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Las chicas, de Emma Cline

Las chicas

Las chicasHay momentos en los que el reloj se para. Se detiene para empezar a contar desde cero. Uno de estos momentos ocurrió el día 8 de agosto de 1969. Por un día, California dejó de respirar. Sintió el dolor de la pérdida, de la brutalidad, de la matanza. Fue el día en que algunos de los miembros del séquito de Charles Manson, asesinaron brutalmente a varias personas en la casa de Roman Polanski. California se estremeció, al igual que Evie cuando se enteró de lo que habían hecho las que consideraba sus amigas.

Evie era una chica de apenas catorce años. Como todas las adolescentes, no estaba a gusto con su vida. Odiaba a su madre y pensaba que todo lo que la rodeaba no estaba a su altura. Un día conoció a Suzanne, un alma libre, que vivía en la comuna hippie de un tal Russell. Se alimentaba de lo que encontraba en los contenedores y tenía la seria impresión de que podía hacer lo que quisiera, cuando quisiera. Evie, sin remedio y sin frenos, empezó a idolatrar a esta chica. La admiraba como se admira a las famosas que salen en las revistas; con ese deseo de ser algún día como ellas. Suzanne formaba parte de una comunidad que se regía por sus propias reglas, impuestas por Russell. En aquella había más chicas de no más de dieciséis años, aunque, a pesar de la tierna edad, alguna ya sabía lo que era ser madre. Las drogas y el desenfreno marcaban los horarios. Evie pronto se acostumbró a vivir así; a robarle dinero a su madre a escondidas, a comer alimentos casi putrefactos, a drogarse hasta alcanzar el cielo. Pero todo tenía su precio. Russell usaba a las chicas a su antojo. Él les permitía vivir en esa comunidad si obedecían religiosamente todas sus exigencias. Os podéis imaginar.

Estoy segura de que Evie sabía que aquello no podía terminar bien. Aunque se autoengañaba y se convencía de que ese modo de vida era el correcto, creo que en el fondo era consciente de que algún día la bomba de relojería que era aquella comuna estallaría esparciendo restos de metralla por toda California. Y ese día no se hizo esperar. Russell (o, Charles Manson, como prefiráis) puso en marcha su plan. Las chicas, entre ellas Suzanne, se encargarían de la matanza en la casa de Polanski. Menos mal que Evie no formaba parte de este séquito. Menos mal que Russell pensó que no sería capaz de empuñar un cuchillo. Porque si no, a día de hoy, seguiría encerrada en una prisión como todos los demás.

Emma Cline, californiana de tan solo veintisiete años, se ha lucido con su primera novela. Se ha lanzado a la piscina y ha cogido uno de los crímenes más famosos de la historia y lo ha transformado en una novela que, sorprendentemente, no tiene como móvil dichos asesinatos. Las chicas está narrada por Evie, que es completamente ajena a los planes de Russell. Es ajena al delirio de su mente y de las cosas que pasan por su cabeza cada segundo, atormentándole. Desde el principio el lector sabe cómo termina la historia, pero en esta novela lo importante no es el final; sino el antes y el después. Encontraremos la narración de una Evie adolescente, pero también la de una Evie madura que se enfrenta día a día con los demonios de su pasado.

Evie tendrá que acostumbrase a ser perseguida por el fantasma de Manson. Y también por el de Suzanne. No sé si algún día lo conseguirá, pero estoy segura de que en esa época en que los setenta ya se dejaban oler, Evie aprendió una gran lección: no es oro todo lo que reluce.

Está claro que aquí, contra todo pronóstico, el protagonista no es Manson. Los medios de comunicación se cebaron con él, hemos oído su historia hasta la saciedad. Pero, ¿qué pasó con Las chicas que lo perdieron todo por seguirle, que abandonaron su sensatez y su futuro por tener contento a un hombre al que se le llenaba la boca al hablar de libertad? Emma Cline analiza la adolescencia desde un punto de vista diferente al que estamos acostumbrados. Estudia cómo la opresión de la sociedad hace que hagas todo lo posible por encajar, llegando a tomar malas decisiones que te lleven a estar muerto en vida.

