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Nuestro común amigo

Nuestro común amigo

Nuestro común amigo, de Charles Dickens

Nuestro común amigo

Nuestro común amigo es la última obra publicada por Charles Dickens y es una de las más logradas por su compleja trama, sus memorables personajes y el ingenio desplegado por un escritor en la cima de su carrera.

A estas alturas del año dedicado a conmemorar el bicentenario del nacimiento de Charles Dickens, poco se puede añadir a todo lo ya escrito sobre el autor o su obra.  Me temo que cualquier cosa que diga va a resultar bastante poco original, así que, para no repetirme y no aburrirles, me limitaré a afirmar que Nuestro común amigo, a pesar de no ser una de las novelas más conocidas de Dickens, es tan recomendable como cualquiera de sus títulos más populares.

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Eso sí, ya que estoy aquí, me gustaría comentar un par de cosas sobre el brevísimo post scriptum con que el autor cierra la obra, pues en él realiza una serie de afirmaciones que han llamado mi atención.  Para empezar, Dickens se reconoce consciente del peligro que supone para el éxito de su obra que “parte de mis lectores y críticos se pusieran a calcular el penoso esfuerzo que me debía haber costado explicar lo casi inexplicable”.  Pero en seguida se justifica, pues para él el riesgo de haber creado un argumento en exceso complejo e inverosímil no sólo no perjudica a su creación sino que incluso le da “un cierto atrevimiento, en interés del arte”.

Orgulloso de la alambicada complicación de la trama, defiende también el autor la opción de publicar sus novelas por entregas en cuadernos mensuales, lo que obligaba a los lectores a seguir las andanzas de sus personajes durante un año y medio.  Estas dos decisiones, que ya en su época debieron ser polémicas si el autor se sintió obligado a dar explicaciones, le obligaban a adoptar una particular forma de desarrollar el argumento.  Sobre este punto podríamos extendernos en disquisiciones literarias acerca de la estructura y el estilo, pero hablando en plata, Nuestro común amigo, —como tantas novelas de Dickens— es un auténtico culebrón venezolano.

Ya oigo las voces de los devotos seguidores de Charles Dickens protestando por semejante blasfemia, pero veamos: tenemos una enrevesada historia de herederos desaparecidos, matrimonios imposibles, testamentos ocultos, injusticias flagrantes, venganzas largamente planeadas e intrigas, intrigas y más intrigas, en la que el final feliz se antoja cada vez más complicado y lejano, publicada por entregas.  Si esto no es un culebrón, entonces que alguien me explique lo que es.

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En definitiva, lo que me ha sorprendido de las explicaciones que da en el post scriptum es que Dickens se mostrara tan orgulloso precisamente de lo que, en mi humilde opinión, no es el principal atractivo de su obra.  Lo que a mí me ha mantenido literalmente pegado a sus setecientas páginas no ha sido el suspense por conocer un previsible aunque largamente demorado desenlace, sino sus personajes y los ingeniosos diálogos que mantienen.  Y es que Dickens ya había creado algunos de los personajes más memorables de la literatura, pero es precisamente en esta novela, la última que publicó, donde alcanza su mayor destreza y donde su ingenio afilado y mordaz parece mostrarse más a gusto y más seguro de sí mismo.

Desde las almas más cándidas y generosas a los corazones más negros, ruines y miserables —y son estos últimos personajes los más interesantes desde el punto de vista narrativo, como suele ser norma—, Nuestro común amigo es un interminable desfile de caricaturas descarnadas no sólo de la sociedad victoriana, sino también de todo el género humano; barqueros que se ganan la vida desvalijando los cadáveres de ahogados que pescan en el Támesis, usureros judíos de nariz afilada, nobles arruinados y basureros fabulosamente ricos, inocentes y hermosas huérfanas, advenedizos sin escrúpulos que trafican con secretos ajenos para amasar fortuna, articuladores de esqueletos, modistas enanas que cosen trajes para muñecas, borrachines, caballeros, avaros, truhanes, estafadores sin un chelín en la bolsa y estafadores que nadan en libras son sólo una pequeña muestra de la inmensa galería que aguarda al lector.

