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D4VE, de Ryan Ferrier y Valentín Ramón

D4VE

D4VE“Elige la vida. Elige un empleo. Elige una carrera. Elige una familia. Elige un televisor grande que te cagas. Elige lavadoras, coches, equipos de compact disc y abrelatas eléctricos…” Así empieza la descarnada y brillante reflexión que Mark Renton, uno de los protagonistas de Trainspotting, comparte con el espectador (o lector) para defender la postura que ha tomado ante la sociedad y para manifestar que no va a seguir el camino establecido.

D4VE hubiera aprobado su elección.

Algo similar le ocurría al narrador en El club de la lucha. Harto de una vida de programada insustancialidad, y de un sueño americano que no es más que un placebo insuficiente para sobrevivir a la rutina, se lo montaba en plan antisistema consigo mismo.

D4VE hubiera aplaudido su modo de vida.

Pajas mentales, estados de ansiedad, la crisis de los 40, fe en chorradas y dudas existenciales son algo inherente al ser humano. El hastío de vivir una vida de comodidades adulteradas o ese insidioso pensamiento que te susurra al oído que jamás serás alguien importante. ¿Te suena? Sí, seguro que te suena. Forma parte de nosotros. Está en nuestro ADN. Es algo característico de los humanos. Solo de los humanos. ¿Seguro? Ven, anda, que te voy a presentar a D4VE.

D4VE es una novela gráfica escrita por Ryan Ferrier, dibujada por Valentín Ramón y editada en nuestro país por Sapristi, que despunta ya como editorial que se esfuerza en traernos cómics raros y fascinantes. D4VE también es el nombre del principal protagonista. Un robot que trabaja en una oficina. Un robot que viste camisa blanca y corbata negra, y que se pierde en ensoñaciones de tiempos mejores en el pequeño cubículo donde forma parte de un estructurado engranaje llamado sociedad. ¡Anda mira, como tú! Antaño había sido un robo-soldado y había combatido para conquistar la Tierra. “Podéis llamarlo levantamiento hasta hartaros. Pero fue una señora y muy canónica patada en el culo de los hombres”. Luego, por diversión, eliminarían a cualquier raza alienígena que se cruzara en su camino. ¿Genocidio a nivel galáctico? Sí, un poco sí. Con el tiempo se quedaron sin cosas a las que matar, sin nada contra lo que luchar, en definitiva, sin un objetivo en la vida. Así que se convirtieron en unos haraganes de culo metálico y de sangre aceitosa que se dedicaron simplemente a existir. Es por ello que D4VE tiene una hipoteca, un trabajo odioso, un jefe que es un cabronazo, una mujer con la que tiene sus rifirrafes, una cuñada plasta que lo odia y un hijo adolescente que pasa de él y que prefiere ocupar su tiempo libre con los videojuegos, las drogas o meneándose con fruición el perno mientras mira revistas de robo-pilinguis. ¡Ah, sí, D4VE también sufre de insomnio! Vive una vida tan soporífera como ordinaria. Vamos, lo normal. Así que cuando unos extraterrestres, con naves de formas similares a los testículos de un octogenario, invaden la Tierra, D4VE ve una oportunidad para retomar su vida; aquella que perdió en una existencia de aburrimiento.

D4VE no deja de ser una oda, muy burra y ácida (a nivel sulfúrico), a favor de perseguir los sueños; a favor de escoger el camino tortuoso que nos hará felices y en contra de ése más cómodo que solo nos convertirá en seres tristes, oxidados y frustrados. Lo que Ryan Ferrier explica en D4VE no es nada nuevo, pero sí original por la forma en que lo hace. Y es que, cuando uno imagina a los robots conquistando a la raza humana, piensa en inteligencias superiores, como Skynet, que tras aniquilarnos tomarán mejores decisiones que nosotros. No en unos seres metálicos que, con el tiempo, se volverán unos memos agilipollados tan psicológicamente inestables como nosotros. “Pero lo que tiene el haber sido programado por humanos es que acabas adoptando sus…Tics”. Lo que puedo asegurar es que, a diferencia del pobre D4VE y la vida que tiene al inicio del cómic, el lector no va a aburrirse con esta sátira de humor cafre y desvergonzado que resulta ser el reflejo de nuestra propia sociedad. Los chistes (tanto buenos como malos) infestan casi cada bocadillo del cómic. Así como todo ese lenguaje informático. “Por el amor de Jobs”. De igual forma lo hacen todos esos tacos que se van soltando a lo largo de la historia y que dejan patente que una palabra malsonante, en ocasiones, es una excelente, y breve, declaración de intenciones; tan contundente como una buena patada en todas las partes colganderas.