Hablando de Emma Cline, al principio su forma de escribir me chocó un poco. Con frases cortas como telón de fondo y escasos diálogos, tuve que acostumbrarme a su manera de describir las cosas. Pero cuando me familiaricé con su prosa, aquello fue como un tren sin frenos. Empezó a coger carrerilla e hizo que no pudiera separarme del libro.

No sé cómo terminar esta reseña. Todavía estoy asimilando la historia. Me ha dejado hecha trizas, sinceramente. Me ha ido destrozando poquito a poquito, casi al mismo paso que lo hacía Evie. He leído que pronto será llevada a la gran pantalla y tengo unas ganas tremendas de ver si la actriz que represente a nuestra protagonista es capaz de transmitir todo lo que transmite Evie en unas pocas páginas. Está difícil. Mientras llega, os aconsejo que os dejéis llevar a los misteriosos años sesenta, cuando parecía que todo estaba permitido. Cuando las reglas las marcaba cada uno. Cuando sucedió un crimen que hizo que todos los relojes se pusieran a cero.

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La maldición del ganador, de Marie Rutkoski

La maldición del ganador

La maldición del ganadorMucha gente me pregunta que por qué me gusta tanto leer. Por qué me paso horas sumergida entre libros y con la cabeza siempre en las nubes. Mi cara, cuando me hacen ese tipo de preguntas, lo dice todo (os la podéis imaginar). ¿Cómo no me va a gustar leer? ¿Cómo no me va a atraer la idea de evadirme de mi día a día por un rato y sentir lo que es ser otra persona? ¿CÓMO NO ME VA A GUSTAR SOÑAR? La gente a veces tiene unas cosas… pero bueno, vale, supongamos que entiendo a esas personas que no leen —haré un esfuerzo— y que se preguntan qué vemos los lectores para dejarnos nuestro sueldo en novelas y pasarnos las noches leyendo “solo un capítulo más”. Pues bien, vemos magia, aventura, historias inolvidables, pasiones, guerras. Vemos vidas ajenas que jamás conoceremos, tiempos pasados o futuros, evasión, sueños.

Una mezcla de todo esto es La maldición del ganador, una novela juvenil de Marie Rutkoski que nos traslada a un mundo en el que las guerras y la esclavitud están a la orden del día. Kestrel pertenece a la nobleza, su padre es un gran general que se ha encargado de proporcionarle la mejor vida posible. La otra cara de la moneda es Arin, el esclavo que Kestrel ha comprado recientemente en una subasta. En una época donde comprar y vender a personas no está mal visto, la esclavitud ya no es un tabú, es parte de la rutina. Todas las familias que se precien tienen en sus dependencias varios esclavos que se encargan de hacer que los apoderados no tengan que mover un solo dedo. Normalmente, la relación entre esclavo y dueño se basa en un simple mandato: “haz esto, haz lo otro y, sobre todo, no te entrometas en mi vida”. De hecho, es tanta la distancia que separa a estas dos clases sociales que incluso hablan idiomas diferentes. Pero Arin es distinto. No solo es un herrero excelente y un esclavo atento y servicial, sino que puede hablar el idioma de los apoderados e incluso conoce los secretos de la nobleza como si hubiera formado parte de ella años atrás.

Tenía muchísimas ganas de leer algo publicado por la editorial Plataforma Neo. Llevaba bastante tiempo viendo la preciosa portada de La maldición del ganador en las librerías pero no encontraba el momento para hacerme con ella. Hasta que por fin me lancé a la piscina. Sinceramente, esta es la primera novela que leo de ellos y ya estoy deseando pillar por banda la segunda y la tercera parte de esta saga; porque, por si no lo he dicho antes, estamos ante una trilogía. Una trilogía que nos regala una visión de un mundo nuevo donde los secretos y las conspiraciones forman parte de la rutina. Aunque al principio la historia pueda parecer predecible, a medida que avanza el libro nos damos cuenta de que cada personaje guarda un as bajo la manga y que los papeles pueden cambiarse en cualquier momento.

