
Me despierto poco a poco. Un rayo de luz se ha colado por mi persiana y me da de lleno en los ojos. Me levanto y atravieso el pasillo que da a la cocina. Huele a limpio, como todos los domingos. A ropa recién tendida y a friegasuelos perfumado. De fondo, el inconfundible tarareo de mi madre. En sus labios, Triana: “abre la puerta niña, que el día va a comenzar, se marchan todos los sueños, qué pena de despertar”. Yo tendría nueve años y no tenía ni idea de quién era Triana, pero sabía que a mi madre le apasionaba esa canción. Una de sus favoritas, dirá si le preguntas. Lo que no deja de ser gracioso, porque el resto de música que se ha escuchado en mi casa ha tenido un registro más a lo Queen o Supertrump. Pero esa canción… tenía algo. Tiene algo, mejor dicho, que yo todavía no he sido capaz de descifrar.
A Lola le pasará algo parecido. Una psicóloga atascada en su tesis doctoral que hallará en el bar de Pedro una vía de escape. Sin saber siquiera que necesita huir de su rutina, conocerá a unos personajes que le darán un nuevo punto de vista desde el que mirar no solo su tesis, sino el mundo entero. A pesar de que Lola es muy joven, sus nuevas amistades, ancladas nostálgicamente en los años setenta, la acompañarán a la etapa de la transición, cuando el Betis cruzó las dos Alemanias y cuando Andalucía quiso convertirse en una autonomía. Porque, dato importante, esta novela transcurre en una Sevilla profunda. Una Sevilla de tapete, curritos, Macarenas y sevillanas puestas encima de los televisores. Una Sevilla melancólica que no olvida las manifestaciones de los comunistas por sus calles. Una Sevilla que lleva el espíritu del “manquepierda” cincelado en sus adoquines.
Reyes Aguilar Caro consigue transportarnos a ese bar de Pedro, en el que encontraremos a camareros hechos a la vieja usanza, con patillas inmensas y raya a la izquierda, que limpian constantemente una encimera de acero pulido por las monedas y el paso del tiempo. Descubriremos calles andaluzas llenas de azulejos donde todo el mundo recuerda a un joven Silvio y a un grupo de sevillanos que se atrevieron a cantar en inglés. Y conoceremos a Pachi, una vieja gloria que arrancó notas a su guitarra Esmeralda junto a los más grandes. Pachi, y sus ojos donde a Lola le deleita perderse de vez en cuando (más de lo que a ella le gustaría), le enseñarán a esta joven todo aquello que no ha podido aprender con sus libros. Le mostrarán que existió una época donde la revolución se hacía a través de una guitarra y una voz rasgada; una época donde el inconformismo tenía letra de canción.
Una vez estuve en Sevilla, hace mucho tiempo. Me acuerdo de la Giralda, la Torre del Oro y del Guadalquivir iluminado por las luces sevillanas; pero era demasiado pequeña como para apreciar las tabernas. Aunque El blues de la perplejidad ha hecho que a mi memoria vinieran restos de imágenes y sonidos de aquel viaje. Migajas de canciones y palmas que se oían por todos los rincones; también el olor avinagrado de las tascas donde íbamos a comer, sobre todo jamón. Este libro ha hecho que me transportara, que volviera a escuchar a mi madre tarareando insistentemente a Triana, que volviera a verme paseando por las calles de Sevilla. Los personajes que viven en este libro no solo harán que Lola aprenda que existió un mundo inmenso antes de que ella naciera; sino que todos los que lo leamos nos quedaremos con un trocito de la historia sevillana en nuestras mentes. Pachi se convertirá en nuestro gurú de la música, que será capaz de explicarnos las relaciones existentes entre Lole y Manuel y Led Zeppelin; por imposible que parezca. Hablando de recuerdos, todavía me viene a la memoria cuando tenía unos catorce años y yo no sabía absolutamente nada de la historia de la música. Hasta que conocí a mi propio gurú, que tuvo la paciencia de ir mostrándome, canción a canción, cómo cambió el mundo gracias a unos cuantos rasgueos de guitarra.
