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Asán

Asán, de Vladimir Makanin

AsanA uno, a estas alturas de mili, si hay algo que le gusta en esto de la literatura es que le sorprendan. Pero que lo hagan por derecho, sin trucos ni efectismos, contando un historia y haciéndolo bien. Y Vladimir Makanin, bendito sea, lo ha conseguido en Asán de la forma más rotunda que recordaba hace tiempo. Uno oye hablar bien de un libro de un autor ruso ambientado en la guerra de Chechenia y mal que bien espera enfrentarse a un catálogo de atrocidades, a un retrato descorazonador de la barbarie, y miren, cuando lo que se encuentra es un relato honesto, y transparente rebosante de humanidad en cada página, pues no puede sino agradecerlo. Y no es que Vladimir Makanin escamotee al lector un ápice de realidad, en absoluto, es que hace un esfuerzo singular por comprenderla y exponerla como es. Y es, como dije, muy humana. Cierto que se trata de ese tipo de humanidad que en según qué condiciones puede dar con su propietario en prisión, si tiene suerte, pero no es menos cierto que escribiendo Chechenia, Makanin explica el mundo. En un momento dado un coronel del ejército ruso dice a sus compañeros que no deben alarmarse ante la corrupción, que la corrupción no es tan mala porque al menos es un orden, tiene unas reglas, y que es preferible al caos. Y ese es el espíritu de Asán, explicar la guerra no como el sinsentido moral que es, sino como el mercado próspero que también es en las manos adecuadas. Sigue leyendo Asán

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El prisionero del Cáucaso

El prisionero del Cáucaso

El prisionero del Cáucaso, de Vladimir Makanin

El prisionero del Cáucaso

Cuatro relatos que retratan la caída de la Unión Soviética y la sociedad rusa actual sin detenerse en la moral convencional y la corrección política.

Uno podría pasarse la vida leyendo sólo autores rusos: el filón parece inagotable y aunque cuando se habla de literatura rusa enseguida pensamos en Dostoievski o Chéjov, continuamente aparecen obras de autores contemporáneos que nos sorprenden.

No es que la literatura rusa sea la única que pueda presumir de su fertilidad, pero posee algo difícil de definir, una cuestión de carácter quizá, que teje un hilo invisible que une a las diferentes generaciones, desde clásicos como Gógol o Tolstói a narradores actuales como Pretrushévskaia o el autor de estos relatos, Vladimir Manakin, que hermana a los soviéticos Pasternak o Mayakovski con los exiliados como Némirovsky o Gazdánov.  Siempre encontramos en sus escritos algo inequívocamente ruso.

En el caso de los relatos de El prisionero del Cáucaso, su autor, Vladimir Manakin, juega desde el principio, desde el título, la baza de la continuidad, puesto que ya Tolstoi tituló así uno de sus cuentos y antes Pushkin lo hizo con un conocido poema, textos todos ellos dedicados a un conflicto tan inagotable como el filón de las letras rusas: desde las escaramuzas con el jeque Mansur Ushurma a finales del XVIII y la invasión rusa de Chechenia de 1817 hasta las guerras chechenas de finales de los noventa, los rusos llevan más de doscientos años luchando con diferente intensidad pero casi sin pausa en el norte del Cáucaso.

Este juego de referencias no es gratuito, porque los cuatro relatos que forman El prisionero del Cáucaso tienen mucho que ver con la historia de la Rusia y de la Unión Soviética: narrados con un acento entrecortado y áspero, como de resaca, cada uno de ellos (y aún más si son leídos juntos) son una desencantada y amarga metáfora de la caída de la URSS.

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