
Somos pobres. Cuanto antes lo reconozcamos, mejor. Muy bien, ahora que ya lo sabemos, ¿qué hacemos? Tenemos dos opciones: lamentarnos o salir adelante. Y por supuesto la primera de las opciones es la más atractiva, la que más nos pone, la que no dejaremos pasar hasta que no nos veamos demasiado con el agua al cuello y tengamos que, como se suele decir vulgarmente, ponernos las pilas. Bien, ya hemos empezado a ponérnoslas, es la hora de leer Cuando el diablo salió del baño. Sí, ya sé lo que muchos de vosotros vais a pensar al leer esta introducción. Que si parece que yo me estoy riendo de la situación actual, que si qué me he creído yo diciendo que nos regodeamos en la miseria, que si no entiendo nada de lo que pasan las familias hoy en día. Pero lo que quiero decir con esta introducción no es más que dar una patada al aire o arengar a que, si bien la situación es jodida a más no poder, al menos hay alguien que pone en evidencia, como lo hace Sophie Divry, que podemos estar jodidos, parados, sin un céntimo en la cuenta o con tan poco que la comida se convierta en un bien de lujo en vez de uno básico, pero al menos nadie podrá quitarnos la ironía o el humor negro. Porque si la realidad se empeña en pegarnos puñetazos a diestro y siniestro, ¿quién dice que no podamos devolverle algunos golpes?
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