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La flor roja

La flor roja

La flor roja, de Vsévolod Garshín

La flor roja

 

Según un cruel dicho popular, cada pueblo tiene los dirigentes que se merece. Quiero pensar que eso no es cierto, pero, mientras le doy vueltas, se me ocurre si podría decirse que a cada pueblo le corresponde un cierto tipo de personaje literario, un personaje arquetípico que encarna sus debilidades, vicios y pecados más representativos.

De nuevo, quiero creer que eso no es así, que a los españoles no tiene por qué representarnos el personaje del pícaro, que la mayoría de norteamericanos no se ven reflejados en el triunfador todopoderoso bajo el cual se esconde una persona patéticamente pobre, que el pueblerino que se marcha a la ciudad para intentar en vano deshacerse de su provincianismo no tiene nada que ver con Francia, y que Rusia es, diga lo que diga su literatura, una sociedad cuerda.

Pero el caso es que resulta casi imposible hablar de literatura rusa, y sobre todo en el s. XIX, sin detenerse en el personaje del loco. Ahí están el Diario de un loco, de Gógol, el chejoviano Pabellón nº 6 y, menos conocido, Los espectros, de Andréyev, por mencionar sólo unos pocos. En esta demente tradición se inscribe La flor roja, del malogrado Vsévolod Garshín (1855-1888).

En su corta vida, a la que puso fin tirándose desde un quinto piso, Garshín dejó una obra escasa, apenas una veintena de historias, pero de suficiente calidad como para recibir encendidos elogios de Turguenev, quien lo consideraba su sucesor; comparaciones con Dostoievski, y que se le considere en algunos aspectos precursor de Chéjov.

La flor roja se abre con la llegada de un demente a un manicomio. Nunca llegamos a saber su nombre ni su historia. No sabemos de dónde viene ni qué vida ha llevado, pero intuimos que se trata de un loco “especial” desde el momento en que anuncia su llegada en nombre de su majestad el zar Pedro I, en la tumba desde hace siglo y medio, y dice conocer el hospital porque estuvo allí, un año atrás, inspeccionándolo.

El escenario del manicomio y el momento presente le bastan al autor para crear, desde el primer momento, un escenario que simboliza el mundo entero en cualquier momento de la historia, un escenario aterrador e infernal, un paraje sórdido al que el lector se ve arrastrado irremisiblemente, para, una vez allí, compartir los breves momentos de lucidez del paciente.

Y de repente, con una claridad desacostumbrada, pasó ante sus ojos el último mes de su vida, y comprendió que estaba enfermo y qué enfermedad lo aquejaba.

El paciente se nos presenta como un hombre culto y desquiciado, un lunático con una obsesión que le atormenta el alma, un hombre con una misión: erradicar el mal de la faz de la tierra. Y para ello está dispuesto a llegar hasta el final. Esta enfermiza fijación, así como la soledad del hombre, la imposibilidad de que dos almas se unan, y el tono casí bíblico de algunos pasajes, nos recuerdan mucho a Dostoievski:

-¿Por qué me mira tan fijamente? No va a conseguir descifrar lo que guardo en mi alma -continuó el paciente-, ¡pero yo leo con claridad en la suya! ¿Por qué hace el mal?

La misión del loco se revela ineludible cuando, a través de la ventana del manicomio, ve en el jardín una amapola de un rojo intenso. En esa amapola se concentra la esencia del mal que asuela el mundo. El loco se impone la obligación de arrancarla y dejar que su cuerpo absorba ese mal, para así poder salvar el mundo. Huelga decir que La flor roja emana un aire mesiánico y casi apocalíptico de principio a fin:

Yo mismo encarno las grandes ideas de que espacio y tiempo… no son sino ficciones. Vivo en todas las épocas. Vivo ajeno al espacio, en todas partes o en ninguna, como guste. Y por eso me es indifeente si me deja usted aquí o a mi albedrío, libre o cautivo.

El sanatorio estaba poblado de gente de todos los tiempos y todos los países. Allí se reunían tanto vivos como muertos. Allí se reunían los ilustres y los grandes del mundo con los soldados muerto en la última guerra, resucitados.

Pronto, pronto se desmoronarían las rejas de hierro, todos aquellos cautivos saldrían de allí y se precipitarían hacia los confines de la Tierra, y el universo entero se estremecería…

La flor roja se inscribe, pues, en esa tradición tan dostoievskiana del loco y el descenso al infierno del alma, con un relato de factura impecable, una historia al mismo tiempo densa en significado y transparente en su sencillez.

En esta edición de Nevski Prospects, con una excelente traducción de Patricia Gonzalo de Jesús, hay que hacer mención especial de las ilustraciones de Sara Morante. No es fácil retratar la locura, menos aún la de nuestro personaje, y Morante lo ha hecho de una forma completamente opuesta a los retratos de la locura al uso. No vemos aquí rostros desencajados en un grito desgarrador que nos muestra hasta la campanilla, ni ojos salidos de sus órbitas, ni espirales infinitas que marean la vista. Todo lo contrario, los retratos de Morante se caracterizan por unos rostros casi hieráticos y unos cuerpos de movimientos tan estilizados como los que dibuja un niño, pero que nos recuerdan también al arte religioso antiguo. Es difícil, por ejemplo, no pensar en un Cristo al ver la ilustración de la página 15. Con tan sólo tres colores, rojo, negro y gris, la artista combina perfectamente el hieratismo ya mencionado con ocasionales garabatos frenéticos, como los de las páginas 24 y 25.

Garshín se suicidó a los 33 años o, como suele decirse, la edad de Cristo. Quizá fuera una coincidencia, pero es imposible no encontrar numerosos paralelismos entre la trágica vida del autor y nuestro atormentado émulo del redentor. De manera significativa, Morante le ha dado al demente el rostro del mismo Vsévolod Garshín y así, con su acertado contraste entre estilos, nos ofrece un retrato perfecto y espeluznante de ese viaje entre los dos horrores, la locura y la cordura, al que nos lleva este breve y apasionante libro.

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