
Los osos, de Vsévolod Garshin







Este es un libro extraño. Lo es en sí mismo, más si tenemos en cuenta que Kuprín, el autor, es ruso y la historia que narra Sulamita no es exactamente a lo que los autores rusos de finales del XIX y principios del XX nos tienen acostumbrados, y más extraño aun si al texto sumamos la inquietante sensación que provocan las ilustraciones de Alfonso Rodríguez Barrera. Y es tan extraña que requiere un cierto esfuerzo de aclimatación. Pero cuando uno se sitúa entre tanta mitología clásica y la retórica que le es propia, sólo queda lugar para el asombro ante la belleza de esta tan peculiar como intensa y hermosa historia de amor.
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No me ha parecido esta la mejor de las obras de Dostoievski, lo cual no es ningún deshonor porque ser una obra menor dentro de su producción bien podría suponer para muchos otros un hueco en la historia de las letras, pero en este caso tengo un regusto amargo no achacable tanto a la obra, que reúne todos los ingredientes que hacen de un conjunto de palabras un texto reconocible de Dostoievski, que no son desde luego únicamente su firma, sino a la edición, a la descuidada calidad del proceso de digitalización que añade, elimina, sustituye o modifica a capricho caracteres, signos de puntuación o palabras con resultados nefastos en lo que a la comprensión lectora se refiere. Es loable que Amazon desee acercar gratuitamente al gran público a los clásicos de la literatura, pero la gratuidad no puede ser excusa para la chapuza y parece exigible que cualquier producto editorial que salga al mercado, sea en la categoría que sea, sea debidamente revisado y corregido con anterioridad.


Cuatro relatos que retratan la caída de la Unión Soviética y la sociedad rusa actual sin detenerse en la moral convencional y la corrección política.
Uno podría pasarse la vida leyendo sólo autores rusos: el filón parece inagotable y aunque cuando se habla de literatura rusa enseguida pensamos en Dostoievski o Chéjov, continuamente aparecen obras de autores contemporáneos que nos sorprenden.
No es que la literatura rusa sea la única que pueda presumir de su fertilidad, pero posee algo difícil de definir, una cuestión de carácter quizá, que teje un hilo invisible que une a las diferentes generaciones, desde clásicos como Gógol o Tolstói a narradores actuales como Pretrushévskaia o el autor de estos relatos, Vladimir Manakin, que hermana a los soviéticos Pasternak o Mayakovski con los exiliados como Némirovsky o Gazdánov. Siempre encontramos en sus escritos algo inequívocamente ruso.
En el caso de los relatos de El prisionero del Cáucaso, su autor, Vladimir Manakin, juega desde el principio, desde el título, la baza de la continuidad, puesto que ya Tolstoi tituló así uno de sus cuentos y antes Pushkin lo hizo con un conocido poema, textos todos ellos dedicados a un conflicto tan inagotable como el filón de las letras rusas: desde las escaramuzas con el jeque Mansur Ushurma a finales del XVIII y la invasión rusa de Chechenia de 1817 hasta las guerras chechenas de finales de los noventa, los rusos llevan más de doscientos años luchando con diferente intensidad pero casi sin pausa en el norte del Cáucaso.
Este juego de referencias no es gratuito, porque los cuatro relatos que forman El prisionero del Cáucaso tienen mucho que ver con la historia de la Rusia y de la Unión Soviética: narrados con un acento entrecortado y áspero, como de resaca, cada uno de ellos (y aún más si son leídos juntos) son una desencantada y amarga metáfora de la caída de la URSS.
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