
Creo que hoy es un buen día para preguntarme qué haría si me topara de frente con un alienígena. Está claro que no sería un bicho verde, con antenas y una sonda en la mano. Sino uno de esos que ahora están tan de moda; con aspecto de ser humano, pelo y piernas de ser humano y esas cosas pero que, por su forma de actuar, deja ver que tiene algo raro. En este caso nuestro protagonista es, además de alienígena, un friki de las matemáticas, por lo que no sabría muy bien si esa aureola de rareza vendría dada por el rollo interespacial o por sus extraños gustos. De una forma u otra, yo sabría que hay algo extraño en él y que, literalmente, no puede ser de este planeta. ¿Lo raptaría para que un laboratorio le analizara el ADN? ¿Lo expondría cual mujer barbuda en un circo de los horrores? ¿Lo vendería por Ebay? ¿Me enamoraría de él?
Es una buena cuestión que todos deberíamos plantearnos. Si me hubieran preguntado por esto antes de leer el libro y sin imaginarme un extraterrestre entrañable estilo E.T. (sino más bien esos bichos asquerosos de Mars Attacks!), hubiera dicho que la opción de analizar su ADN no me parecería tan descabellada. Ya se sabe, por el bien de la ciencia y todas esas excusas baratas que a veces ponemos para no pensar en la dudosa ética de nuestros actos. Aunque quizá sería la opción más lógica si el fin es aprender cómo ha conseguido llegar hasta nosotros. Pero por otra parte, el pobre extraterrestre acabaría muriéndose de agotamiento, pues estaría condenado a ser carne de laboratorio durante el resto de su existencia. Lo de exponerlo en un circo o venderlo por Ebay podría ser considerado como trata de personas, así que mejor lo olvidamos.




