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El blues de la perplejidad, de Reyes Aguilar Caro

El blues de la perplejidad

El blues de la perplejidadMe despierto poco a poco. Un rayo de luz se ha colado por mi persiana y me da de lleno en los ojos. Me levanto y atravieso el pasillo que da a la cocina. Huele a limpio, como todos los domingos. A ropa recién tendida y a friegasuelos perfumado. De fondo, el inconfundible tarareo de mi madre. En sus labios, Triana: “abre la puerta niña, que el día va a comenzar, se marchan todos los sueños, qué pena de despertar”. Yo tendría nueve años y no tenía ni idea de quién era Triana, pero sabía que a mi madre le apasionaba esa canción. Una de sus favoritas, dirá si le preguntas. Lo que no deja de ser gracioso, porque el resto de música que se ha escuchado en mi casa ha tenido un registro más a lo Queen o Supertrump. Pero esa canción… tenía algo. Tiene algo, mejor dicho, que yo todavía no he sido capaz de descifrar.

A Lola le pasará algo parecido. Una psicóloga atascada en su tesis doctoral que hallará en el bar de Pedro una vía de escape. Sin saber siquiera que necesita huir de su rutina, conocerá a unos personajes que le darán un nuevo punto de vista desde el que mirar no solo su tesis, sino el mundo entero. A pesar de que Lola es muy joven, sus nuevas amistades, ancladas nostálgicamente en los años setenta, la acompañarán a la etapa de la transición, cuando el Betis cruzó las dos Alemanias y cuando Andalucía quiso convertirse en una autonomía. Porque, dato importante, esta novela transcurre en una Sevilla profunda. Una Sevilla de tapete, curritos, Macarenas y sevillanas puestas encima de los televisores. Una Sevilla melancólica que no olvida las manifestaciones de los comunistas por sus calles. Una Sevilla que lleva el espíritu del “manquepierda” cincelado en sus adoquines.

Reyes Aguilar Caro consigue transportarnos a ese bar de Pedro, en el que encontraremos a camareros hechos a la vieja usanza, con patillas inmensas y raya a la izquierda, que limpian constantemente una encimera de acero pulido por las monedas y el paso del tiempo. Descubriremos calles andaluzas llenas de azulejos donde todo el mundo recuerda a un joven Silvio  y a un grupo de sevillanos que se atrevieron a cantar en inglés. Y conoceremos a Pachi, una vieja gloria que arrancó notas a su guitarra Esmeralda junto a los más grandes. Pachi, y sus ojos donde a Lola le deleita perderse de vez en cuando (más de lo que a ella le gustaría), le enseñarán a esta joven todo aquello que no ha podido aprender con sus libros. Le mostrarán que existió una época donde la revolución se hacía a través de una guitarra y una voz rasgada; una época donde el inconformismo tenía letra de canción.

Una vez estuve en Sevilla, hace mucho tiempo. Me acuerdo de la Giralda, la Torre del Oro y del Guadalquivir iluminado por las luces sevillanas; pero era demasiado pequeña como para apreciar las tabernas. Aunque El blues de la perplejidad ha hecho que a mi memoria vinieran restos de imágenes y sonidos de aquel viaje. Migajas de canciones y palmas que se oían por todos los rincones; también el olor avinagrado de las tascas donde íbamos a comer, sobre todo jamón. Este libro ha hecho que me transportara, que volviera a escuchar a mi madre tarareando insistentemente a Triana, que volviera a verme paseando por las calles de Sevilla. Los personajes que viven en este libro no solo harán que Lola aprenda que existió un mundo inmenso antes de que ella naciera; sino que todos los que lo leamos nos quedaremos con un trocito de la historia sevillana en nuestras mentes. Pachi se convertirá en nuestro gurú de la música, que será capaz de explicarnos las relaciones existentes entre Lole y Manuel y Led Zeppelin; por imposible que parezca. Hablando de recuerdos, todavía me viene a la memoria cuando tenía unos catorce años y yo no sabía absolutamente nada de la historia de la música. Hasta que conocí a mi propio gurú, que tuvo la paciencia de ir mostrándome, canción a canción, cómo cambió el mundo gracias a unos cuantos rasgueos de guitarra.

Y es que todos necesitamos a alguien que nos enseñe eso que no está en los libros. Alguien que se haya educado en la escuela de la vida, como se suele decir, y que sea capaz de despertar en nosotros una curiosidad que estaba latente en nuestro interior. Nunca he sido muy aficionada del flamenco, soy una completa ignorante en el tema. Pero ir escuchando las canciones que se mencionan en El blues de la perplejidad a la vez que leía el libro ha hecho despertar en mí esa curiosidad de la que hablaba. Así que, sin más, voy a hacer como Lola y voy a dejarme transportar por los acordes de Triana.

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Buscando a Alaska, de John Green

Buscando a Alaska

Buscando a AlaskaAlaska es un Estado lejano, salvaje, frío, explorado por pocos y soñado por muchos. Así es también Alaska Young, una de nuestras protagonistas. Una chica misteriosa, rebelde, que se lleva más de una mirada de curiosidad cuando pasa al lado de un grupo de personas. Alaska es inconformista, extraña, un poco inmadura y un mucho sinvergüenza. Todo lo contrario que Miles, un chico normal y corriente, del montón, que lo único que tiene de extraordinario es que puede recitar las últimas frases dichas por los famosos antes de morir.

Por una serie de motivos, Miles acabará en Culver Creek, un internado que tiene la ventaja de estar muy lejos de su familia y donde conocerá a quienes serán sus mejores amigos para lo que le queda de existencia. Allí también descubrirá a Alaska Young. Cada vez que la ve, todas sus entrañas se remueven. No puede dejar de pensar en ella; quién es, cuál es su historia; por qué parece que tiene un halo de misterio a su alrededor. Pero muchas de estas preguntas jamás obtendrán respuesta. Miles intentará contestarlas por todos los medios, pero verá que, sin Alaska a su lado para resolver las incógnitas, en su cabeza no habrá más que suposiciones.