No os engaño cuando os digo que estoy deseando tener en mis manos las siguientes entregas de esta trilogía. No sé si la segunda y la tercera parte tendrán el nivel de la primera, pero yo no voy a perder la esperanza. Si son como esta, la historia seguirá yendo en constante aumento haciendo que no pueda parar de leer. Y mis ganas de continuar tienen una explicación muy sencilla: quiero seguir con la trilogía para volver a viajar. Para volver a evadirme. Y, sobre todo, para volver a soñar.

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Miss zapatos de lujo, de Ana Cantarero

Miss zapatos de lujo

Miss zapatos de lujo¿Recordáis el famoso tema Sk8er Boi de la cantante canadiense Avril Lavigne? Era ese en el que una chica dulce, inocente y aficionada al ballet se enamoraba de un chico malo, un rockero que solo tenía por compañía su guitarra y su skate. La canción contaba una historia un tanto machacada ya por aquel entonces: ambos saben que pertenecen a mundos distintos, son conscientes de que lo suyo es imposible, pero al final —en la canción, varios años después—, se dan cuenta de que lo suyo es amor verdadero y que el destino de ambos es estar juntos. Vamos, una especie de Dirty DancingEl diario de Noa o incluso Romeo y Julieta pero con pelos de punta, mechas, rock y tutús de ballet.

No sé si esta pequeña introducción es  la mejor manera de empezar una reseña, pero, sinceramente, mientras leía Miss zapatos de lujo era la canción que resonaba en mi cabeza incesablemente. De vez en cuando se mezclaba con las canciones que tararea a menudo Nick Mendoza, uno de nuestros protagonistas, como por ejemplo About a girl, de Nirvana. Nick es un poco como Kurt Cobain pero dejando de lado el mundo de las drogas. Igual que el de Seattle, es un famoso rockero atormentado que tiene que batallar con los desencuentros de dedicarse a ese mundo. Bebe más de lo que debería, se acuesta con demasiadas gruopis y hace ya meses que no es capaz de componer ni una sola canción decente. Pero entonces se tropieza literalmente con Marta, una redactora de una revista de moda y cuya escala de admiración empieza en Channel y termina en Louis Vuitton. Ella no tiene ni idea de quién es Kurt Cobain y mucho menos de quién es Nick Mendoza. Solo sabe que es un tipo lleno de tatuajes, que le infunde más miedo que admiración y que sus ojos demuestran un deseo y una pasión que no ha visto nunca en otra mirada. Ni si quiera en la de su novio, con el que está pasando una mala época. Pero esa es otra historia.

Por azares de la vida, que tendréis que descubrir en este libro de Ana Cantarero, Marta acaba siendo la asistente del grupo de Nick Mendoza. Creo que no lo he mencionado, pero el grupo se llama Demonic Souls, lo que a Marta no le inspira ninguna confianza. Tendrá que lidiar con el mundo de la noche y con las idas y venidas de un grupo de rockeros, que más bien parecen adolescentes extra hormonados y que nada más que saben hablar de una cosa: de las tías con las que se acuestan. Y también tendrá que enfrentarse a Nick, que la mira de una manera que hace que tiemble de pies a cabeza y que se olvide de su novio y de sus modales de niña bien. Y es que a ver quién se resiste a esos ojos azules de pupilas dilatadas y a esos músculos bañados por decenas de tatuajes que son la huella del pasado atormentado del cantante.

