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Cuerpos extraños

Cuerpos extraños, de Cynthia Ozick

¿Qué tienen en común los desplazados judíos en el París de los años 50, unos sobrinos desmadrados que tenemos que rescatar y a los que apenas conocemos, y unas tijeras metidas en el esófago? Pues todos ellos son cuerpos extraños, que según el diccionario son cuerpos o partículas de origen biológico o inerte, introducidos voluntaria o involuntariamente en un lugar del organismo que no les corresponde.

 Cuerpos extraños se abre con un epígrafe extraído de Los embajadores, la novela de Henry James, cuyo argumento tiene muchos puntos en común con la que nos ocupa. No obstante, como servidor no ha leído la obra de James, todas las comparaciones entre una y otra se acabarán aquí. Dicho epígrafe, no obstante, es muy revelador:

 Habida cuenta del maravilloso lugar en el que está, han podido ocurrirle dos cosas dispares: tal vez se ha embrutecido, pero acaso se haya refinado.

 El maravilloso lugar es París y quien se encuentra allí es Julian, sobrino de Bea, una profesora de literatura que enseña cosas como Otelo y El Rey Lear a futuros mecánicos que huelen a grasa y salami. Bea está divorciada de un endiosado e insufrible músico con ínfulas de genio, que al abandonarla olvidó llevarse su piano de cola. Un buen día, Bea recibe el encargo de su hermano Marvin, millonario hecho a sí mismo, de ir a París y traerse a Julian, su hijo, a quien imagina hundiéndose en el fango de la decadencia y el vicio. Bea apenas conoce a Julian, a quien ha visto no más de un par de veces en su vida, pero se ve incapaz de rechazar la presión y los malos modos de su hermano, quien, dicho sea de paso, siente un desprecio absoluto por Bea, sus libros y su malpagado trabajo como profesora.

La novela comienza, pues, con un tono ligero y casi cómico, que nos recuerda vagamente a otras historias en que unos chicos díscolos descubren en un pariente lejano a la persona que les ayudará a reconciliar la rebeldía juvenil con las responsabilidades que corresponden a su clase social. La cosa se complica cuando Bea no encuentra a Julian, aunque sí su rastro, un antro de mala muerte en los bajos fondos de París. Entra en acción entonces Iris, la hermana de Julian y niña de sus ojos de Marvin, que se va a París a escondidas de su padre. Y la historia, hasta entonces entretenida, se vuelve apasionante.

 Cynthia Ozick es una de las más prestigiosas narradoras estadounidenses, ha ganado numerosos galardones literarios, algunas de sus historias figuran en antologías de relatos, y en su día fue elogiada por David Foster Wallace como una de las más grandes escritoras vivas de su país. En el nuestro, por el contrario, es una perfecta desconocida, algo a lo que Lumen ha decidido poner remedio.

 En Cuerpos extraños Ozick nos habla de los tenues lazos que unen (¿atan?) a una familia, del arte, la libertad del ser humano y la condición judía, este último, tema recurrente en la obra de Ozick. La historia transcurre entre Nueva York, Los Ángeles y, sobre todo, París, lo cual obliga a la autora a, quizá, abusar en algunos momentos del recurso a las cartas entre los personajes (desde que leí la crítica que hace Nabokov de ese recurso en Jane Austen, no puedo evitar estar de acuerdo con él).

La autora hace un mordaz retrato de un irreconocible París, donde miles de desplazados deambulan perdidos con la esperanza de huir de Europa y emigrar a Israel, Brasil o los EEUU, mientras los niños mimados de norteamérica juegan a ser Hemingway y esperan encontrar su propia identidad (sin dejar de pedir dinero, bien sûr, al denostado papá capitalista). Un viejo y, además, avejentado París sirve así de decadente, grisáceo y bullicioso contrapunto a una joven, triunfal y filistea norteamérica, donde mirar hacia atrás es propio de perdedores.

 Pero sin duda es la riqueza y descripción de los personajes lo que hace destacar a esta gran novela. Marvin, avergonzado de sus orígenes (pese a que, al contrario de Bea, decidió conservar su apellido judío), representa la autoridad y el egoísmo, y puede que su retrato como padre que intenta comprar el cariño de sus hijos resulte algo convencional. Mucho más interesante resulta el exmarido de Bea, Leo Coopersmith, que triunfa como músico, fracasa como artista y ejecuta una grotesca a la vez que cruel venganza contra Bea, que nunca creyó en él. Iris, Julian y, sobre todo, Lili, la oscura y misteriosa judía rumana superviviente del holocausto, completan esta galería de personajes complejos y fascinantes que, como indica el título, se introducen en el organismo de Bea, donde no corresponden.

 Podría decirse, pues, que Cuerpos extraños es la interesantísima historia de la operación quirúrgica para extraerlos.

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