Quien me conozca sabrá que me encanta la ironía. Quizá sea una forma de quitarle hierro a las situaciones más difíciles —aunque la procesión vaya por dentro—. Por eso no pierdo la oportunidad de leer a John Green. Este autor nacido en Indianápolis, tiene la capacidad de, sin llegar a frivolizar, encontrar el humor hasta en las situaciones más duras de la vida. Esto ya lo pudimos ver en algunas de sus otras novelas, pero sobre todo, en Bajo la misma estrella. Juega con circunstancias dramáticas y hace de ellas historias divertidas. Lo confieso, aunque en ciertos momentos haya llorado con sus novelas (más de lo que jamás reconoceré), lo que más he hecho ha sido reír. Con su humor, su sarcasmo y su ironía, consigo ver el lado bueno de las cosas, aunque estemos hablando de situaciones tan arduas como la de un adolescente con cáncer. En esta historia, demos gracias, no encontraremos a un chico de dieciséis años enfermo. Pero sí encontraremos algo que nos tendrá con el aliento contenido durante capítulos.

El libro se divide en dos partes: el antes y el después del terremoto Alaska Young. Hay una clara diferencia entre el ritmo de una parte respecto al de la otra. Al principio, todo es humor, risa, juegos; luego sucede algo que no podríamos ni imaginar y la historia se tiñe de sombras y de encogimientos involuntarios del corazón. Suena a tópico decir que este libro nos enseñará el valor de la amistad, pero ¿y si fuera cierto? ¿y si después de leerlo nuestros pensamientos acerca de la amistad hubieran cambiado por completo? Buscando a Alaska es además una oda al valor, a la iniciativa, a la insistencia por conocerse de verdad. A la osadía de creer en uno mismo y en la fuerza de los deseos. También es una historia de crecimiento personal, en la que Miles lidiará con la muerte e intentará buscar un sentido a su existencia.

De este libro saco dos conclusiones, que voy a enumerar al estilo John Green:

Una: Miles nunca se dio cuenta de que, igual que toda la gente famosa cuyas biografías leía hasta la saciedad, él también tendría una última frase. Un último suspiro antes de que la muerte dejara caer su guadaña. Al fin y al cabo, todos la tendremos tarde o temprano. Pero como bien decía Alaska Young, que para lo de la frases intensas era una experta, imaginar el futuro es una especie de nostalgia.

Dos: Así que, mientras ese día llega, yo estaré encantada de seguir leyendo novelas de John Green y de descubrirme con una sonrisa en la cara, hasta con las historias más tristes.

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Pinceladas de Harmonía, de José Luis Fernández Juan

Pinceladas de Harmonía

Pinceladas de Harmonía¿Alguna vez os habéis preguntado qué son las palabras? Están ahí, se dedican a existir, pero muy poca gente se plantea de dónde han salido o por qué las utilizamos. Podríamos pensar que ni si quiera son importantes: cuando vamos a un país extranjero cuyo idioma desconocemos, podemos llegar a comunicarnos mediante gestos exagerados (acompañados muchas veces por tonos de voz de unos cuarenta decibelios). No sería tan complicado tener una conversación mediante gestos, sin usar ni una sola palabra. De no existir estas, confeccionaríamos un lenguaje mudo que sería conocido universalmente y que nos permitiría pedir un café sin articular un solo fonema. Pero entonces… no existiría la literatura. No podríamos disfrutar de la ironía, ni de los dobles sentidos. No podríamos leer, ni escribir. Ni si quiera nuestras ciudades tendrían nombres, solo serían un gesto.

Dicen que el español está compuesto por unas trescientas mil palabras y que de media solo hacemos uso del cero coma diez por ciento de ellas. Es decir, una persona española usa normalmente unas trescientas palabras. También dicen que alguien normal supera las diez mil palabras en su vocabulario pasivo, que es el que está compuesto por palabras que conocemos pero que no usamos casi nunca. Las personas consideradas cultas suben la media y usan unas quinientas palabras habitualmente. Mientras que los periodistas usan unas tres mil (o, al menos, deberían). Y, hablando de números, en las obras de Cervantes han llegado a registrarse unas ocho mi palabras. Sin embargo, con la llegada de los móviles, nuestro vocabulario se ha reducido drásticamente. Los SMS nos obligaban a condensar los mensajes en muy pocas palabras, omitiendo letras hasta el punto de que las vocales desaparecían y no eran necesarias para entender el mensaje. Ahora, whatsapp, con sus caracteres ilimitados nos ha dado una tregua y parece que la gente se anima a volver a escribir “normal”. Pero aún queda un largo recorrido por hacer.

No es raro usar diferentes registros dependiendo de con quién estemos hablando. Usamos palabras más o menos cultas en función de la situación en la que estemos. Pero José Luis Fernández Juan rompe con esta teoría y nos demuestra en Pinceladas de Harmonía que siempre es necesario hacer uso del lenguaje tan rico que tenemos. No voy a mentir, he tenido que leer el libro con un diccionario al lado. Muchas palabras no las conocía por la edad que tengo y otras muchas por incultura; pero gracias a él, ya sé lo que significa “epiceno1”. Estoy deseando tener alguna conversación en la que pueda meter disimuladamente esta palabra.

Harmonía es un lugar en el que la gente vive, valga la redundancia, harmoniosamente. Cada uno tiene su labor, su meta. Pero lo mejor es que todos aprenden de todos. Está Lucía la cocinera, Daristóbulo el cuentacuentos o Régulo el carpintero. Todos, descritos en una pincelada, tienen el objetivo de que Harmonía sea un lugar idílico donde vivir, donde las palabras más rebuscadas sean las necesarias para delinear el entorno. Es un libro lleno de luz y de ironía, que juega con los sinónimos y los vocablos, haciéndonos pensar en la belleza de nuestro idioma y de lo afortunados que somos de poder experimentar con él.