Con estos ingredientes —chico malo, chica buena, novio petulante y celoso, pasados oscuros y bolsos y stilettos de Channel—, ya tenemos la que promete ser una historia amena y entretenida, que hará que se nos pasen las horas sin darnos ni cuenta. Para mi gusto, hay partes en el libro que se hacen un poco lentas. Pero Ana Cantarero no da puntada sin hilo y nos cuenta toda la historia de principio a fin, sin dejarse ni un solo detalle. A pesar de este pormenor, yo he disfrutado con el libro, que me ha hecho viajar por los baretos más cutres de Madrid y por los polideportivos más grandes de toda España. Y es que, ¿quién no se ha imaginado siendo una estrella del rock y dando conciertos ante miles de personas? Sé de sobra que si esto fuera real, yo me quedaría rezagada entre bambalinas al ver a tanta gente aclamando mi nombre, pero como estamos hablando de mi imaginación, yo sería una chica extrovertida y que no sabe lo que significa la timidez. En mi vida real, lo cierto es que me conformo con pegar saltos en la primera fila de algún concierto en el que haya muchas guitarras y muchas púas volando por los aires.

Y, como hasta la mejor canción tiene su fin, voy a ir terminando esta recomendación, porque si no veo que os acabo contando con todo lujo de detalles cómo Nick es capaz de hacer que Marta se olvide de su novio por unas horas y de cómo esta se convirtió en su musa, capaz de hacer que todos los demonios que lleva dentro se convirtieran en la melodía más perfecta jamás compuesta.

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Cazadora de hadas, de Jennifer L. Armentrout

Cazadora de hadas

Cazadora de hadasNunca he estado en Nueva Orleans, pero después de leer un montón de novelas y ver varias series y películas que se desarrollan allí, no he podido evitar formarme mi propia imagen de esta ciudad. A mí, Nueva Orleans me evoca un calor sofocante, con el sonido de los grillos y las cigarras de fondo. Olores fuertes, un tanto especiados, acompañados por el jazz incesante. Sus casas me las imagino gigantescas, con grandes porches que crujen cuando te acercas a la puerta principal, toda de cristal de diferentes colores. Me figuro a la gente dispar, rara, con indumentarias particulares, dejando claro que le da igual lo que opinen los demás. Y también pienso en magia. Mucha magia. Nueva Orleans ha sido la cuna de algunas de las mejores historias fantásticas de nuestros tiempos, como Entrevista con el vampiro o, recientemente, la serie Los originales. Vampiros, brujos, hechiceros, hombres lobo… en esta ciudad hay cabida para todos ellos.

Ahora, gracias a Jennifer L. Armentrout, también hay lugar para las hadas o los faes. Y así lo demuestra en Cazadora de hadas. La protagonista de esta historia es Ivy, una joven pelirroja que tiene una doble vida: por una parte, es estudiante universitaria de sociología y, por otra, es la encargada de matar a las hadas, seres odiosos —a diferencia de la imagen preestablecida que todos tenemos de ellos— que han venido del Otro Mundo y que quieren acabar con la humanidad. Desde hace años, Ivy pertenece a la Orden, una entidad que ha reunido desde siempre a los mejores cazadores del mundo. Tienen una misión muy sencilla: proteger a los humanos de las hadas. Estas, con un aspecto muy similar al nuestro, se camuflan entre la gente, caminando a su antojo por nuestras calles y seduciendo a los humanos para alimentarse de ellos. Ren también pertenece a la Orden y es la pareja de Ivy en lo que a cazadores se refiere. Pero lo cierto es que Ren oculta muchas cosas que nuestra querida pelirroja ni siquiera imagina. A pesar de ello, las chispas que saltan entre los dos cuando están cerca son más que evidentes y la fuerza de voluntad de Ivy por resistirse a esa atracción es cada vez más invisible.

Cazadora de hadas podría encuadrarse dentro del género “new adult”, que tiene su origen en los libros clasificados como “young adult”, historias protagonizadas por adolescentes dirigidas a un público de esa generación. Pero la verdad es que estos libros, como Harry Potter o Los juegos del hambre, no solo eran leídos por adolescentes, sino que sedujeron a todo aquel que los leía, tuviera la edad que tuviera. Esto llevó a que el género fuera evolucionando hasta llegar al “new adult”. Aquí la cosa cambia un poco: los protagonistas ya son mayores de edad y las historias contienen escenas subiditas de tono, donde el sexo se describe sin tapujos y forma parte de la trama, aunque sin ser el ingrediente principal. Me parecía conveniente advertir de esto, ya que, como vemos, el género ha ido transformándose y lo que podría parecer un libro inocente, de hadas y cazadores, no lo sea tanto.

