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La vuelta del torno

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La vuelta del torno, de Henry James

la-vuelta-del-tornoRecuerdo vagamente una cita de una película según la cual (la cita, no la película), “todo es Shakespeare”, queriendo decir, se supone, que toda la vida y el mundo todos están recogidos en la obra de Shakespeare. Pues yo no sé si “todo es La vuelta del torno” (obra clásica más conocida como “Otra vuelta de tuerca” y que Libros del Asteroide nos presenta en una nueva traducción, de ahí el nuevo título), pero sí puedo decir, tras haberlo leído, que La vuelta del torno contiene un todo en sí mismo y también el potencial de dar lugar a todo, porque, al parecer, todo tipo de interpretaciones, alegorías, simbolismos y exégesis pueden tener y tienen cabida en esta novella clásica de Henry James. Una zambullida en la red ya da idea de la cantidad de teorías, tesis, libros enteros que se han escrito intentando explicar qué quiso decir James cuando escribió su obra, un libro con capacidad de obsesionar hasta al más pintado, a poco que tenga una mente ligeramente analítica y en búsqueda insaciable de respuestas.

En efecto: según Google, La vuelta al torno es o puede ser, sin que el orden afecte a la importancia, un cuento de fantasmas, un cuento sobre la locura y la histeria, una alegoría en contra de la represión sexual, una alegoría sobre la homosexualidad latente de Henry James, un precursor de El exorcista, una reinterpretación y renarración de la historia bíblica del Génesis y del jardín del Edén… y paro aquí porque seguir enumerando similitudes ocuparía la mejor parte de esta reseña. Baste decir que Google es un archivo gigante de muchas cosas y también de conspiranoias, y como conspiranoia crítico-literario-filosófica podría considerarse la búsqueda de los proverbiales tres pies al gato henryjamesiano.

Personalmente, tiendo a pensar –y creo que sucede lo mismo con la mayoría de la gente– que lo sencillo suele ser casi siempre lo verdadero, aunque resulte menos sugerente y fascinante que los mundos fantásticos y enrevesados que cada uno pueda montarse en su imaginación. En este caso, lo sensato y razonable es deducir que cuando el señor James compuso esta novella, en realidad pretendía, seguramente, componer una excelente historia de fantasmas en la época victoriana. Historia de fantasmas de gran nivel literario, por cierto que sí; con muchos subtextos, también; que admite dos lecturas tan compatibles como nulamente excluyentes entre sí, por supuesto que claro que sí. Pero de ahí a afirmar que tal personaje es en realidad tal otro y que el destino final de este otro personaje no es el que está claro y meridiano que es cuando leemos el desenlace media un trecho enorme, el mismo que dista de la interpretación y la deducción a partir de textos literarios, por un lado, y la divagación que supone la total pérdida de la referencia de este texto, por el otro.

La vuelta del torno es –pasemos a hablar de lo que sí es, y no de lo que podría ser pero no es seguro que sea y probablemente no es, que es de lo que se ocupan muchos textos– una obra literaria sutil, delicada, ambigua, siniestra, muy atmosférica, exquisitamente bordada por un maestro del lenguaje a quien no siempre es fácil –qué digo; muchas veces es muy difícil– seguir por su querencia por las frases subordinadas y las frases-matrioshka, tan literarias ellas. Quizá lo que importa de La vuelta del torno es su capacidad para fascinarnos y obsesionarnos, para hacernos pensar. La vuelta del torno es, sí, una novela sobre el mal, pero no siempre vemos con claridad cuál es ese mal, cuál es su origen y cuál es su terrible esencia; la autocensura de James –propia de cualquier época salvo la presente, distinguida por su cruda obscenidad– preserva el secreto por siempre jamás y sólo nos queda adivinar. Un mal escandaloso, terrible, innombrable, que provoca despidos, muertes misteriosas sobre cuya causa se pasa de puntillas o se elude directamente, que provoca supuestas apariciones, huidas intempestivas de niños que desaparecen de sus habitaciones y aparecen mirando a la luna o a una ventana, como enajenados; un mal que hace enfermar, que hace que jóvenes gobernantas sensatas y bien educadas se vuelvan neuróticas y pierdan los papeles con la mayor facilidad del mundo porque se ven atrapadas entre ese mal y la terrible soledad de una misión en la cual han sido abandonadas.

La vuelta del torno es una obra cuya ambigüedad –magistral logro de James, no sólo en esta obra– da lugar al equívoco y a la indefinición –y a la incapacidad del lector de desentrañar esa indefinición– sobre la calidad moral de nuestros personajes, de todos los personajes. Se afirma de tal y cual que son nobles, angelicales, llenos de bondad, pero ninguno de los diálogos nos permite verlo claramente; es posible que nosotros intuyamos otro carácter, más contemporáneo, más grisáceo, pero, otra vez, tampoco tenemos pruebas que lo apuntalen. Tal otro personaje parece el típico comparsa inofensivo, sanchopancesco, pero puede que en realidad sea sibilino, hipócrita, malmetedor y cobarde. La lucidez y la valentía puede que sean tales, o quizá la bizarría es la cara que se nos quiere mostrar de una locura con visos de cordura que ejecuta la peor de las atrocidades.

Se ha escrito mucho, demasiado, sobre qué quiso decir Henry James con su novella, pero más valdría escribir sobre qué quiere decir realmente el texto; dejar a un lado las posibles implicaciones, las posibles parábolas indemostrables, y fijarnos más en la riqueza del lenguaje, en la longitud de las oraciones, en los infinitos recursos expresivos, en la finura de la caracterización, que es, quizá, una no-caracterización que pone al lector frente al retrato maestro: una hoja en blanco sólo levemente emborronada con una silueta equívoca.

Leire Kortabarria

@leiresroom

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