Y, aunque este magnífico opúsculo 2 se haga lacónico 3 en nuestras manos, no es asunto baladí 4 el que contienen sus páginas. Trata la viveza de nuestro lenguaje, resucitando vocablos ya postergados 5; demostrando que es factible hacer nacer fuego de las pavesas 6. No sé si los celícolas 7 alcanzarán a observar un arcoíris en blanco y negro —como se propone la pintora de Harmonía—, pero podrán ser testigos de la singularidad y extravagancia de este pequeño pueblo, donde la meta es olvidar los cordojos del corazón y donde lo preponderante es la dicha y la hilaridad. Por eso, sin más explanación por mi parte, he de ensalzar con creces esta obra, que ha conseguido hacer renacer en mí la expectación por la semasiología 9 de este idioma nuestro tan feraz 10, que deberíamos aprender a exprimir sin demora. Y, si en algún momento de este último párrafo habéis tenido la curiosidad de hojear el diccionario, deberéis sumergiros sin más tardanza en el mundo de Harmonía, donde aprenderéis que las palabras significan mucho más de lo que imagináis.

  1. Epiceno: adj. Gram. Dicho de un nombre animado: que, con un solo género gramatical, puede designar seres de uno y otro sexo; p. ej., bebé, lince, pantera. Del lat. epicoenus, y este del gr. ἐπίκοινος epíkoinos;literalmente ‘común’. Volver al texto
  1. Opúsculo: m. Obra científica o literaria de poca extensión. Del lat. Opuscŭlum, dim. de opus ‘obra’. Volver al texto
  1. Lacónico: adj. Breve, conciso, compendioso. Del lat. Laconĭcus, y este del gr. Λακωνικός Lakōnikós. Volver al texto
  1. Baladí: adj. De poca importancia. Del ár. hisp. baladí, y este del ár. clás. baladī‘del país’. Volver al texto
  1. Postergar: tr. Hacer sufrir atraso, dejar atrasado algo, ya sea respecto del lugar que debe ocupar, ya del tiempo en que había de tener su efecto. Del lat. mediev. Postergare, der. del lat. post tergum ‘detrás de la espalda’. Volver al texto
  1. Pavesa: f. Partecilla ligera que salta de una materia inflamada y acaba por convertirse en ceniza. Del lat. vulg. pulvisia y este der. del lat. pulvis ‘polvo’. Volver al texto
  1. Celícola: m. Habitante del cielo. Del lat. caelicŏla,de caelum‘cielo’ y -cŏla ‘‒́cola’. Volver al texto
  1. Cordojo: m. desus. Congoja, aflicción grande. Del lat. cordolium ‘dolor de corazón’. Volver al texto
  1. Semasiología: f. Estudio semántico que parte del signo y de sus relaciones, para llegar a la determinación del concepto. Del gr. σημασία sēmasía‘significación’ y -logía. Volver al texto
  1. Feraz: adj. Fértil, copioso de frutos. Del lat. ferax, -ācis. Volver al texto
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Cartas a ninguna parte, de Ane Santiago

Cartas a ninguna parte

Cartas a ninguna parteLa verdad: nunca he sido muy de poesía. Hace algunos años tuve una racha en la que no podía parar de leer a Poe y a Salinas; incluso llegué a memorizar algunos de los versos que más me gustaban. Pero después, nada. Fue una racha fugaz y pasajera, que pasó sin que me diera casi ni cuenta. Hasta que llegó a mis manos Cartas a ninguna parte. Y, para ser sincera, no fue como resultado de mis ganas de volver a sumergirme en la poesía: me tocó en un concurso de Internet. Envié un verso y al poco me llegaba este ejemplar, con una dedicatoria inspiradora y lleno de ilustraciones maravillosas de Elena Pancorbo a la altura de las palabras.

Yo necesité de una casualidad para volver a leer poesía; quizá no lo hice antes porque es una cosa que ya no se lleva. Ojalá la poesía volviera a estar de moda. Ojalá nos diera más a menudo por meternos en los pensamientos más primarios y profundos de los poetas. Por ver el mundo con sus ojos. Siempre es bueno mirar el mundo desde otros ojos; y mucho mejor si se trata de los de un poeta, porque, digan lo que digan, ellos ven lo que les rodea de una manera diferente a la de los demás humanos. Son capaces de destripar las cosas hasta dejarlas en su estado natural: quitan maquillaje, capas, máscaras, ilusiones. Y lo reducen todo a su verdad. Si por un día, aunque fuera uno solo, mirásemos con ojos de poeta, jamás volveríamos a ser los mismos. Porque algo del mundo que se ve desde esa perspectiva se quedaría en nuestro interior para siempre. Después sentiríamos la necesidad irrefrenable de contarlo, de dibujar nuestros sentimientos mediante palabras; de describir lo indescriptible.

Ojalá existieran más poetas. Personas sin miedo a expresar lo que sienten y, además, hacerlo bonito. Porque da igual lo que nos estén diciendo esas palabras; sonarán bellas en la boca del que las recite y moverán sentimientos en las mentes de quien las oiga. Sentimientos que quizás el receptor ni sabía que existían. Por eso es importante leer poesía, para llegar a conocernos de verdad.

Ojalá más personas como Ane Santiago desnudaran su alma, cogieran un bolígrafo y la tatuaran en un trozo de papel; porque Ane se desnuda en las páginas de este poemario. Yo soy de las que piensan que si la poesía sirve para algo, es para desnudarse. Te permite decirlo todo, sin excepciones; todo está permitido. Palabras de desahogo, de enfado, de pasión, de esperanza. Se mezclan desde el principio hasta el final, hasta conseguir que el poeta deje sus entrañas plasmadas en el papel. A veces son solo ideas pasajeras, otras veces son obsesiones que no se van ni arañándolas. Como ella misma dice, la poesía es lo que pasa cuando la vida ya no sabe. Ojalá, gracias a libros como este, personas como yo, se dieran cuenta de que necesitan leer más poesía. No solo porque la poesía es hermosa, sino por todo lo que nos puede enseñar.

De este libro he aprendido que escoger siempre significa renunciar. Que debo amar absolutamente todo de mí y que tengo que dejar que otros me amen también. Que siempre, siempre, las cosas son más sencillas de lo que parecen en mi cabeza. Que todos tenemos tormentas internas o incendios provocados. Que debo buscar a las personas que tengan complejo de galaxia y que contengan un universo. Que sería una buena idea enamorarme de ellas. Que, a veces, un laberinto es mejor regalo que una línea recta. Y que al mundo le falta cariño y a mí me sobran brazos.

