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Los viajes de Daniel Ascher, de Déborah Levy-Bertherat

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¿Recuerdan haber estado tirados en la cama o en la alfombra, leyendo durante horas? ¿Recuerdan aquellos interminables volúmenes de aventuras que hacían volar la imaginación más que la televisión o la radio? Todos los escribió Daniel Roche, ¿o acaso Daniel Ascher era el protagonista de todos ellos?, y se vienen a resumir en la primera novela de Déborah Lévy-Bertherat: Los viajes de Daniel Ascher (Siruela). Un libro corto, casi esquelético (no llega a las 150 páginas) que sin embargo se convierte en un placer lector de otro tiempo para aquellos que soñaban con resolver un enigma de Los Siete Secretos o con vivir una aventura de Los Cinco.

La protagonista que nos presenta Lévy-Bertherat es la joven Hélène, que se instala en París al comenzar sus estudios de Arqueología y vive de prestado en el piso de su tío abuelo Daniel, más conocido como H.R. Sanders, viajero empedernido y famoso escritor de novelas de aventuras y misterio. Las suyas, la serie de La Marca Negra, son una mezcla entre Tintín y Agatha Christie, todo un pasadizo a geografías lejanas para niños de generaciones anteriores a la de Hélène y un objeto de culto en la Francia actual. Precisamente Guillaume, uno de los amigos que Hélène hace en la facultad, es un gran aficionado a las novelas de Sanders. Junto a él, o más bien con él como excusa, Hélène se acerca poco a poco a su tío abuelo, una figura bastante desconocida más allá de sus excéntricas anécdotas y sus viajes, y comienza a recorrer un trayecto que le llevará a descubrir no solo quién es él en realidad sino también una retahíla de secretos familiares hasta entonces ocultos. Por el camino topará con algunas aventuras, desventuras, pistas falsas y todos los elementos clásicos de las novelas para adolescentes antes de que llegaran a nuestras estanterías Crepúsculo y demás obras similares.

El poso que me ha dejado la lectura de Los viajes de Daniel Ascher ha sido precisamente ese, un aire de nostalgia. Ha regado algunos recuerdos lectores que tenía marchitos, y con ellos he regresado como por arte de magia a tiempos en los que mirábamos la localización de los países en un atlas y abríamos la enciclopedia para buscar alguna fotografía de los indios de los que hablaban nuestros héroes preferidos. Los viajes de Daniel Ascher tiene una trama sencilla, un tanto naíf, en la que Hélène va tirando del hilo de una madeja que le ha caído en las manos sin demasiada fe pero con insistencia. De igual manera, el lector, que va pasando las primeras páginas simplemente con una pizca de curiosidad, termina a mitad del libro tan atrapado que no le queda otra que continuar leyendo hasta la resolución del misterio. El libro contiene un misterio, sí, o un par de ellos, una historia de amor, un poco de drama bien dosificado y una ambientación que, como los buenos escenarios, lo envuelve todo perfectamente casi sin que nos demos cuenta. Ese es uno de los puntos fuertes que cabe anotar en el haber de la autora. Con un estilo elegante, sin recurrir a unas descripciones demasiado extensas, y sobre todo con unos secundarios maravillosos, consigue que se sienta y que se huela el París de la novela, y que nos parezca que lo estamos recorriendo de la mano de Hélène. No solamente eso, sino que también se aventura en la Auvernia y en Nueva York para hacernos sentir como los auténticos protagonistas de La Marca Negra, unos descubridores de otra época.

Además, la aparente sencillez esconde una obra bien elaborada, a la que no le falta de nada a pesar de su escasa longitud y en la que todas las piezas terminan teniendo explicación, como un puzle infantil que no por tener menos piezas deja de ser bonito para quien lo arma.

Así que creo que aquellos huérfanos de aventuras, los que quieran sentir esa punzada de nostalgia, y también quienes busquen una lectura rápida pero a la vez completa y entretenida, tienen en este Los viajes de Daniel Ascher, de Déborah Lévy-Bertherat un candidato que no les defraudará esta primavera.

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