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Musketaquid

Musketaquid

Musketaquid, de Henry David Thoreau

MusketaquidEl paisaje más bello deja de ser sublime cuando es nítido, en otras palabras, limitado, cuando la imaginación ya no tiene alicientes para exagerarlo

 

Musketaquid es el nombre que los nativos daban al río Concord y también lo es de la barca que construyeron Henry David Thoreau y su hermano para realizar un viaje por ese río y por el Merrimack, y que ejerce además de vehículo para las más variadas reflexiones sobre todo tipo de cuestiones, de la poesía a la amistad, de la historia a la filosofía, de la naturaleza a la cultura. Fue un viaje muy querido para Thoreau ya que después su hermano falleció a consecuencia de la infección de un corte que se hizo afeitándose, y este libro, además de cómo diario o cofre del tesoro de sus recuerdos tan valiosos, sirve de esbozo de las líneas maestras de lo que posteriormente constituiría su pensamiento.

Y aun así la poesía, a pesar de ser el resultado último y más refinado, es un fruto natural. Con la misma naturalidad con que el roble alberga una bellota, y la vid un racimo de uvas, el hombre alberga un poema, ya sea hablado o escrito. Se trata de éxito principal y más memorable, pues la historia no es más que un relato en prosa de acontecimientos poéticos

No aplica Thoreau a su narrativa los principios que inspiran su pensamiento, la simplicidad que propone no se refleja especialmente en su estilo y de hecho Musketaquid se vuelve más fluido cuando Thoreau habla de la naturaleza, describe lo que se va encontrando y lo hace de forma tan vívida que uno cree estar navegando por esos parajes de belleza natural extraordinaria, que es una metáfora bastante precisa de lo que supone la lectura de este libro. Así, la comunión con la naturaleza, regala al lector los momentos literarios más bellos, aunque hay otros de extraordinario interés

Los hombres no sueles fracasar por falta de conocimiento, sino porque carecen de la prudencia suficiente para dar preferencia a la sabiduría.

En su defensa de la simplicidad hay un aspecto discutible, una cierta distancia con la formación, con la educación. Parece valorar más Thoreu en Musketaquid la sensibilidad natural del hombre bueno que la percepción del hombre culto, y lo hace al tiempo que hace gala de una notable erudición, especialmente en los clásicos, lo que implica una cierta contradicción. No sé si me explico, es más fácil despreciar el martillo una vez se ha clavado el clavo. Tengo para mí que sin su formación, la visión de Thoreau sería bien distinta y si bien el retorno a la vida sencilla es un principio de gran valor, no debe serlo en detrimento de una educación lo más profunda posible.

«Pero ¿estará el Gobierno alguna vez tan bien administrado como para que nosotros, individuos privados, no escuchemos nada de él?», preguntó uno. «El rey respondió: “Necesito un hombre prudente y capaz, que pueda encargarse siempre de los asuntos de Estado de mi reino”. El visir respondió: El criterio, mi señor, de todo hombre sabio y competente es no inmiscuirse jamás en asuntos de ese tipo”»

También aparece en Musketaquid el Thoreau rebelde, el que se enfrenta a los poderes establecidos y pone en duda el papel del Estado, es decir, que todo Thoreau se dibuja en esta obra de juventud y eso la convierte en una obra de un interés extraordinario. Y si está todo Thoreau está, lógicamente, la filosofía oriental que tanto influyó en su obra, pero tengo para mí que él no quiso escribir una obra filosófica ni política sino que quiso recordar a su hermano, exorcizar mediante la escritura el dolor que le produjo su pérdida y homenajear su memoria recordando esta última aventura que vivieron juntos. Por eso tengo la sensación de que si bien todo es interesante, Thoreau siempre lo es, las páginas que hablan de la naturaleza, de la poesía, de la amistad y del amor son especialmente emocionantes.

Andrés Barrero
andres@librosyliteratura.es

 

 

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