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Las chicas de la buena suerte, de Kelly Harms

Las chicas de la buena suerte

Las chicas de la buena suerteImagina que ganas una casa de un millón de dólares. Imagina que tiene todo lo que has deseado, incluso una piscina infinita —que es una de esas que, gracias a su corriente continua, te permite nadar sin moverte del sitio—. Imagina que antes de que te tocara no tuvieras un sitio donde vivir, que ahora es cuando vas a poder tener un lugar donde pasar las noches. Imagina que todo es perfecto, pero cuando llegas a tu maravillosa casa… te enteras de que ha habido un error y hay otra persona que ha ganado la misma casa que tú.

Así empieza Las chicas de la buena suerte. Solo se me ocurre una palabra que pueda definir esta novela: optimismo. Optimismo es lo que he sentido en cada una de las páginas que iba leyendo. Como os imaginaréis, la historia tiene dos protagonistas: las dos mujeres que ganan la casa. Se llaman igual, de ahí que las dos hayan resultado ganadoras; pero lo cierto es que no pueden ser más diferentes. Una es una sarcástica superviviente, una chica que tras tener que vivir en casas de acogida aprendió que, por muy difícil que sea salir adelante, todo se lleva mejor si se tiene humor. La otra, soñadora y con una vida idílica totalmente planeada, ve cómo su futuro se desmorona y no puede más que construirse un caparazón para aislarse del mundo. Esta última, por suerte, tiene a su lado a su tía abuela Midge, una carismática anciana que hará las veces de hada madrina y que intentará guiarla para que salga de la cueva en que se ha convertido su vida.

Aunque no sea muy aficionada a las novelas de verano, como últimamente he visto que llaman a las historias frescas y sin complicaciones, perfectas para un día de playa, yo me he enamorado de esta novela. Kelly Harms ha hecho que me encariñara con sus personajes y con lo que me ha hecho sentir mientras la leía. He sentido que todo era posible; que no importa cuáles sean los obstáculos que la vida quiera ponernos, que al final uno obtiene lo que se merece. Obviamente no hablo de una casa de un millón de dólares —que no estaría mal—, sino que hay cosas mucho más importantes, aunque suene a tópico. Cosas que descubriremos a medida que leamos el libro; no seré yo quien destroce la historia.

Aviso a navegantes: ni se os ocurra leer esta novela con hambre. Una de las protagonistas cocina maravillosamente bien; tanto, que hasta te llega el olor de la comida a través de las páginas. Así que, o la cogéis con el estómago bien lleno, o más vale que en la nevera os esté esperando un delicioso pastel de chocolate con cerezas. No apto para personas a dieta, sin duda.

Lo terminé de leer ayer y ya se lo he recomendado a cuatro personas. Y lo he hecho sin miedo, sin reparos. Que yo estuviera ávida de una novela de este tipo, que contuviese ese optimismo que mencionaba al principio, quizá sea la razón por la que he sentido una conexión especial con sus protagonistas. No sé si algún día ganaré una casa de un millón de dólares; no sé si en algún momento de mi vida tendré una piscina infinita —con la que voy a soñar más de una noche—, pero lo que sí sé es que cada vez que piense en esta novela me va a venir una sonrisa a la cara. Porque es una historia a la que he cogido cariño. Siempre he oído eso de que para cada momento de la vida hay una novela; pues esta ha venido en el momento perfecto.

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Solo esta noche, de Simona Ahrnstedt

Solo esta noche

Solo esta nocheAunque la situación actual de la mujer trabajadora no es ni comparable a la que existía hace unos treinta años, las mujeres todavía tenemos que luchar para demostrar que valemos lo mismo que los hombres. Podemos trabajar, podemos conducir, mantener económicamente a la familia, viajar o pedir comida en un restaurante sin necesidad de que un hombre interceda por nosotras. Pero todavía hay mucho trabajo por hacer. En España, más o menos el veinticinco por ciento de los puestos directivos son ostentados por mujeres. Todavía cobramos menos que los hombres, por hacer el mismo trabajo. Y todavía se tienen prejuicios en cuanto a nuestro físico a la hora de seleccionarnos para un puesto laboral.

Sinceramente, no tengo ni idea de si esto pasa igual en Suecia o no, que es donde vive nuestra protagonista, Natalia de la Grip. Una chica nacida en una familia pudiente que tiene una de las empresas más importantes de toda Suecia. Natalia tiene que lidiar con una familia que piensa que las mujeres están mejor en casa cocinando y cuidando de los niños. Aun así, ella quiere demostrar que puede ser un as de las finanzas y que puede llevar ella solita una empresa. Pero todo cambia radicalmente cuando se cruza en su camino David Hammar, el mayor rival de su padre en el mundo bursátil. Sin que Natalia pueda hacer nada por remediarlo y, contra todo pronóstico, se enamora perdidamente de él. Su vida, su orgullo, sus ambiciones y sus metas se verán sacudidos por ese hombre que la mira como si no existiera ninguna otra mujer en el mundo.

Solo esta noche sigue la tónica de esta reseña: empieza con una gran crítica a la sociedad al relatar todas las dificultades que tiene Natalia para demostrar que vale más que sus hermanos varones. Y poco a poco va transformándose en una historia de amor en la que tendrá que enfrentarse a su familia y luchar por sus deseos.

He escuchado muchas veces eso de que las mujeres no necesitan un hombre a su lado para poder tener éxito. Y conozco a unas cuantas que piensan que es un requisito indispensable el estar sola para poder crecer profesionalmente, que una no puede desarrollarse si hay un hombre cerca que la oprima. Simona Ahrnstedt analiza esta situación tomando como protagonista a una de estas mujeres. ¿Qué le pasará cuando el amor de su vida se le ponga delante? ¿Seguirá pensando que debe estar sola para poder alcanzar sus metas? ¿Comprenderá que ese resultado solo depende de sus ganas de conseguirlo?

