
El Ruletista, de Mircea Cărtărescu

Estamos invitados a presenciar una sesión de ruleta rusa en este magnífico relato, breve e impactante como el sonido de un disparo.
No crean que exagero cuando digo que todos somos unos voyeurs. O quizá exagero un poco; todas las generalizaciones son peligrosas. Pero concédanme al menos que una buena parte de nosotros sí que lo somos. No me estoy refiriendo a que nos pasemos el día en la ventana, espiando la intimidad de la vecina (o del vecino) de enfrente, sino a nuestra fascinación por ser testigos de las vidas ajenas: desde los cotilleos de peluquería a los reality shows, desde los telediarios a las redes sociales, todo es voyeurismo.
Lo más curioso es que al pobre tipo de los prismáticos, que ejerce su condición de mirón de la forma más natural e inocente, limitándose a la parte erótica del asunto, le consideramos un pervertido, mientras que los que tratan de saberlo todo de todos son sólo curiosos, todo lo más, cotillas. ¡Ah!, y si el fisgoneo se lleva a cabo a través de un libro, entonces el chismoso es elevado a la categoría de lector: el rey de los voyeurs.
No nos engañemos, nos fascina la contemplación de las vidas ajenas, especialmente de sus miserias. No podemos quitar la vista de la televisión cuando muestra hechos luctuosos y crueles: la muerte y el sufrimiento ajenos listos para el consumo. No es de extrañar, por tanto, que pocos espectáculos posean un magnetismo tan intenso como presenciar el momento más trascendental de la vida de una persona, ese instante en que se lo juega todo y encara la muerte: la ruleta rusa.