
Siempre hemos vivido en el castillo, de Shirley Jackson

Tengan cuidado, este relato de apariencia gótica y lectura ligera cuenta más de lo que dice.
Lo mejor de los cuentos de hadas es que en ellos todo está claro desde el principio: la malvada madrastra tiene una enorme verruga en la punta de su nariz ganchuda y la heroína es guapa y rubia y a pesar de sus orígenes humildes tiene muy buenos modales. Está claro; con todas estas pistas no hay manera de perderse y el lector sabe bien a qué atenerse en todo momento.
Siempre hemos vivido en el castillo es, en cierto sentido, un cuento de hadas moderno y posee esa atmósfera densa y viciada que embota los sentidos y propicia que el lector no se asombre cuando aparezcan las brujas y los fantasmas. Pero al contrario de lo que sucede en los relatos clásicos, aquí Shirley Jackson se permite escamotear las certezas e invertir todos los términos: ahora resulta que las personas normales ―aquéllas que harían el papel de los buenos aldeanos― son absolutamente odiosas y, sin embargo, los extraños y sospechosos habitantes de la casa Blackwood (el castillo del título) son encantadores. De una forma un tanto siniestra, es cierto, pero encantadores. Allí, en la elegante y bucólica mansión, todo tiene un sentido y un equilibrio; la vida es feliz. Mientras, en contraste, en el pueblo todo es feo y vulgar y la existencia de sus groseros habitantes está dominada por la envidia y la murmuración.
Y esto, querido lector, no es lo peor; no contenta con trastocar las convenciones del género, Jackson se mueve durante todo el relato en una ambigüedad tan desconcertante como atractiva, cautivando de tal modo al lector que se diría que es la autora la auténtica bruja de esta historia.
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