El dibujo de Valentín Ramón es difícil de definir. Transita entre el arte conceptual para un videojuego, la vistosidad de Moebius en los paisajes (aunque con menos detallismo) y la brutalidad de Geof Darrow en Hard Boiled. El caso es que, además de único, el arte de Valentín Ramón es un acompañante perfecto para todo ese humor bestia que inunda la obra. Perfecto también para mostrar a un D4VE, de gestos muy humanos, en situaciones tan dispares como cuando se sincera con su familia e intenta arreglar las cosas, o como cuando se pone en plan Michael Douglas en Un día de furia y deja perdidas las viñetas de sangre verde y casquería alienígena.

D4VE, al final, resulta ser un cachondeo padre con grandes dosis de acción; una llamativa mezcla entre las buddy movies, las películas taquilleras de robots e invasiones alienígenas y el disco de un rapero negro que en la portada muestra la dicromática advertencia de Parental Advisory: Explicit Content. Pero tras la fachada de soberbio disparate también hay un mensaje, poco sutil y políticamente incorrecto, de libertad y de hacer lo que te haga feliz a pesar del qué dirán. “Esto es lo que soy. Todo vuelve a mí. La sensación de ser feliz”.

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Leñadoras, de Noelle Stevenson y Brooke Allen

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leñadorasLas acampadas, el campamento o ir de camping, llamadlo como queráis, evocan en mi mente una incontrolable estampida de recuerdos. Montar tu propia morada de tela intentando no aplastarte un dedo con el martillo. Dormir en el suelo, (sobre piedras, la mayoría de las veces) después de trasnochar. Comer al aire libre, evitando a las hormigas, o cantar bajo las estrellas junto a una hoguera. Pantalones cortos y rodillas repletas de heridas. Las batallas, repelente en mano, contra los mosquitos que, cada noche, intentaban chuparte la sangre. Cada jornada era una aventura. Cada nuevo amanecer despertabas exaltado impaciente por saber qué te depararía el nuevo día. ¿Zorros mágicos de tres ojos? Humm, no creo. ¿Monstruos de río que se asemejan a dragones marinos? A ver, déjame pensar… No lo recuerdo. ¿Gatetes sagrados o Yetis hípsters? Oh no, definitivamente eso no ocurrió en ninguna de mis acampadas. Eso, todos los monstruos, las aventuras extraordinarias y el derroche de amistad adictiva solo les ocurren a un grupo de adolescentes en El campamento para chicas molonas de miss Quinzella Thiskwin Penniquil Thistle Crumpet. Son cinco, son chicas y se hacen llamar: Las Leñadoras.

Leñadoras (Lumberjanes en el original), creado por Noelle Stevenson, Shannon Watters, Grace Ellis y Brooke Allen, es un cómic que altera, para mejor, las monótonas acampadas para adolescentes. Jo, April, Mal, Molly y Ripley son las cinco protagonistas. La jefa sensata. La chica repipi que reparte buenos mamporros. La muchacha dura por fuera pero muy sensible por dentro. La que duda sobre sí misma. Y la chica pequeñita y adorable que está como una cabra y que provoca esas situaciones en las que te descacharrarás de la risa. Ellas cinco, como si fueran aprendices de Indiana Jones o las herederas de Scooby Doo y su tropa, se verán obligadas a resolver misterios mientras un puñado de curiosos monstruos les dan la brasa. Sapristi Cómic se ha encargado de reunir en un solo tomo los primeros ocho capítulos de esta serie juvenil en los que las heroínas deberán resolver un misterio que involucra a zorros, yetis, dioses, ancianas que se convierten en osos y criptogramas de toda clase. Este arco argumental tiene como título: Cuidado con el gatete sagrado. Con todo lo que os he explicado creo que mínimamente os podéis hacer una idea del tipo de cómic que os vais a encontrar. Fresco; sin duda. Alocado; por supuesto. Absurdo; claro, en ocasiones. Pero sobretodo un guion con grandes dosis de humor y amistad.

