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Cuando el diablo salió del baño, de Sophie Divry

diablo-bañoSomos pobres. Cuanto antes lo reconozcamos, mejor. Muy bien, ahora que ya lo sabemos, ¿qué hacemos? Tenemos dos opciones: lamentarnos o salir adelante. Y por supuesto la primera de las opciones es la más atractiva, la que más nos pone, la que no dejaremos pasar hasta que no nos veamos demasiado con el agua al cuello y tengamos que, como se suele decir vulgarmente, ponernos las pilas. Bien, ya hemos empezado a ponérnoslas, es la hora de leer Cuando el diablo salió del baño. Sí, ya sé lo que muchos de vosotros vais a pensar al leer esta introducción. Que si parece que yo me estoy riendo de la situación actual, que si qué me he creído yo diciendo que nos regodeamos en la miseria, que si no entiendo nada de lo que pasan las familias hoy en día. Pero lo que quiero decir con esta introducción no es más que dar una patada al aire o arengar a que, si bien la situación es jodida a más no poder, al menos hay alguien que pone en evidencia, como lo hace Sophie Divry, que podemos estar jodidos, parados, sin un céntimo en la cuenta o con tan poco que la comida se convierta en un bien de lujo en vez de uno básico, pero al menos nadie podrá quitarnos la ironía o el humor negro. Porque si la realidad se empeña en pegarnos puñetazos a diestro y siniestro, ¿quién dice que no podamos devolverle algunos golpes?

En paro, sin dinero, viviendo de las prestaciones sociales. Así es la vida de nuestra protagonista. Cuando ni siquiera la prestación llega recorrerá su ciudad en busca de una respuesta a lo que le está pasando. Aunque la solución no se halle en las instituciones, ni siquiera en un nuevo trabajo que permita tener dinero a fin de mes, sino en lo que cada uno tiene en mente cuando habla de su realidad y su libertad. Ahí es nada.

Por azares de la vida Cuando el diablo salió del baño llegó a mis manos sin saber que Sophie Divry ya me había encantado en Signatura 400. Fue sólo al leer sus agradecimientos, o lo que se parecen más a ellos, cuando descubrí la coincidencia. Empecé la lectura de esta novela como quien piensa que lo que se va a encontrar es un manual de alguien deprimido en busca de la panacea que le reviente la burbuja de mierda – perdón por la expresión – en la que está metida. Todos hemos estado en paro, todos hemos buscado trabajo, todos hemos visto, en alguna ocasión, cómo no llegamos a fin de mes. Lo que no me esperaba es que, entre las tribulaciones y la desesperación de una joven de la generación que ya se llama perdida, se colara el sentido del humor y la irreverencia. A través de una traducción soberbia de María Enguix observamos cómo se retuerce el lenguaje, cómo la tipografía dota de más sentido a la obra y cómo, a través de todos estos elementos, lo que podría haberse convertido en uno más de los relatos generacionales que tanto se publican hoy en día, se convierte en una parodia de todos los que, como la protagonista de esta historia, ha terminado viéndose vencidos por el sistema. No estamos, por tanto, ante una novela en la que al final su protagonista consigue encauzar su vida, dirigirla hacia un empleo de muerte por el que consiga la liberación o apretar más las cadenas. De lo que estamos hablando aquí es de la vida real. Con mucha mala leche, eso es cierto, pero vida real al fin y al cabo.

Cuando el diablo salió del baño supuso una sorpresa porque suele decirse que, las expectativas, son lo que matan realmente a un libro. Sophie Divry consigue meternos en su obra sin más pretensiones que contándonos lo que ella supone es lo que vive mucha gente que se encuentra en una situación de crisis – y no sólo económica -. Y lo hace atreviéndose a no ponerse barreras en cuanto a lo que nos cuenta. La familia, las relaciones, el trabajo, ciertas alucinaciones, la desesperación, los amigos, las malditas oficinas de empleo. Todos son personajes secundarios en una obra que, como la vida, juega al despiste y a corroborar algo que ya sabemos desde hace mucho tiempo: podemos estar jodidos, pero al menos seguimos contentos.

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