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Las cosas que perdimos en el fuego, de Mariana Enríquez

las cosas que perdimos en el fuego

las cosas que perdimos en el fuegoDolor. Y después el silencio. El que se queda pegado a la garganta, a la frontera entre nuestra necesidad de seguir leyendo o dejarlo para otro momento. Y un dolor sordo que vuelve, que no se sabe traducir, pero que al final encuentra cualquier recoveco para salir por cualquiera de nuestros poros. Una especie de tiniebla que se cierne sobre el cuerpo, que lo anega, o que simplemente es el resultado de rozar la locura de los personajes, el reverso tenebroso de todos nosotros, de una ciudad que guarda en su interior la parte más oscura, esa que guardan las sombras, que no queremos mirar, pero que Mariana Enríquez nos enseña. Dolor. Eso se siente, se padece, se encuentra, en Las cosas que perdimos en el fuego, en ese fuego que nos abrasa, o que simplemente nos calienta cuando el frío ya ha calado tan hondo en nuestros huesos que es imposible separarlo de nosotros. Y ahí, agazapado intentando salir a la luz, como sucede siempre, el dolor o el simple entumecimiento de la piel, del alma, que se presta a abrazarse a la locura, o a la realidad que no deja de ser otra forma de lo mismo, de esa mentalidad perturbada que nos habla a veces. Porque ¿quién de todos nosotros es el más loco de este entramado de pasiones y casas derruidas? ¿Quién tiene la potestad de decir que, al leer, uno no puede encontrarse reconocido en aquello que no queremos nombrar? ¿Qué tiene la realidad que, de tan insana, nos acaba hipnotizando como lo hacen estos cuentos?

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