Este guion tan notable se han encargado de moldearlo Noelle Stevenson y la debutante Grace Ellis. Ambas han dado rienda suelta a todas las locuras que les fluía por la cabeza para transformarlo en historias que se leen del tirón y se disfrutan en cada viñeta. El dibujo, obra de Brooke Allen, de trazo grueso o muy, muy grueso en los momentos de más acción, y con un colorido que emplea toda la paleta de colores imaginables, posee en el diseño de personajes su mayor atractivo. Un diseño que se va asentando con fuerza a medida que pasan los capítulos. Las Supernenas, Steven Universe u Hora de aventuras son algunas de esas series de dibujos animados de guion inverosímil y de personajes de atractiva personalidad que invadirán de forma atropellada tu cabeza al principio, tras abrir Leñadoras y al pasar las primeras páginas. Luego descubrirás que, aunque se asemejan en las formas, el contenido es mucho más personal. Digamos que si Leñadoras fuera una flor gozaría de su propio e inigualable aroma a galletitas de mantequilla, té verde y sudor balsámico, y si fuera un oso llevaría un sombrero con un tocado bien vistoso y unos guantes de boxeo.

Leñadoras también tiene su propio estilo a la hora de estructurar cada capítulo: empieza con una hoja del manual de campo de las leñadoras. Un manual anticuado (décima edición en enero de 1984) que habla sobre cómo conseguir insignias. La insignia de trasnochadora, la de calculadora humana, la de la amistad a tope… una insignia por cada capítulo. El manual explica cuál sería la forma más común para obtener cada uno de esos premios. Pero en el mundo de las leñadoras en ocasiones (bueno, casi siempre) lo común es poco más que el nombre de un raro animal mitológico. Aun así, curiosamente, y de una forma más rebuscada y sobretodo inusual, siempre harán honor al manual y en especial a su esencia. “Por encima de todo, una leñadora aprenderá lo que significa ser amigas.” Porque Leñadoras va de amistad. De estar ahí cuando más se te necesita. De soltar tacos originales que raras veces ofenden. “¡Yippe-ki-yay, hijo de fruta!” De apoyar decisiones; incluso cuando son equivocadas. De enfrentarse a los peligros unidas y de cubrirse las espaldas cuando un puñado de velociraptores misteriosos atacan el campamento. “Una leñadora aprenderá lo que significa trabajar en equipo”. Pero Leñadoras también susurra delicadamente al oído del lector lo que es el amor libre, qué significa amar a quien quieras (sin importar clase, condición, raza y todas esas trabas que algunos interponen) y lo bonito y tierno que puede llegar a ser.

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Golem, de Lorenzo Ceccotti

Golem

Golem¡Bienvenidos a Roma, cuna del imperio romano! Antaño ciudad de histéricos conductores con la mano siempre adherida al claxon. Hoy metrópolis perteneciente a la próspera Unión Euroasiática, remanso de paz de conductores adoctrinados a circular de forma ordenada y silenciosa. Roma, grandiosa ciudad de oportunidades en la que el paro es un animal mitológico y los bancos, con el refulgir de sus luces y esas vocecitas inocentes que insisten en retar a sus clientes en apuestas que estos últimos siempre pierden, parecen ilusorias máquinas tragaperras. Y luego están los anuncios que copan cualquier esquina de la urbe, de tu automóvil y hasta de tu cuarto de baño. ¡Compra, compra, compra! Roma, la ciudad eterna; así como parecen serlo sus ciudadanos a los cuales se les ofrece la oportunidad de hacerse retoques plásticos en unos minutos y desde el confort de sus hogares. Lo que se ve es lo que cuenta. Roma, ciudad utópica, donde las fuerzas del orden velan por la seguridad de sus residentes vigilándoles a todas horas, sabiendo lo que hacen en todo momento y eliminando a todo aquel que se descarría del buen camino. Roma, lugar placentero para vivir. Tome sus pastillas para no soñar y duerma de un tirón sin pensamientos creativos que entorpezcan su descanso. ¡Bienvenidos a Roma! Una Roma de ensueño.

