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El devorador de calabazas

El devorador de calabazas, de Penelope Mortimer

El-devorador-de-calabazasEdna O´Brien, la autora de esa extraordinaria novela que es Las chicas de campo, dijo de esta no menos magnífica El devorador de calabazas que era impactante, y lo es. Imagínense que ante una crisis depresiva de una mujer que la mantiene sumida en llanto, su marido, de forma que pretende ser elegante y una expresión de preocupación, le dice «¿Crees que superarás este momento de tu vida? Porque lo encuentro de lo más deprimente». Pues sí, nadie dijo que el proveedor de infelicidad de una persona tuviera que ser necesariamente un patán. Pero dijo algo más: “Todas y cada una de las mujeres que conozco deberían leer este libro al menos una vez en la vida”. Y es cierto, sólo que habría que ampliar un poco el campo de visión y añadir a las que no conoció y sobre todo a todos y cada uno de los hombres que permanecen ignorantes de la terrible capacidad destructiva que se puede desplegar en una relación sin que cuyos efectos sean necesariamente visibles hasta que lo son por desbordamiento.

No es esta de Penelope Mortimer una novela romántica, es de todo menos aprisionable en cliché de género alguno. Es elegante, es demoledora como es, entre otras cosas, divertida porque la mirada fresca, inocente, de la protagonista es refrescante. Vean si no este diálogo con el psiquiatra al que le obligan a ir:

̶ Francamente, tendría que haber sido usted inquisidor ̶ le dije ̶. ¿Me quemo ahora o lo dejo para luego?

Pero es una historia dura, la insensibilidad de su insensible marido y la sensibilidad de su sensible exmarido (uno de ellos) se expresan con similares niveles de crueldad. Una crueldad sorda y técnicamente invisible, pero no por ello menos destructiva e imperdonable. Y todo ello lo vive la señora Armitage con esa sensibilidad de espectadora frente a la que pasan cosas que sabe que le afectan de algún modo pero que por alguna extraña razón no acaba de asumir como parte de su propia identidad.

A veces mi madre podía ser una bruja, a su manera bienintencionada: o quizá, como yo, simplemente era tonta. Muchas veces cuesta distinguirlo, hasta en una misma.

Pero no es tonta, ni mucho menos. La protagonista del devorador de calabazas no tiene las habilidades necesarias para ser feliz, y si alguna vez las tuvo las requisó su marido y las escondió a conciencia, de modo que se ve obligada a confundir lo que hace con lo que es. Y lo único que hace que le hace sentirse realizada en tener hijos de forma que se convierte en una máquina de parir hasta el punto de que no concibe otra forma de vivir que esa, estar embarazada y traer a un niño tras otro al mundo. Lo que a ella le da sentido a su vida, se lo quita a la de su marido quien percibe al ejército de niños que mantiene como una molesta carga que debe sobrellevar como buenamente puede. Llega ella a decir que le gusta beber porque eso le da una identidad, es una mujer que bebe, aunque el licor no le guste.

Me puse a leer revistas femeninas, empezando por las que Ireen me había dejado, y aprendí muchas coas útiles, como que todos los hombres son niños, todos los hombres son emocionalmente inmaduros, todos los hombres detestan las redecillas para el cabello y las críticas, todos los hombres son infieles, hay que confiar en ellos, tienen que desayunar caliente, quieren más de lo que se merecen y necesitan más de lo que reciben.

Esta de Penelope Mortimer no es exclusivamente una historia de infelicidad conyugal, somos partícipes de la vida de la protagonista desde su infancia, de la de su marido y de suficientes detalles de la de los padres de ambos y de otros personajes como para tener la sensación de conocerlos. La exploración que emprende el psicoanalista en busca del origen de la tristeza es sin duda menos exhaustivo y exitoso del que completamos los lectores. La historia de una persona buena e infeliz aparentemente destinada a ser buena e infeliz desde siempre para quien no parece existir otra receta de la felicidad que el acostumbramiento a la infelicidad. La cura de la tristeza no parece en su caso la conquista de la felicidad, sino su relativización, no tanto encontrar como dejar de buscar. Pero ella, a su manera intuitiva e inocente no es capaz de resignarse a no buscar, a no encontrarse, y de alguna manera consiguen que se sienta culpable por ello.

Comenzó a hablar, pero lo dejé a media frase porque no podía soportar la lástima que estaba a punto de empezar a darle.

El devorador de calabazas es una novela brillante, tan actual que es difícil creer que se publicara originalmente en 1962, transmite una sensación de claustrofobia doméstica extraordinariamente intensa y la frescura y la elegancia del lenguaje que utiliza no hacen sino intensificar esa sensación de voyeur de una intimidad que no debería estar presenciando de no ser de lo mucho que aprende de ella. Pero sobre todo me parece una novela de extraordinaria sinceridad, lo que es de extraordinario mérito teniendo en cuenta la carga autobiográfica que contiene. Tal vez la magia de esta novela quede explicada en esta declaración final, aunque probablemente no sea en el libro, sino en la vidas propias o ajenas, vividas o contadas que conforman la nuestra, donde se puedan encontrar los aspectos que hacen que trascienda a la historia que cuenta:

He intentado ser sincera con vosotros, aunque supongo que os habría interesado más que no lo fuese. Algunas de estas cosas que os he contado han pasado y otras sólo fueron sueños. Aunque todas son verdaderas, según lo que entiendo yo por verdad. Todas son reales, según lo que entiendo yo por realidad.

 

Andrés Barrero
contacto@andresbarrero.es
@abarreror

 

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