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La tierra de nuestros padres

la tierra de nuestros padres

La tierra de nuestros padres, de William Nicholson

la tierra de nuestros padresProvengo de una larga lista de errores. Y de una historia de amor verdadera. Así es como se cuenta el amor, un amor que resulta épico a los ojos del lector que lo mira. La Historia, mezclada con los sinsabores de la guerra, de las consecuencias del miedo y el terror, buscando a toda costa unos brazos que rodeen nuestro cuerpo, ese cuerpo que tiembla por el frío y por los recuerdos. Una historia de amor verdadera, de aquellas que hacen recorrer una pequeña brisa alrededor del cuerpo, que remueve, que palpita con la misma sangre que bombea en nuestro corazón, que nos miente con sus palabras cuando lo realmente importante son los silencios. Eso es La tierra de nuestros padres. Un viaje, a lo largo de los años, a lo largo de dos amores que se encuentran y se separan, que se miran en la distancia, que se equivocan y aciertan, como un juego de azar en un casino de los sentimientos. Saber lo que se siente, lo que nos hace disfrutar del amor, de lo que la Historia, de nuevo la Historia, nos hace recorrer, escondiéndonos por los huecos que dejan los misiles, la metralla que traspasa la piel, que es más mortífera, pero no tan potente, como puede serlo esta historia, una historia de amor verdadera, como pocas, como casi ninguna, observando desde lejos cómo vamos creciendo y cómo nos vamos mintiendo, cada día un poco más.

 

William Nicholson. Para muchos, incluso para mí, era un autor completamente desconocido. Pero uno busca en la pequeña biografía y se da cuenta de la labor de guionista de películas de éxito que ha realizado y parte del trabajo ya está hecha. La tierra de nuestros padres es lo que el olor de un libro nuevo para los nostálgicos. Esa pasión, esa emoción a la hora de acercarse a una historia que nos hace vivir una de las historias más interesantes de este último año. A lo épico se le suma lo brutal. A lo grandioso, se le suman los pequeños detalles que hacen una gran obra más grande todavía, haciéndonos recordarla mucho más allá de su lectura, recomendándola como lo hago yo aquí desde estas humildes líneas. Hay quien dice que las novelas nos hacen vivir numerosas vidas, numerosas existencias, que nos hacen convertirnos en personajes que jamás habíamos pensado conocer. Puede que en esta ocasión, en este mundo de arenas movedizas, en este argumento de amores a los que la mirada negra de la guerra tocan y trastocan, encontremos algunas respuestas sobre lo que pueden hacer las historias personales por cada uno de nosotros, arrebatándonos la inocencia pero regalándonos experiencia.

No hay comparación, ya que las comparaciones no hacen sino desmotivar, crear una expectativa que es muy difícil suplir, sobrepasar. Por eso creo que William Nicholson nos ofrece un malabarismo, un juego peligroso de amores, de reencuentros, de reflexiones sobre lo que sentimos, sobre lo que creemos, sobre lo que queremos, disfrazando de novela aquellas preguntas que muchos de nosotros nos hemos hecho. ¿Somos capaces de esperar un amor durante toda nuestra vida? ¿Somos seres destinados a repetir los mismos errores una y otra vez? ¿Podemos, por mucho que lo intentemos, luchar contra aquellos fantasmas que ya nos han llevado con ellos? El tiempo de nuestros padres nos ofrece una generación, una estirpe de hombres y mujeres que no encontraban su sitio, pero que aun así conviven con la desgracia, con la desazón, con las ideas inculcadas desde pequeños para sobreponerse a ellas y crear una realidad diferente. Hay una cita de Sartre que yo recuerdo siempre: el ser humano está condenado a ser libre. Y en esa condena nos encontramos a estos personajes, a hombres y mujeres que buscan su libertad, que buscan romper cadenas, soltarse del anclaje a la tierra, buscando su propio sustento, cuando ya las raíces que les pegaban al suelo se han podrido y no dejan sobrevivir. Porque la realidad siempre es mucho peor que los sueños, porque en ellos podemos alargar nuestra imaginación hasta distancias que jamás veremos, y es precisamente la realidad la que nos corta las alas y nos corresponde a nosotros detenernos, observar lo que nos rodea, aquellos a los que de verdad queremos, y apostar por el amor, por ese amor verdadero que nunca pide nada, pero lo da todo. Aquel amor que incluso en la guerra más cruenta, la de la vida, es capaz de salir a flote. Y lo mismo da que los años pasen, que nuestro pelo encanezca, que las arrugas surquen nuestra piel, porque el amor estará allí, esperando, conservando su pureza y esperando a abrazarnos, como aquí, como en esta novela, permitiendo que nos durmamos abrazados y amanezcamos a su lado, por siempre, para siempre.

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