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El zoo trágico

El zoo trágico

El zoo trágico, Lidia Zinovieva Annibal

El zoo trágico

La infancia como paraíso inhabitado, parafraseando a Ana María Matute con quien tanto tiene en común este Zoo Trágico, es el escenario perfecto para estas falsas memorias, para esta novela de descubrimiento que a través de un lenguaje sencillo, cristalino, y de gran belleza, muestra el progresivo descubrimiento de las zonas oscuras de la vida por parte de la pequeña Vera, quien descubre el dolor a través de los animales a los que ama y pierde, pero sobre todo descubre la amargura y la soledad a causa de las personas a las que quiere y por las que no logra hacerse comprender.

Amaba y odiaba la primavera, y no sabía qué amaba de ella, ni tampoco qué odiaba.

El proceso es curioso, el camino de infelicidad que recorre Vérochka, el que va del zoo animal al zoo humano, es amargo, pero en las trágicas experiencias infantiles que abren la narración hay una luminosidad y un lirismo que hacen parecer que nos enfrentamos a un relato optimista, pero el viaje iniciático de Vera la aleja poco a poco de sus animales al tiempo que de su infancia y simultáneamente se oscurece hasta que, al llegar al final del libro, nos queda la sensación de haber asistido a una historia tan grande como amarga, a un descubrimiento pero también a una fractura íntima, vital.

El amor te enseñará. Es un maestro estricto. Más estricto cuanto más profundo y sagrado. Un amor estricto te enseñará a no perdonar la mentira. Tus manos serán más fuertes, y tu corazón más poderoso… Crece más que tu madre, comprende más cosas… ¡Ama y exige que las cosas cambien!

El dolor que se padece en la infancia, ese dolor inabarcable en el que el mundo se acaba en cada lágrima, protagoniza las primeras páginas, la inmensa capacidad para la empatía de esa niña pequeña, cuya inquietud y cuyo amor los demás confunden con travesuras y maldad, que se personifica en oseznos, grullas y animales en general, es todo un botón de muestra de la tragedia íntima que es a veces la infancia hasta que la madurez nos enseña a domesticar las lágrimas, a llorarlas en seco y en silencio. Los niños no pueden, el dolor que no lloran se transforma en rabia e impotencia y por eso sufren, porque nadie les comprende, porque las cosas de niños, para ellos, son todo su mundo.

No puedo mirar. No puedo hablar. La tristeza repta dentro de mí desde algún lugar; puedo escucharla, vuelvo a gritar. Venzo a la tristeza con mi grito salvaje, y me tambaleo de regreso a casa, aullando y gimiendo, incapaz de contenerme. Me encuentro con mi madre, y con la institutriz, mi hermana, el ama de llaves, mi hermano, mi otro hermano.
Pero continúo pegando gritos, nadie puede ayudarme ni calmarme. Parece que alguien se ha aferrado a mi corazón con dos tenazas, lo ha enrollado en una bola, y la sangre caliente se desprende de él.

Vera se refugia en su madre, en una espiritualidad que al principio le reconforta pero que termina por abandonar, y acaba por encerrarse en sí misma, por hacer daño cuando puede sólo porque puede y porque a ella se lo han hecho previamente, busca refugio en la aprobación de los demás, pero no encuentra satisfacción en ello y lo busca en el amor, pero tampoco descubre la felicidad en esos trances. El monstruo que devora los renacuajos que la niña ha encerrado en un bote de cristal y que veía transformarse poco a poco, se come algo más que eso, al mostrarle la crueldad de la vida le enseña que ella también, como el gobio, puede serlo.

Se mueve de un lado a otro, golpea con desesperación su cola poderosa contra el hierro, levanta su cabeza zarposa con sus horribles ojos amarillos. Ahora lo veo, ahora lo veo todo. Me agacho. Es la mitad de mi dedo meñique, pero imagino que estoy mirándole directamente a los ojos, esos ojos avariciosos y amarillos.
He cogido una piedra, la que estaba en el tarro sobre la que se sentaba la criaturita verde. La presiono sobre la horrible cabeza con sus zarpas y sus ojos. La presiono, Cruje. Pero el cuerpo segmentado aun tiembla, se mueve, y la cola todavía está levantada hacia arriba.

Frases cortas, un estilo limpio, sencillo, refuerzan la impresión de narración infantil que otorga tanta fuerza al relato. Lidia Zinovieva-Annibal no es la más conocida de las autoras rusas de fin de siglo, un colectivo no especialmente numeroso, pero es sin duda una voz tan original como libre, una voz que se rebela frente al machismo imperante no sólo en la sociedad sino en los ambientes literarios en lo que ella misma, junto con su marido, el también poeta Viacheslav Echimov, ejerció de anfitriona, pero sobre todo una voz dotada de una extraordinaria sensibilidad y de un talento fuera de toda duda.

Andrés Barrero
andresbarrero@vodafone.es

2 comentarios en “El zoo trágico

  1. Guau… parece una novela fuerte. Y el título atrapa y mucho!

  2. Lo es, te envuelve y te atrapa poco a poco y cuando te tiene en sus garras no hay vuelta atrás.
    Como siempre, gracias por tus comentarios.

    Un abrazo,

    Andrés

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