Soy muy consciente de que el camino que tiene que recorrer un hombre para alcanzar sus metas profesionales tiene menos obstáculos que los que se podría encontrar una mujer. Sin ir más lejos, ellos no necesitan cogerse bajas por embarazo; no necesitan permisos para ir a amamantar a sus bebés. También es importante el matiz de que los baremos con los que se mide el éxito son típicamente masculinos, como la agresividad  o la autoridad; mientras que los valores que caracterizan a las mujeres, como la negociación o la eficacia, en un mundo de hombres sigue siendo un signo de debilidad. Todo esto hablando a grandes rasgos y sin generalizar, por supuesto. Pero poco a poco las mujeres estamos demostrando que valemos lo mismo que los hombres. Sin importar que estemos solas o con uno a nuestro lado. Precisamente por eso, creo que Natalia se enamora de David. David, aunque ahora es uno de los millonarios más influyentes de Suecia, lo ha conseguido todo gracias a él mismo. Nacido en una familia humilde, abrazó las becas que le dieron la oportunidad de poder llegar donde está hoy. Le enseña a Natalia que los prejuicios deben quedarse en los años cincuenta. Que hoy, todo vale. Que da igual que seas mujer, hombre, flaco, gordo, negro o blanco: si te propones triunfar y trabajas duro, podrás conseguirlo.

Es curioso, porque había leído muchas novelas suecas, pero absolutamente todas eran novelas negras. Jamás había leído una historia romántica de un autor escandinavo. Pero está claro que los suecos y, en este caso, las mujeres suecas, también saben qué es el amor. Cosa que me alivia bastante, ya que empezaba a preocuparme por tanto afán por los crímenes. Así que, nada mejor que dejarse llevar por Simona Ahrnstedt a un paraje frío como el hielo y ver cómo se va derritiendo poco a poco gracias a Natalia y David.

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Humanoffon, de Andy Stalman

Humanoffon

HumanoffonNo sé cuántas veces habré mirado hoy el móvil. Segurísimo que más de cincuenta, y solo son las tres de la tarde. Le doy al botón de inicio, aunque solo sea para mirar si alguien me ha escrito un whatsapp o si tengo algún comentario en Facebook. No espero que nadie me escriba, no he iniciado ninguna conversación, pero igual alguien se acuerda de mí y decide mandarme un mensaje. Por la mañana subí una foto a Instagram, ya tiene veinte “me gusta”; está dentro del promedio, va bien la cosa. Sin embargo, anoche puse un tweet, pero ese no ha tenido éxito, nadie lo ha retwiteado. Tampoco es que me vaya a morir por ello, pero la verdad es que era un tweet muy bueno. No puedo creerme que de las casi cuatrocientas personas que me siguen, a nadie le haya hecho gracia…

Antes de leer Humanoffon navegaba por las redes sociales sin ser consciente de lo que hacía. Ahora me he dado cuenta de que lo primero que hago todas las mañanas es revisar mi móvil. Desayuno mientras repaso las noticias en él, lo uso para leer cuando voy en el autobús, me sumerjo en Facebook cuando no me interesa la charla que están teniendo los demás. Como si mi móvil pudiera ofrecerme alguna sensación mejor que todo lo que me rodea; como si fuera la vía de escape perfecta. No sé cuánto tiempo paso comprobando el correo electrónico, pero quizá una media hora diaria. Media hora que podría haber aprovechado para hacer otra cosa… ¿pero el qué?

Yo fui de la época de las videoconsolas y, además, soy hija única. Lo de las relaciones sociales me tiene que costar a la fuerza. Pero la vida me lo ha puesto más fácil con las redes sociales. En Facebook tengo exactamente trescientos veinticuatro amigos. No está mal. Observo cómo les va la vida, sus éxitos. Éxitos de gente a la que hace más de seis años que no veo y que, la verdad, tampoco me muero por ver. A veces me cruzo a esas personas por la calle; ni nos saludamos. Pero les va bien. Uno está viviendo en Londres, otra ha tenido una niña preciosa, otra está en una empresa de alta categoría, otro se ha casado recientemente… pero lo que no dicen es que el de Londres está malviviendo con un sueldo precario, la de la niña lleva tres meses sin dormir, la de la empresa es una becaria que solo lleva el café y el feliz marido tiene más cuernos que un miura. Pero esas cosas no se cuentan en una red social, solo se cuenta lo bueno. Para que los que vemos esas publicaciones miremos a nuestro alrededor y pensemos lo desafortunados que somos. Se puede definir con una gran frase de Indira Ghandi: “el mundo te exige resultados. No les cuentes a otros tus dolores del parto… muéstrales al niño”

Y no es solo una competición para ver quién acumula más éxitos. Instagram se convierte en el nuevo catálogo de moda. Chicas como yo, normales y corrientes, haciendo publicidad de productos que saben que no valen para nada, pero que te hacen desearlos. Seguro que si me compro la agenda que todas tienen, seré mejor estudiante. Seguro que si me compro un palo-selfie voy a parecer más feliz en las fotos. Me voy de vacaciones y lo único que quiero es capturar cada instante para que todos vean dónde estoy y lo bien que lo estoy pasando. Es una lucha entre nosotros para ver quién es más.

El ser humano ha cambiado. Andy Stalman nos lo relata en este maravilloso libro repleto de ilustraciones inspiradoras, que habla de cómo la tecnología y, más concretamente, Internet, ha transformado nuestras vidas. Aunque no todo son cosas negativas, por supuesto. Todavía recuerdo la cara de mi abuela al ver por Skype a su hermana, que vive en Alemania. Tanta distancia se esfuma en un segundo; deja de existir. Te pone al lado de tus seres queridos, te acerca a tus deseos. Pero  hasta el aspecto más positivo de la tecnología no puede ocultar que no es más que eso, un puñado de cables, tornillo e impulsos eléctricos. Y cuando apagas el portátil la realidad te cae encima como un cubo de agua helada por la cabeza. No volverás a tocar a esa persona en años. No volverás a oler su perfume, ni a ver el brillo de sus ojos en mucho tiempo. Skype te acercará a su pantalla, pero el café sigue sabiendo mejor cuando se toma cara a cara, respirando el mismo aire.

