
Me deseó felices sueños, de Massimo Gramellini

Somos hijos. Desde el primer momento en el que venimos al mundo, nos une un cordón invisible, mitad sangre mitad cariño, a una persona importante en nuestras vidas: nuestra madre. Ella nos mira, nos acoge entre sus brazos y, después, según pasan los años y las arrugas del tiempo se van acentuando, nos enseña lo que es la vida, nos anima a conseguir nuestros sueños, y en un nuevo juego del tiempo, debemos despedirnos de ellas, saber decirles adiós de la misma forma que ella nos dio la bienvenida. Pero a veces, en un mundo donde no todos son alegres finales, la vida nos la quita de un plumazo, sin tiempo para poder cerrar los ojos y recordar bien su figura, su cara, sus lágrimas derramadas por nosotros. Eso es “Me deseó felices sueños”: una lágrima que había permanecido estancada, pero que ha podido, por fin, recorrer nuestra mejilla.
Massimo Gramellini siguió con su vida después de la desaparición de su madre. Pero al mismo tiempo que no ha podido avanzar, se hace preguntas que no tienen respuesta. Será entonces, en un momento de su vida, cuando descubre un secreto sobre su madre, que le habían guardado desde que era un niño, gracias al cual puede empezar a crecer y convertirse en adulto.