“Reginald Wilfer es un nombre de resonancias heráldicas, evocador de pergaminos empolvados, escudos de armas, vidrieras y bronces de iglesias lugareñas, porque los De Wilfer vinieron nada menos que con el Conquistador.  Pero los Wilfer de que vamos a hablar aquí eran gente humilde y hacía mucho tiempo que vivían modestamente, a través de varias generaciones, en los docks, las aduanas o los muelles, siendo el Reginald de nuestra narración nada más que un pobre oficinista.  Tan pobre era y tan corto resultaba su salario, en contraste con el número de sus hijos, que nunca había podido lograr el objeto de su ambición, consistente en poseer, todo de una vez, un traje, un sombrero y unos zapatos nuevos.  El sombrero se hallaba en un estado lamentable antes de que pudiera adquirir la levita; el pantalón comenzaba a sacar lustre antes de que pudiera tener los zapatos, y estos se ponían inservibles al comprar otro pantalón.”

Los personajes más grotescos y rocambolescos, los más… los más dickensianos, forman una brutal sátira de un sistema social injusto que Dickens se empeña en denunciar.  ¡Ay, pobre Charles!, si viviera hoy, vería con incredulidad que sus miserables usureros y sus aristócratas sin escrúpulos son hermanitas de la caridad ante los banqueros y políticos actuales.

Pero entre la nutrida nómina de personajes, hay dos que destacan por estar siempre presentes: el Támesis, paraje idílico de día y ominoso de noche, que discurre lentamente a lo largo de toda la narración, generoso y cruel como un dios antiguo y, sobre todo, el dinero, convertido en el dios moderno, al que se realizan los sacrificios más increíbles .

Con el dinero como juez absoluto y la pobreza como condena —y más que ser pobre, la vergüenza de parecerlo—, Dickens recorre infatigable hacia arriba y hacia abajo la escala social.  Nuestro común amigo es una novela llena de intrigas, aventuras y amores pero, sobre todo, es una denuncia del sistema social victoriano, del capitalismo salvaje y de una rígida estructura de clases basada únicamente en la fortuna y en su ostentación (llamada también “honor” y “respetabilidad”).  De nuevo es evidente el interés de Dickens en denunciar la crueldad y la hipocresía de la sociedad inglesa, ya que, una vez justificada su manera de escribir y publicar, es a este tema al que dedica el resto de su post scriptum.

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Pero la denuncia de Dickens no es un documento descarnado.  Él, como siempre, prefiere la sátira; la hipocresía, la mezquindad o la avaricia se digieren mejor si se sirven con diálogos llenos de ingenio y humor, de guiños y de dobles sentidos.

“—Estoy satisfecho —dijo Eugene, sentado junto a la chimenea— y ojalá que nuestro tapicero lo esté también.

—¿Y por qué no ha de estarlo? —preguntó Mortimer, sentado en el otro rincón.

—Si no conoce la cuantía de nuestra fortuna, es posible que esté completamente tranquilo.

—Le pagaremos la deuda.

—¿Crees tú? —exclamó Eugene con indolente sorpresa.

—Por mi parte intento pagar la que me corresponde —afirmó Mortimer un poco ofendido.

—Yo también.  Estate tranquilo.  Tan cierto es que pienso pagarle la mía, que pensaré en ella mientras viva.”

En fin, por mi parte no les robo más tiempo.  Tan sólo quería compartir mi sorpresa al comprobar que un autor consagrado, después de escribir una novela de setecientas páginas, se crea en la obligación de justificarse.  Uno de estos días, cuando la marea del bicentenario haya bajado y estemos menos saturados de Dickens, hablaremos sobre Nuestro común amigo, que probablemente es la obra más madura, más compleja y más elaborada de su autor.  Es una deuda que tengo con ustedes y que, como Eugene, algún día pagaré.

Javier BR
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