Aclarado este punto, voy a cambiar de tema. Y es que no puedo evitar mencionar que una de las cosas que más me ha gustado de este libro es que Ivy ya sea cazadora cuando comienza la historia. Me explico: en todos los libros de este estilo que acostumbro a leer, el protagonista es ajeno al mundo en el que se va a ver entrometido. Suele ser un chico normal, que lleva una rutina diaria y que no sabe ni que existen seres fantásticos (llámense brujos, vampiros, demonios o hadas) y que de repente tiene que aprender todo lo que conlleva formar parte de esa historia paralela. Aquí Ivy ya está más que enseñada, lleva varios años cazando hadas, por lo que la parte del “aprendizaje” nos la saltamos, yendo directamente a la lucha. No es que no me guste ser cómplice de la transformación del personaje, de cómo pasa de ser alguien normal a convertirse en un héroe, pero me parece que esa historia ya nos la conocemos de sobra y me gusta ver algo diferente en un libro de este estilo.

Queda poco más que decir sobre esta primera parte de la que promete ser una trilogía muy intensa. Me ha gustado volver a recorrer las calles de Nueva Orleans —aunque sea a través de mi imaginación— y, sobre todo, volver a leer una historia de magia y seres extraordinarios que me deje impaciente por saber cómo continuará.

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Después de ti, de Jojo Moyes

Después de ti

Después de tiMientras leía este libro solo se me venía una pregunta a la cabeza: ¿cómo voy a reseñarlo sin “spoilear” la primera parte? Contextualicemos. Después de ti es la continuación del best seller Yo antes de ti, donde Louisa Clark conoce a Will Traynor, o lo que queda de él. Porque Will, un chico aventurero, arriesgado, amante de la vida, sufre un trágico accidente que le deja atrapado dentro de  los límites de una silla de ruedas. Se queda tetrapléjico. Louisa es la chica que le cuida, que le hace compañía, que le da las medicinas y le limpia, que aguanta su mal humor día tras día y que tiene una única meta: hacer que renazcan en él las ganas de vivir. ¿Cómo hablar de la segunda parte sin explicar el final de la primera? Es un gran dilema. Podría explicaros qué pasó y por qué ahora Louisa se ha mudado a Londres, lejos de su pueblo natal, o podría simplemente hablar de por qué me decidí a leer estos libros y qué he sentido cuando he buceado entre sus páginas.

Siempre he odiado los spoilers. Mucho. Ese odio acérrimo nació el día que una amiga me contó quién moría en Harry Potter y el misterio del príncipe y desde entonces me prometí que jamás, costara lo que costara, haría lo mismo. Por eso no os voy a decir qué pasó con Will, ni por qué ahora Louisa trabaja en un bar de un aeropuerto donde tiene que llevar un uniforme que le hace parecer un elfo pornográfico. Ni quién llama inesperadamente a su puerta haciendo que su vida dé más vueltas que una lavadora centrifugando. Y tampoco os voy a contar quién es Sam. Y mucho menos por qué Louisa acaba hecha añicos en el suelo de Londres tras haberse caído desde una azotea.

Tengo una camiseta que me regalaron al comprar el DVD de Big Fish, esa película tan extraña de Tim Burton donde salen Ewan McGregor y Helena Bonham Carter (añadir aquí muchos corazones) donde se puede leer “nunca hablábamos de lo que no hablábamos”. Esta frase tiene mucho sentido en esta reseña: ya hemos hablado de lo que no vamos a hablar. Por lo que ahora, que ya hemos marcado los límites, os voy a contar por qué me decidí a leer este libro.