Esta Roma futurista, que es un personaje pasivo pero transcendental además del telón de fondo del cómic Golem, es el resultado final de la fértil e imaginativa mente de Lorenzo Ceccotti (artista gráfico romano al que no tenía el placer de conocer pero al cual, y tras la lectura de Golem, voy a seguir muy de cerca). Este dibujante (y creo que este adjetivo se queda muy corto) tan pronto engendra el cartel de una película, que ilustra libros de Haruki Murakami, o, como es el caso, crea un cómic que se te queda grabado para siempre en la retina. Golem es una historia distópica al uso: vigilancia, represión y toneladas de “opio” para un pueblo aborregado, además de ser un reflejo distorsionado y extremo de nuestra actual sociedad. “Nuestro poder se basa en la instigación al consumo”. Y por supuesto, revolución. “Llegará un día en que tus sueños se harán realidad”. Y es que, y evidentemente, ese futuro es de todo menos perfecto. Y Steno, un muchacho que no se toma las pastillas que suprimen la capacidad de soñar, despierta cada mañana con la sensación de que ese mundo perfecto, ese arquetipo de ciudad inmejorable, está a punto de desmoronarse. Y sabe con certeza que está a punto de ocurrir. Ese posible cambio de rumbo puede proporcionarlo un descubrimiento, uno que puede redefinir por completo la forma de vivir de toda la sociedad; de todo el mundo. Un mundo, dominado por monopolios, que Lorenzo Ceccotti describe en tan solo una decena de páginas de forma soberbia, convirtiéndolo en algo tan tangible como plausible. Como genial es el concepto del invento: un elemento sencillo, concebible si se suspende la incredulidad (¡obligatorio en cualquier lectura!), insostenible científicamente (si nos ponemos tiquismiquis…) pero a fin de cuentas una idea suficientemente verosímil y seductora como para que el lector quede atrapado y la trama avance. Amigos, esto es un cómic, no un soporífero tratado científico.

Gráficamente Golem es demencialmente delicioso. No es navidad, ni tu cumpleaños pero aquí está, ¡bum!: un regalo para la vista. ¿Soy yo o esas viñetas parecen fotogramas extraídos de un anime? Solo que no hay anime, ni manga, es un cómic europeo. Pero es obvio, con solo echar un vistazo a Golem, que Lorenzo Ceccotti, con su particular estilo, toma como inspiración y rinde homenaje al manga de los 90 pero sin dejar de lado algunos, aunque pocos, rasgos distintivos del cómic europeo. Ninjas armados hasta los dientes con alta tecnología o soldados psicópatas con armas psíquicas que hacen recordar al Ghost in the Shell o al Appleseed de Masamune Shirow. Escenas con acción desenfrenada (justificadas por un guion robusto) que te hacen volar sobre esas páginas en las que también anidan seres gigantescos y aberrantes que rememoran los estados finales de la metamorfosis que sufre Tetsuo en Akira o, incluso, las múltiples transformaciones a las que se ve abocado Ryu en Project Arms de Ryoji Minagawa. O esa luz, ese color, que luce en cada viñeta y que inunda incluso las escenas más tenebrosas, junto al mensaje que subyace bajo tanta acción, que te hacen venir a la memoria los mejores títulos de Hayao Miyazaki. Pero es sin ninguna duda el Katsuhiro Otomo que ideó Akira el gran referente de Lorenzo Ceccotti. Pero entonces, cuando crees que ya lo has visto todo, cuando crees que el autor ya no puede sorprenderte más… Fundido negro, vuelta de página, y te encuentras con un cuadro repleto de claroscuros que parece la creación de un pintor del barroco. No, no hace falta que mires a tu alrededor, no estás en un museo de arte. Te encuentras ante la Roma del futuro. Una Roma con unos pocos aunque obstinados revolucionarios, unos idealistas que quieren cambiar el curso que está tomando la historia. Bienvenidos al inicio de una nueva Roma. Más cívica, más justa, más igualitaria. En donde cada uno sea dueño de las riendas de su futuro. “¡No dejes nunca de soñar!” Bienvenidos a la Roma de Lorenzo Ceccotti.

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