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Lolito

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 Lolito, de Ben Brooks

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Confieso que lo primero que me hizo acercarme al libro fue el título. Me hizo gracia. Me hizo mucha gracia. Me atrajo especialmente, aunque todavía no había decidido si leerlo o no.

Confieso que no esperaba un comienzo así:

“Lolito, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-to: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. To.

(Y lo cierto es que no lo tiene).

Confieso que leyendo la contraportada, mis dudas se disiparon, y no precisamente porque en ella se compare a Lolito con El guardián entre el centeno, no. (Es más: El guardián entre el centeno es uno de los pocos libros que he leído dos veces. La primera, de muy joven, cuando no sabía nada acerca de todo lo que rodeaba a ese libro. La segunda, porque no lo recordaba bien y quería comprobar si de veras era para tanto. No lo era. Estaba sobrevalorado y punto).

Lo que me decidió fue saber que Etgar, pues Doloros no es el nombre del trasunto de Holden Caulfield en este libro, es un quinceañero que ve documentales y videos sádicos; bebe Nesquik de fresa (¿de verdad existe eso?) y piensa como lo haría un adulto algunas veces (incluso a un nivel mayor que muchos adultos) pero también tiene actitudes y comportamientos propios de un chico de 15 años o menos, que se emborracha y se aburre mucho.

Etgar tiene una novia, Alice, pero durante los cuatro o cinco días de vacaciones de Pascua en los que transcurre la historia ella se va con su familia a Antigua y él se queda sólo en casa con Admunsen, su perro. Será entonces cuando metiéndose en Facebook descubra que Alice le ha sido infiel y, entre cabreado y aburrido, solo querrá quedarse tumbado en la cama  y navegar por los chats adultos de sexo. Adultos, sí, nada de adolescentes. Le duele Alice, pero no quiere verla más. Que te jodaannnnnnnn, Alice.

No creo que debamos ser amigos porque te he visto el coño y sería raro. Cuando se me olvide cómo es podremos ser amigos, pero a lo mejor entonces ya seremos viejos.

A partir de ese momento es cuando en el libro cobra sentido su título ya que Etgar entablará en el chat conversaciones subidas de tono con una mujer, perdida como él, con edad suficiente para ser su madre.

 Hay en todo Lolito una voz en off hablándose a sí misma, una serie de pensamientos hilados, absurdos en ocasiones,  pero muy bien expuestos y un estilo narrativo que a veces da la sensación de ser algo inconexo… pero qué va. La forma de contar lo que cuenta me he encantado. Su estilo fresco, directo, a veces dañino, a veces soez,  me ha encandilado (joder, qué cursilería, “encandilado”) .

Casi hasta el final el libro parece que no cuenta nada, que simplemente se hace una fotografía del estado general de abulia de la adolescencia de estos días ( Hattie, una amiga, ve Titanic cada tres días) y que en Lolito es más importante la forma que el mensaje. Pero resulta que además al final se monta un buen cipote. Sí señor. De los buenos, por desgracia.

Ben Brooks ha conseguido que me interese por su obra y que quiera leer todos sus libros, y, además, no desecho la idea de volver a leer en algún momento Lolito, algo que no suelo hacer y que ya dice bastante en su favor.

Muy muy recomendable.

 

 

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