Y es que todos necesitamos a alguien que nos enseñe eso que no está en los libros. Alguien que se haya educado en la escuela de la vida, como se suele decir, y que sea capaz de despertar en nosotros una curiosidad que estaba latente en nuestro interior. Nunca he sido muy aficionada del flamenco, soy una completa ignorante en el tema. Pero ir escuchando las canciones que se mencionan en El blues de la perplejidad a la vez que leía el libro ha hecho despertar en mí esa curiosidad de la que hablaba. Así que, sin más, voy a hacer como Lola y voy a dejarme transportar por los acordes de Triana.

Alaska es un Estado lejano, salvaje, frío, explorado por pocos y soñado por muchos. Así es también Alaska Young, una de nuestras protagonistas. Una chica misteriosa, rebelde, que se lleva más de una mirada de curiosidad cuando pasa al lado de un grupo de personas. Alaska es inconformista, extraña, un poco inmadura y un mucho sinvergüenza. Todo lo contrario que Miles, un chico normal y corriente, del montón, que lo único que tiene de extraordinario es que puede recitar las últimas frases dichas por los famosos antes de morir.
¿Alguna vez os habéis preguntado qué son las palabras? Están ahí, se dedican a existir, pero muy poca gente se plantea de dónde han salido o por qué las utilizamos. Podríamos pensar que ni si quiera son importantes: cuando vamos a un país extranjero cuyo idioma desconocemos, podemos llegar a comunicarnos mediante gestos exagerados (acompañados muchas veces por tonos de voz de unos cuarenta decibelios). No sería tan complicado tener una conversación mediante gestos, sin usar ni una sola palabra. De no existir estas, confeccionaríamos un lenguaje mudo que sería conocido universalmente y que nos permitiría pedir un café sin articular un solo fonema. Pero entonces… no existiría la literatura. No podríamos disfrutar de la ironía, ni de los dobles sentidos. No podríamos leer, ni escribir. Ni si quiera nuestras ciudades tendrían nombres, solo serían un gesto.
La verdad: nunca he sido muy de poesía. Hace algunos años tuve una racha en la que no podía parar de leer a Poe y a Salinas; incluso llegué a memorizar algunos de los versos que más me gustaban. Pero después, nada. Fue una racha fugaz y pasajera, que pasó sin que me diera casi ni cuenta. Hasta que llegó a mis manos Cartas a ninguna parte. Y, para ser sincera, no fue como resultado de mis ganas de volver a sumergirme en la poesía: me tocó en un concurso de Internet. Envié un verso y al poco me llegaba este ejemplar, con una dedicatoria inspiradora y lleno de ilustraciones maravillosas de Elena Pancorbo a la altura de las palabras.
Imagina que ganas una casa de un millón de dólares. Imagina que tiene todo lo que has deseado, incluso una piscina infinita —que es una de esas que, gracias a su corriente continua, te permite nadar sin moverte del sitio—. Imagina que antes de que te tocara no tuvieras un sitio donde vivir, que ahora es cuando vas a poder tener un lugar donde pasar las noches. Imagina que todo es perfecto, pero cuando llegas a tu maravillosa casa… te enteras de que ha habido un error y hay otra persona que ha ganado la misma casa que tú.
Aunque la situación actual de la mujer trabajadora no es ni comparable a la que existía hace unos treinta años, las mujeres todavía tenemos que luchar para demostrar que valemos lo mismo que los hombres. Podemos trabajar, podemos conducir, mantener económicamente a la familia, viajar o pedir comida en un restaurante sin necesidad de que un hombre interceda por nosotras. Pero todavía hay mucho trabajo por hacer. En España, más o menos el veinticinco por ciento de los puestos directivos son ostentados por mujeres. Todavía cobramos menos que los hombres, por hacer el mismo trabajo. Y todavía se tienen prejuicios en cuanto a nuestro físico a la hora de seleccionarnos para un puesto laboral.










