
Blancanieves debe morir, de Nele Neuhaus

En Altenhain, ese pueblecito idílico que ella creía aburrido y monótono, vivían monstruos despiadados, brutales, disfrazados de inocentes burgueses. ¿Les suena esa frase de Blancanieves debe morir? Desde la señorita Marple y su diminuto pueblo de Saint Mary Mead, uno de los grandes aciertos de la novela de misterio de las últimas décadas ha sido explotar el filón de los ambientes opresivos y engañosos de las comunidades pequeñas, los pueblos aparentemente idílicos donde todos-se-conocen-y-nunca-pasa-nada, pero que son en realidad bombas de relojería creadas a fuerza de muchos años, a menudo generaciones de odios enconados y encubiertos bajo la apariencia de la confianza y la buena vecindad. En este subgénero, el arte imita la vida tanto como en el subgénero más urbano, hard boiled y abiertamente violento, brutal, de la novela negra. Es un subgénero éste mucho menos cruento y mucho más suave, aunque esa suavidad suele ser la de la mano enguantada en terciopelo que vierte una dosis de cianuro en la copa de la víctima.
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