Humanoffon ayuda a ser consciente de lo que somos, de lo que hacemos en nuestro día a día. Al final, cada generación ha tenido su droga. La nuestra es la información. Navegamos en Internet ávidos de ella, buscándola en cada rincón. Por eso yo, habiendo recibido mi dosis diaria, voy a apagar el ordenador, a coger un buen libro y a desconectar del mundo por un rato.

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En el restaurante, de Christoph Ribbat

En el restaurante

En el restauranteSi no voy más a menudo a restaurantes es, simplemente, porque mi sueldo de becaria no me lo permite. Pero creedme, me encantaría que al llegar el sábado tuviera que elegir un restaurante al que ir. Uno del que hable todo el mundo o uno que esté perdido en un barrio típico en el que hagan los mejores “x” de  la zona. No importa. De lo que se trata es de salir, de disfrutar de la compañía, beber del ambiente, dejarse llevar por la imaginación al leer la carta, degustar un buen vino y, sobre todo, comer. Sin miedo a probar, dejándome guiar únicamente por el paladar, por las sensaciones que produce saborear algo nuevo.

Nunca me había parado a pensar en la historia de los restaurantes. Paseo por la calle, los veo y están ahí, sin más. Nunca me había preguntado cómo habría llegado hasta aquí el primer McDonald’s o por qué en los restaurantes japoneses hay una barra que va girando haciendo que el sushi se pasee por todo el local. Lo vemos como algo tan cotidiano, que se nos olvida que tienen una historia detrás.

Christoph Ribbat se da cuenta de esto y nos ofrece un recorrido por la gastronomía de los últimos tiempos, hablándonos de cómo surgieron los restaurantes en Francia, cómo nacieron la pizza y la hamburguesa, o cómo el sushi y, más concretamente, el atún, pasó de ser la comida de los pobres a ser el plato de moda del siglo XXI. Podríamos decir que En el restaurante es un libro de micro relatos, en el que se nos presentan diferentes protagonistas que nos van dejando ver lo mejor y lo peor de algunas cocinas. Por ejemplo, está la historia de Frances, a la que despidieron de un restaurante tras otro, hasta que se dio cuenta que ella no quería ser camarera, sino que lo que ansiaba era hacer un estudio sociológico sobre sus compañeras; así, se convierte en una de las sociólogas gastronómicas más importantes de la historia. Porque eso existe, hay personas que se introducen en el mundo de las cocinas y hacen una relación entre lo que ven y la sociedad. Lo que es lógico, ¿no? Si hay algo que todos necesitamos en nuestra vida, es alimentarnos; sea como sea. Unos a través de marisco y otros de perritos calientes. De una u otra manera, todos necesitamos alimento, nutrientes que nos den energía y que pongan en marcha nuestro cuerpo. Y, si es algo que todos hacemos ¿por qué no estudiarlo? ¿por qué no comparar los diferentes hábitos alimenticios que tienen las personas dependiendo de dónde viven? Es curioso que cuando hablamos de gastronomía, solo nos dé por pensar en cocineros. Pero es que la gastronomía no se nutre únicamente de las personas que preparan la comida. Están los camareros, los críticos, los proveedores, los limpiadores, los sociólogos gastronómicos y, los más importantes, los clientes. Porque si después de todo lo que supone crear un restaurante, no hay nadie que pruebe tu comida… Todo esfuerzo es en vano.

Sea como fuere, y no hablo únicamente de la gastronomía, es importante conocer los orígenes de lo que nos rodea. Saber cómo las cosas han llegado a ser lo que hoy son y, sobre todo, aprender de los errores. En este sentido, hay otro relato que me ha llegado a estremecer: es la historia de un chico negro que intenta ser atendido en algún restaurante en Estados Unidos, pero el personal tiene la orden de no servir a personas que no sean blancas. Aunque sea algo considerado normal hace años, ese racismo sigue existiendo en muchos lugares de nuestro mundo. ¿Imagináis que no os dieran de comer por el color de vuestra piel? Pues eso, que hay que aprender de los errores.

En el restaurante nos habla de todas estas historias y de muchísimas más. Anécdotas y fracasos que se han cocinado en los fogones más famosos de todos los tiempos y que hacen de este libro una delicia para cualquier amante de la gastronomía. Y, por mi parte, mientras siga con mi sueldo de becaria, doy gracias a autores como Christoph Ribbat por dejarme saborear las mejores experiencias gastronómicas sin necesidad de moverme de mi casa.

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Cazadores de Sombras, Renacimiento 1: Lady Midnight, de Cassandra Clare

Cazadores de Sombras, Renacimiento 1: Lady Midnight

Cazadores de Sombras, Renacimiento 1: Lady Midnight

¿Qué estarías dispuesto a hacer por amor? ¿Qué locuras llegarías a cometer para poder estar con la persona a la que más amas en este mundo? ¿Serías capaz de abandonar a tu familia con tal de tener a esa persona? ¿Serías capaz de matar?

Ya han pasado cinco años desde la gran guerra que puso el mundo de los Cazadores de Sombras patas arriba. Ya son cinco años intentando que todo vuelva a la normalidad, que todo sea como antes. Emma perdió en esa batalla los dos pilares más importantes de su vida: sus padres. Julian perdió a su hermano mayor, ya que se unió al mundo de las Hadas. Emma y Julian -entonces unos niños, ahora unos adultos a la fuerza- han tenido que criar a los hermanos pequeños de este. Han tenido que hacer resurgir el Instituto de sus cenizas. Han tenido que sobrevivir.

Puede parecer que cinco años no dan para mucho. Que cinco años pasan enseguida, sin que a uno le dé tiempo siquiera a ser consciente de ello. Pero puede ser que cinco años se hagan dolorosamente eternos, sobre todo cuando has perdido a tus padres. Cuando todo en lo que creías se ha desmoronado ante ti. Cuando ni si quiera puedes amar a la persona que quieres de la manera que te gustaría.

