desnudo y me pisaron. Se dice que lo han copiado del ganster Gan de la novela de Jin Yong titulada la leyenda de los héroes Cóndor. Después, dos de los presos pusieron un gran orinal sobre mí. A esta tortura la llamaban “la tortuga que lleva mierda”. Me ataban las manos al orinal y cada vez que me movía, la orina y las heces me caían encima.

Como queda dicho, no es que no se aprenda mucho sobre China en este libro de Liao Yiwu, que sí se aprende, sobre sus gentes y sobre su historia reciente, lo difícil de encontrar en este libro es el punto de apoyo de la palanca de la empatía, porque aunque muchos de los escenarios sean sorprendentemente “occidentales”, las reacciones y las actitudes de muchos de los entrevistados no sólo no contribuyen a esclarecer el hermético carácter chino, sino que lo hacen aun más misterioso. Sólo el dolor consigue excitar la empatía, el relato de un padre de la muerte de su hijo en Tiananmen o la narración de historias de canibalismo durante la época de hambruna consiguen hermanar en el sufrimiento a lectores y retratados, el resto es un interesantísimo fresco confeccionado a base de mucha violencia, mucha obsesión por el dinero y mucha superstición. Hay tradición, hay cultura, hay escenarios de gran belleza, pero el regusto que predomina al conocer al Paseante de cadávereses el de la tremenda carga de violencia latente. Incluso las referencias a la tradición son espeluznantes:Dios es justo. Como el rey Wen, de Zhou, que fue encarcelado años por el rey tirano Zhou, de Shang, por miedo al creciente poder de Wen por sus supuestas dotes de adivinación. Estuvo prisionero en lo que hoy día es Tangyin, en la provincia de Henan. El hijo de Wen, Boyi Kao, suplicó al tirano la liberación de su padre, pero fue seducido por la concubina del tirano. Éste, furioso, lo mató y cocinó su carne, para luego ofrecérsela de almuerzo a su padre, el rey Wen, una manera para averiguar si de verdad era clarividente o no. El rey, que ya había visto el destino de su hijo, se armó de valor y comió las albóndigas de la carne de su propio hijo, para así, ser liberado.Tal vez quepa hacer una excepción, una de las entrevistadas, la del artículo titulado “El sonámbulo” si protagoniza una historia hermosa. El resto son relatos que por un motivo u otro ponen los pelos de punta, sea por el contenido (principalmente) o por el carácter de los entrevistados y sus modales agrestes en muchos casos.Aquella división estaba formada por 82 familias, con un total de 491 miembros. Desde diciembre de 1959 a noviembre de 1960 los campesinos habían asesinado y comido a 48 niñas menores de 7 años, lo que representaba el noventa por ciento de las niñas de esa edad. Un ochenta por ciento de las familias había participado en esos casos de canibalismo.Hay mucha información interesante, no sólo sobre el día a día de la vida en China, también cuando habla sobre Feng Shui, cuya importancia en varios de estos retratos que dibuja Liao Yiwu es grande y, por lo que parece, en toda China es así, o sobre Falung Gong a través de la mirada de una devota de ese movimiento aparentemente calificable como secta. Los retratos carcelarios son especialmente espeluznantes, y las experiencias de la revolución cultural no lo son menos. También hay tradiciones, una de las más llamativas es la que da título al libro, El paseante de cadáveres, que era exactamente lo que su nombre indica. En una sociedad en la que las distancias eran grandes, la movilidad estaba muy limitada y las creencias religiosas obligaban a que los cadáveres reposaran en su tierra, se recurría a estos profesionales funerarios para que, por medio de sus artes mágicas, llevaran al finado de regreso a su hogar. ¿Y cómo? Pues andando. ¿Y cómo? Pues detrás de él. A veces meses. Ya, pero ¿y cómo?, insistirá usted. La respuesta al enigma está en las páginas del libro, para quien esté interesado en conocerla, pero independientemente de ella, este relato de Liao Yiwu es interesantísimo aunque sólo sea como botón de muestra de la fuerza de la superstición en China.

Las niñas de pueblo no son como las de ciudad. Mis hijas, al cumplir los dos o tres años, cuando ya pueden andar un poco, salen a la calle a pedir comida o cosas. Mi mujer las lleva con ella a mendigar, quien sabe si no ganarán más que yo. Y, además, si proteges mucho a tus hijas se crían con más dificultades, menos fuertes, y acaban enfermando. Sin embargo, si no les haces caso, aprenden por si solas. Mis niñas están curtidas y nunca se ponen malas.

Con sólo echar un vistazo al índice de este magnífico libro de Liao Yiwu se hace uno idea de lo variado de los personajes que se pasean por sus páginas. Las entrevistas son conversaciones, no es un periodista al uso que busque datos noticiosos sino que realmente desea mostrar la esencia de las personas con las que habla, más allá de la historia concreta que le haya llevado hasta ellos. Les deja hablar, rara vez juzga a nadie, y el resultado es muy creíble, muy natural. No obstante, debo reincidir en mis comentarios iniciales, el paseante de cadáveres da exactamente lo que ofrece, aunque lo que da no sea lo que yo, particularmente, buscaba. Pero probablemente esto que sí ofrece Liao Yiwu sea extraordinariamente más interesante que un relato más sobre tradiciones ancestrales orientales. Lo que muestra el paseante de cadáveres, teniendo en cuenta la proyección presente y sobre todo futura de China en el mundo, va más allá del interés para entrar en el terreno de lo imprescindible. Conocer China es necesario y conocerla de esta forma, conocer la China real, hablar con ella, es tan difícil de olvidar como de digerir.

Andrés Barrero
andres@librosyliteratura.es
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