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El sanador

El sanador, de Antti Tuomainen

Los finlandeses no son exactamente parecidos a sus vecinos escandinavos, ni son tampoco exactamente muy distintos. Tal cosa sucede con –hasta donde yo conozco, que es menos de lo que quisiera– su música (algunos fineses me han solido decir que los grupos de su país hacen música que o amas u odias y que es, sencillamente, “música finlandesa”; no sé si cabe llegar a esos extremos) y también sucede, al parecer, con su novela criminal.

Debo aclarar que El sanador es la primera muestra de ese género y nacionalidad que he podido leer, pero, si es representativo, entonces hay que afirmar que no guarda grandes parecidos –aparentes– con las más acabadas y conocidas obras criminales suecas o noruegas, por ejemplo. Eso no quiere decir que no comparta otros rasgos, quizá más ocultos pero no menos importantes: una mirada pesimista, bastante descreída, sobre la vida en general y sobre el ser humano en particular (¿no son la misma cosa?), la cual no eclipsa, sin embargo, del todo cierta voluntad en mantener la fe en lo bueno y en lo bello del mundo.

Todo eso se halla en El sanador, breve novela cuyo protagonista es Tapani, de profesión poeta sin reconocimiento (¿pleonasmo?), casado con la periodista Johanna. Un día, ella desaparece. Las pesquisas de Tapani lo llevan a darse de bruces con una investigación sobre los asesinatos de un tal Sanador, misterioso criminal que parece tener un móvil ecologista.

El sanador no va a enamorar, puede que ni siquiera a gustar suficientemente a quien busque aquí una novela policiaca llena de emoción, giros inesperados, revelaciones con cuentagotas y traca final. En realidad, y pese a haber sido reconocida como mejor novela policiaca finlandesa de 2011, El sanador no es –a mi juicio– muy buena como novela de género.

Ahora bien, la originalidad de El sanador estriba en su ambientación. Se trata, ante todo, de una novela de ciencia–ficción, de ésas que ahora se da en llamar distópicas. Nos sitúa en un futuro indeterminado aunque se adivina no muy lejano, en el cual el temido y publicitado cambio climático se ha consumado –y El sanador apunta claramente al o a los culpables o, al menos, responsables–, para horror de la población mundial, gran parte de la cual se compone ahora de refugiados climáticos. En la misma Finlandia, hay cada vez más zonas donde es imposible una vida digna, de modo que los propios fineses huyen cada vez más al norte. Es aquí donde Antti Tuomainen deslumbra más: hasta a los escépticos sobre el cambio climático como algo más que una forma de moderno milenarismo o, a lo peor, como un nuevo modelo de negocio a escala mundial espeluznan las descripciones de ese apocalíptico nuevo mundo, con viviendas abandonadas, ciudades súbitamente degradadas, éxodos internacionales, violencia, economía desestructurada e instituciones rotas. En este ambiente de umbral de fin del mundo, también las relaciones humanas se deterioran sin remedio y parece que uno ya no puede confiar en nadie. Tapani descubrirá esto por sí mismo, a medida que vaya esforzándose por encontrar a su mujer. Y, como decíamos antes, persiste ese rayo de esperanza en el ser humano, de fraternidad y de reivindicación de la libertad individual aun en un mundo en el que es grande la tentación de delegar nuestras libertades en un ente más poderoso que decida por nosotros y que, a cambio, nos proteja.

El sanador es una novela muy sui generis, con un misterio sin muchos nudos gordianos ni interrogantes difíciles de responder; lo que nos gana de ella es la profunda melancolía, algo muy afín al espíritu de los países nórdicos y que, en el caso de Finlandia, permea empezando por su lengua, muy propicia para expresar melancolía y lirismo crepuscular merced a la particular acentuación de sus palabras, entre otros rasgos.

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