Si tenemos en cuenta todos los libros que Cassandra Clare ha escrito sobre el mundo de los Cazadores, Cazadores de Sombras, Renacimiento 1: Lady Midnight, es el número once. Así que, los que seguimos la saga ya sabemos lo que nos podemos encontrar: ángeles y demonios, hadas, hombres lobos o vampiros. Pero en esta historia veremos el lado más oscuro de los Cazadores; el lado más oscuro del amor. Porque esta es una historia de amor. No me malinterpretéis, todos sabemos que el romance entre Jace y Clary, los protagonistas de la saga original, es insuperable. No obstante, seis libros dan para mucho, por lo que su idilio se veía diluido con otros acontecimientos. A pesar de ello, aquí, Cassandra nos condensa la historia, nos hace emocionarnos igual que con Jace y Clary, pero más intensamente. Porque, aunque veremos que el hilo conductor va a ser la investigación sobre la muerte de los padres de Emma, lo que nos va a tener sin respiración durante todo el libro va a ser lo que mueve el mundo, el amor. Y es que por él, somos capaces de hacer cualquier cosa, por imposible que parezca; como bien van a comprobar nuestros protagonistas.

Descubrí a los Cazadores hará tres años, fui tardía. Sin embargo, no pude hacer más que devorar un libro tras otro. Primero la saga original, luego Los Orígenes, luego el maravilloso libro de Magnus y, cuando parecía que mi mono de los Cazadores se tendría que ver saciado con la serie de televisión, va Cassandra Clare y resucita a alguno de mis personajes favoritos, entre ellos Mark (oh, Mark…) en la que promete ser una trilogía mucho mejor, incluso, que Los Orígenes. Aquí se enfrenta el amor con la familia, el corazón con el deber. Y es que aunque puede parecer que querer a una persona es tarea fácil, con querer no basta. Sin destrozar la historia, diré que, sinceramente, no me gustaría verme en el papel de Emma y Julian; y muchísimo menos en el de Mark.

Aunque esta saga esté dirigida a un público adolescente que tenga las hormonas por las nubes, y yo ya no pueda incluirme dentro de este grupo, he disfrutado de estos libros cual niña de quince años con posters de Nirvana en su habitación. La verdad es que no sé si recomendar esta saga o no… porque está claro que es de lo más adictivo que podríais leer. Si empezáis, no podréis parar. Así que si tenéis muchas cosas que hacer en un futuro a corto plazo, mejor poneos con otro libro, porque si empezáis con esta aventura, os quedaréis sin vida hasta que terminéis la saga completa. Yo, después de leer Cazadores de Sombras, Renacimiento 1: Lady Midnight, doy las gracias a Cassandra Clare por mi dosis anual de Cazadores. Mientras sale la segunda parte… iré pidiendo cita con mi psicólogo para que me trate esta ansiedad.

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Historia de un perro llamado Leal, de Luis Sepúlveda

Historia de un perro llamado Leal

Historia de un perro llamado Leal

Soy consciente de que muchas veces, cuando hablo de mi perra Kenya, no puedo evitar emocionarme. Desde que era pequeña he tenido perros en casa y, por circunstancias de la vida, todos se han ido de mi lado. Pero Kenya, por suerte, comparte mi día a día desde hace ya cuatro años. Representa las mejores virtudes de todo lo que me rodea: amistad, energía, felicidad, amor… pero, sobre todo, lealtad. Tuve la desgracia de ver con mis propios ojos cómo otro perro mataba a mi antiguo compañero, Nilo. Aunque destrozada, no tardé en decidir que necesitaba a mi lado a otro amigo. Urgentemente. Así fue cómo llego a mi vida Kenya, en una época llena de altibajos, de complicaciones, de golpes. Y así fue cómo comprendí que el alma podía dividirse en dos y ocupar dos cuerpos al mismo tiempo.

No sé cómo me verá Kenya a mí. Si la alegría que demuestra al verme es real o es solo hambre. No sé si su manía de meterse dentro de mi cama serán ganas de compañía o solo busca calor. Sea lo que sea, cada día estoy más agradecida de que quiera pasar tiempo a mi lado, de que me busque cuando está asustada, de que intente protegerme cuando cree que yo estoy en peligro.

Así que cuando leí Historia de un perro llamado Leal no pude evitar pensar en lo afortunada que soy de tener a una amiga tan fiel a mi lado. Estas breves páginas contienen una fábula mapuche que se transmitía de abuelos a nietos; la historia de Afmau, un perro que nace en la selva pero que es llevado por un jaguar a una tribu humana. Allí tendrá que aprender a convivir con las personas y a olvidar su pasado salvaje, aunque hará amistades que nunca podrá olvidar. Por una serie de acontecimientos se ve obligado a abandonar a su familia, ya que un grupo de hombres, de raza blanca, se cruza en la vida de los mapuches para intentar echarles de sus tierras. Pero a pesar de tener que convivir con la gente que tanto daño le ha hecho a su familia, él jamás se podrá olvidar de esas personas que fueron una vez su hogar. Con esta fábula, Luis Sepúlveda nos cuenta cómo sus antepasados se vieron sometidos por “el hombre blanco”, pero todo desde el punto de vista de un pastor alemán que es ajeno a la tiranía de los humanos. Nos enseña la tristeza de esta tribu desde los ojos inocentes de un perro.

Aunque no creo que pretenda ser una crítica directa, Luis Sepúlveda nos trae un trocito de la historia de sus antepasados que pretende hacernos reflexionar sobre la opresión que sufrieron las tribus en su día. Narrándonos la historia con los nombres originales mapuches, nos mete de lleno en un contexto puro y original, transportándonos a parajes desconocidos en los que tendremos que dejarnos llevar por nuestros sentidos más primarios.

“Este perro ha demostrado lealtad con monwen, la vida, no ha cedido a la cómoda invitación de lakonn, la muerte, y por eso se llamará Afmau, que en nuestra lengua significa leal y fiel”.

