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El adolescente

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El adolescente, Fiodor M. Dostoievski

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Hay veces en que el vencedor no tiene más
remedio que avergonzarse ante su vencido,
precisamente por haberlo derribado

No me ha parecido esta la mejor de las obras de Dostoievski, lo cual no es ningún deshonor porque ser una obra menor dentro de su producción bien podría suponer para muchos otros un hueco en la historia de las letras, pero en este caso tengo un regusto amargo no achacable tanto a la obra, que reúne todos los ingredientes que hacen de un conjunto de palabras un texto reconocible de Dostoievski, que no son desde luego únicamente su firma, sino a la edición, a la descuidada calidad del proceso de digitalización que añade, elimina, sustituye o modifica a capricho caracteres, signos de puntuación o palabras con resultados nefastos en lo que a la comprensión lectora se refiere. Es loable que Amazon desee acercar gratuitamente al gran público a los clásicos de la literatura, pero la gratuidad no puede ser excusa para la chapuza y parece exigible que cualquier producto editorial que salga al mercado, sea en la categoría que sea, sea debidamente revisado y corregido con anterioridad.

El pensamiento de uno, por mezquino que sea, en tanto que está en uno, es siempre más profundo; una vez expresado es siempre más ridículo y desleal.Superada la confusión que la calidad de la edición añade artificialmente al texto, lo que tenemos ante nosotros es un historia típicamente dostoievskiana, con un personaje protagonista extraordinariamente torturado por su propia búsqueda interior, proceso que en un personaje de este autor acostumbra a ser tan aparentemente infructuoso como autodestructivo, aunque al final no sea ni lo uno ni lo otro. La condición de adolescente de Arkadi Makarovitch, el protagonista, sirve para explicar la volubilidad de su carácter a la vez que en cierto modo justifica lo brutal de su evolución personal, que le lleva a presentarse ante nosotros al principio de la obra como un digno discípulo del Raskolnikov de Memorias del subsuelo (su idea central de la existencia consiste en retirarse del mundo, romper las relaciones que le unen a sus allegados y convertirse en una surte de mendigo que a fuerza de tesón y miseria autoimpuesta logre reunir una fortuna a la que posteriormente renunciar voluntariamente como signo de magnanimidad y desprecio a partes iguales), hasta convertirse en un fatuo acomodado, adicto al juego y la diversión mundana y más preocupado por los salones del gran mundo que por las preocupaciones propias de una mente sensible y de inclinaciones intelectuales. Un personaje muy ruso, por cierto.

Precisamente las ideas más simples y más claras son las menos a propósito para ser comprendidas.

Hay dos hilos argumentales fundamentales en este relato en primera persona, por un lado la escabrosa relación del protagonista con su familia, principalmente con su padre biológico, personaje complejo como pocos, pero también con su madre, su hermana y su padre legal, quien tiene poco peso en la narración en tanto que aparece poco, pero es de gran importancia puesto que bien podría representar en cierto modo la voz del autor, ya que es el portavoz de muchas de sus ideas; y por otro lado sus relaciones sociales, las intrigas de las que es testigo, objeto o protagonista y las situaciones a las que el azar o su propia inconsciencia le conducen. Ambos tienen no poca intriga, hay en esta novela un gran número de misterios que poco a poco se van desvelando pero que, en realidad, no son sino el vehículo del que el autor se sirve para hacer desfilar ante nuestros ojos un completo catálogo de personajes y caracteres que son el espejo de su tiempo a la vez que intemporales. La sociedad ha cambiado desde entonces, de eso no cabe duda, pero si pudiésemos trasladar a cualquiera de los personajes de Dostoievski hasta nuestros días, tal vez no precisarían de más esfuerzo de adaptación que el propiamente indumentario para adquirir ese grado de inadaptación necesario para homologarse a cualquiera de nosotros.

Por eso si quieren ustedes estudiar un hombre y conocer su alma, no presten atención a la forma que tenga de callarse, de hablar, de llorar o a la forma en que se conmueva por las más nobles ideas. Miradlo más bien cuando ríe. Si ríe bien, es que es bueno.

Y, como no podía ser de otra manera, abundan en la obra las reflexiones sobre el honor, la religión, la política, en fin, sobre la vida. De lo contrario no sería Dostoieveski. Como por ejemplo: ¿Cómo puede suceder esto de que las cosas enunciadas por un hombre inteligente sean infinitamente más estúpidas que lo que queda en su cerebro?, lo que nos lleva a preguntarnos, en caso de ser cierto y visto lo que sacó de él, ¿qué quedaría en el cerebro del propio autor? También hay ideas sorprendentes precisamente en él, como …y en el fondo no hay que buscar explicaciones. No servirían más que para espesar las tinieblas. Hay pensamientos bellamente expresados: al hombre fuerte le cuesta a veces mucho trabajo soportar su propia fuerza, y otros tan actuales como contundentes (ya se sabe lo que es un abogado: un abogado es una conciencia de alquiler o porque un idealista, al chocar con la realidad, está siempre más dispuesto que los otros a suponer toda clase de porquerías), multitud de frases, en fin, que deslumbran, no se puede transitar por estas páginas pasando indemne ante las maravillas y los monstruos, incluso en algún momento aparece un instante de lucidez que explica por si mismo gran parte de la historia rusa: Lo de si este honor es bueno y este deber es verdadero, es otra cuestión. Pero lo importante para mí es el carácter acabado de estas formas, es un cierto orden, no prescrito, sino emanado de la vida de esta nobleza. ¡Dios mío, lo que nos importa más es tener por fin un orden, cualquiera que sea, pero realmente nuestro! En eso reside la esperanza y, por así decirlo, el reposo: algo construido en fin, que no sea ya esta eterna demolición, estas virutas que vuelan por todas partes. Estos escombros y estas basuras de las que no sale nada desde hace doscientos años. Puede que sea imposible leer a Dostoievski sin reflexionar sobre lo humano y lo divino, pero lo verdaderamente importante es que no es posible leerlo sin disfrutar como un enano, y en eso esta obra no es una excepción entre las muchas que escribió.

Amigo mío, amar a los hombres tal como son es imposible. Y sin embargo es preciso. Por eso hay que hacerles el bien refrenando los propios sentimientos, tapándose la nariz y cerrando los ojos (esta última condición es indispensable). Debes soportar el mal que te hacen, sin tomarles odio, si eso es posible, «acordándote de que también tú eres hombre». Naturalmente, tienes derecho a mostrarte severo con ellos si te ha sido concedido el ser un poco más inteligente que el término medio. Los hombres son bajos por naturaleza y les gusta amar por miedo; no te dejes coger en este amor y no ceses nunca de despreciarlos. En alguna parte del Corán, Alá ordena a su profeta que mire a los «recalcitrantes» como si fueran ratones, que les haga el bien y siga su camino. Es una conducta un poco altanera, pero es justa. Has de saber despreciarlos, incluso cuando son buenos, porque entonces es precisamente cuando son más infectos.

Andrés Barrero
andres@librosyliteratura.es
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