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Challenger

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Challenger, de Guillem López

Un lchallenger-lopezector despistado que caiga en las páginas de Challenger, de Guillem López, sin una idea previa sobre el libro, tendrá la impresión de haber aterrizado en el centro de la habitación de un niño desordenado, o más bien en medio de un desguace, que son dos ambientes que se parecen de manera sorprendente. Verá ante sus ojos y a sus pies un montón de piezas sueltas, y, si camina lo suficiente de unos restos a otros, incluso será capaz de ir emparejando algunos fragmentos entre sí. Eso será lo primero que le llame la atención, lo primero fuera de lo común que grabe en su memoria, las trayectorias coincidentes de algunos objetos. Lo siguiente en lo que reparará es en que algunos de los desechos son brillantes, muy brillantes, que podría quedarse contemplándolos una semana entera, aunque siga pensando que en el fondo no sirven, lo mismo que la basura espacial que habían dejado los visitantes de Stalker.

De repente, el despistado lector encontrará un fragmento, de los setenta y tres que componen la obra, que hará que su corazón lata un poco más rápido. Levantará la vista un momento de las páginas, buscando aire, y lo volverá a leer con calma. Y regresará de inmediato sobre las páginas que ha leído hasta aquel momento, quizá con frenesí, para mirarlas como si no las hubiera visto antes. En el imaginario desguace ese gesto equivaldrá a levantar la cabeza y darse cuenta, por fin, de que ha aterrizado en medio de los restos de un transbordador espacial, y que la basura que creía estar contemplando no es sino una complicada y cara obra de tecnología punta que, fabricada por los hombres, por un único hombre, en este caso, ha tenido el destino caduco de las estrellas.

Como soy un lector despistado, Challenger ha tenido en mí ese efecto concreto. Sigue leyendo Challenger