Si yo no conviviera con Kenya o no sintiera pasión y respeto por los animales, seguramente no me habría gustado esta fábula. Se podría decir que este libro no es apto para todos los públicos; solo los que tengan este sentimiento podrán apreciar la historia de Afmau; que solo los que traten a un perro como a un igual se sentirán conmovidos por los pensamientos de este pastor alemán; que únicamente los que saben qué es ser querido por un perro formarán parte de esta historia. Pero para aquellas personas que no se sientan identificadas con lo que describo, quizá leer este libro sea la mejor manera de empezar a adentrarse en el mundo de estos animales tan espléndidos y, ya de paso, en el de los mapuches.

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Anna, de Niccolò Ammaniti

Anna

Anna

Imagina qué pasaría si todo acabara. Si un día te despertaras y vieras que todo lo que hay a tu alrededor ya no es como era antes. Si estuvieras en un mundo en el que solo rige la ley del más fuerte. Si casi toda tu familia hubiera muerto. Si tuvieras trece años y no supieras qué hacer para sobrevivir.

Eso es exactamente lo que le pasa a Anna, una niña siciliana que tiene que ver cómo todos los adultos de su alrededor mueren lentamente a causa de un virus atroz. Todas las personas mayores de catorce años son aniquiladas por él; entre ellas, sus padres. Este virus la deja huérfana y con la obligación de hacerse cargo de su hermano pequeño, que no es demasiado consciente de lo que está pasando. Anna se ve obligada a madurar de golpe, a convertirse en adulta y a sobrevivir. Aunque, por otra parte, sabe de sobra que cuando cumpla los catorce años ella también morirá. Entonces, ¿para qué esforzarse si todo se va a acabar dentro de poco?

Al leer el libro me he topado con sentimientos que, sinceramente, no esperaba encontrarme. Niccolò Ammaniti nos describe la historia desde el punto de vista más crudo posible. Nos la cuenta tal y como sería, sin adornos ni florituras. Las descripciones hacen que sientas dolor, asco, miedo, impresión y ansiedad a la vez. A medida que iba pasando las páginas, era capaz de vivir la angustia que Anna sufría, de ponerme en su piel y sentir las cosas al mismo tiempo que ella. Había momentos en los que la dureza de las palabras de Ammaniti me hacía plantearme si sería capaz de seguir leyendo. No demuestra ningún miramiento a la hora de describirte un cadáver putrefacto o contarte cómo Anna pasa por encima de cuerpos de niños sin inmutarse apenas. Pero es eso precisamente lo que hace que no puedas parar de leer. Sus descripciones son como telarañas, que te enredan y hacen que quieras saber más detalles sobre la historia.

Es un libro que ha hecho que me pregunte qué haría yo si estuviera en una situación como la de Anna. No sé si sería capaz de tener la entereza que ella demuestra a lo largo de la historia o si me daría por vencida ante la primera dificultad. Tener que buscar comida, sin luz ni agua corriente, cuidando de un niño tan pequeño y al que dentro de poco voy a dejar solo, con alimañas rodeando mi casa y con el resto de humanos que seguramente se hayan convertido en seres peores que esas alimañas…

No sé, quizá el instinto de supervivencia sea mucho más fuerte de lo que pienso, quizá fuera capaz de encontrar una última esperanza a la que aferrarme, como le pasa a muchos de los personajes de esta historia. Ya se sabe, ante estas situaciones falta tiempo para que salgan a la luz los más supersticiosos. En este caso, hay algunos que creen que todavía existe un adulto con vida y que si le encuentran y hacen una serie de ritos, podrán vencer al virus. Anna incluso llega a toparse con un chico que cree que existen unas playeras que si te las pones hacen que no te contagies jamás. Ante esto, Anna se demuestra bastante escéptica, no cree que exista ese adulto milagroso y mucho menos que una playeras vayan a hacerla inmune al virus. Pero sin un objetivo no puede vivir, debe desafiar a la muerte como sea; es entonces cuando se le ocurre la idea de que fuera de la isla en la que vive puedan existir todavía adultos. Y así comienza su viaje junto con su hermano, hacia la Península italiana, buscando un motivo por el que seguir con vida.

De lo que estoy segura es que después de leer este libro va a costarme mucho recomponerme de toda la explosión de sentimientos que he sufrido. Anna es un personaje que llega muy adentro, que se queda con uno cuando termina el libro. Lo demás pasará a un segundo plano, pero Anna se hará inmortal dentro de nosotros, sea cual sea el futuro que nos depara.

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La ciencia en la sombra, de J. M. Mulet

La ciencia en la sombra

La ciencia en la sombraQue levante la mano el que no se haya imaginado estudiando una escena de un crimen mientras ve CSI o Bones en la tele. Desde que comenzó el boom de las series policíacas, como bien nos cuenta J. M. Mulet, las aspiraciones a ser criminólogo, médico forense o investigador han subido como la espuma entre los más jóvenes. Lo de tener un maletín lleno de cachivaches de última tecnología para investigar una escena criminal es de lo más suculento. Y es que todos, en mayor o menor medida, nos sentimos atraídos por el mal, por el morbo que tienen detrás todas estas historias. Quién no se ha interesado por Hannibal Lecter, quién no ha sentido curiosidad por Jack el Destripador, quién no ha seguido en los telediarios historias como las de José Bretón o Asunta Basterra. Que lo diga, porque no me lo creo. Y es algo completamente normal, nada psicótico ni preocupante. Nos genera curiosidad lo desconocido, esas cosas que no vemos día a día (por suerte) y que nos llevan a descubrir el lado más macabro de las personas.

Pero detrás de toda esta parafernalia que nosotros vemos en la tele, hay cientos de personas que hacen posible la investigación y que intentan esclarecer los hechos que después van a servir de prueba en un juicio. Yo me dedico al mundo del Derecho y he visto muchos casos en los que los testigos son volubles y sus recuerdos llegan a ser manipulados fácilmente. Está comprobado que una persona puede versionar sus recuerdos para que cuadren con los hechos del caso. La gente cree lo que quiere creer. Pero, en cambio, las pruebas son las pruebas. Sí, tendrán su margen de error, pero os aseguro que en la mayoría de las ocasiones, porque no se puede decir que sea en todas, son más fiables que una prueba testifical.

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