Hace más o menos un mes, haciendo papeleo en Santander, me pilló una tromba de agua. Una de esas de verano que hacen que se te cale hasta el alma. Mientras amainaba, entré en mi lugar preferido: la librería más grande de Santander. Recorrí todos y cada uno de sus pasillos y acabé comprando Yo antes de ti. No tenía ni la más mínima idea de qué iba, pero tenía curiosidad por leer el libro del que todo el mundo hablaba. Cuando monté en el autobús de vuelta a casa, lo empecé. Y me quedé a cuadros nada más leer el primer capítulo. Yo me esperaba una historia de amor, de esas empalagosas y con muchos corazones y mariposas revoloteando por las páginas. Pero estaba muy equivocada. Más que una historia bonita, es una historia cruel. Jojo Moyes nos muestra una vida destrozada, unos sueños frustrados, una vía por donde las esperanzas se escapan de las manos. Y Louisa tiene que lidiar con todo ello. Tiene que tragarse sus miedos, su mal humor y sus rabietas para intentar que el día a día de Will sea mejor.

La segunda parte sigue esta tónica. Louisa continúa presa de esos miedos que no le dejan avanzar, que no le dejan desarrollarse como persona. La tienen postrada tras esa barra en un aeropuerto donde todo el mundo parece tener un destino, menos ella. En Después de ti, Louisa tendrá que ponerse en pie, despojarse de todos esos miedos y aprender a vivir. Pero, por suerte, no lo hará sola. La persona misteriosa que llama a su puerta (y no es con un sentido metafórico), le enseñará que es cierto eso que dicen de que la muerte acecha en cada esquina y que no solo respirar es vivir.

Siempre he oído eso de que las comparaciones son odiosas y yo no puedo estar más de acuerdo. No es justo comparar la primera parte con la segunda, porque no tienen mucho que ver. Lo mejor es leerla sin prejuicios, olvidándose un poco de la historia del primer libro, aunque sin dejar de ser conscientes de que es donde todo empezó. Solo así podremos dejarnos llevar por esta historia cargada de emociones y ser cómplices de los miedos de Louisa. Pero también de su fortaleza, de su capacidad para salir adelante, aunque sienta cómo su corazón llora con cada latido que da.

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Cartero, de Charles Bukowski

Cartero

CarteroHablar de Charles Bukowski es hablar de realismo. Realismo sucio, que podría definirse como el movimiento literario estadounidense surgido en la década de los 70 y que se caracteriza por representar fielmente la realidad —sobre todo en contextos urbanos—, y por no escatimar en las descripciones de los aspectos humanos más sórdidos. Así es la literatura de Bukowski, realista y sucia. Siempre he pensado que es la decadencia hecha palabra. Sus historias empiezan mal, pero acaban peor.

Cartero cuenta la historia de Henry Chinaski, el álter ego del escritor al que suele recurrir para hacer de sus historias obras semi-biográficas. A Chinaski le conocemos de otros libros, como Factotum o Hollywood. No creo que Bukowski tenga miedo de contar una historia biográfica, en la que él sea protagonista. Pero elegir un álter ego que permita ver claramente que es el propio escritor el que está dentro de esas páginas, es un recurso muy inteligente a mi entender. Sinceramente, no sé si compraría un libro autobiográfico de Bukowski, en cambio, me basta con leer el resumen de las historias de Chinaski para decidirme a tenerlas en mi estantería.

Chinaski es un montón de vicios personificado. Bebe incluso más de lo que admite, fuma como si no hubiera mañana, cosifica a las mujeres a través del sexo y le gusta demasiado apostar el dinero que no tiene en el hipódromo. Es una persona desgraciada y la encarnación de los sueños frustrados. Chinaski nunca ha querido ser cartero, sabe que va a ser un empleo temporal, pero ahora necesita el dinero y se conforma con lo que sea. Pronto dejará a ese jefe que le manda a los peores barrios de la ciudad; dejará las calles llenas de perros rabiosos, de vecinos locos que le miran a través de la mirilla y le chillan improperios. Todo eso será pasajero. Ahorrará un poco de dinero y se dedicará a otra cosa; a escribir, por ejemplo. Pero sus borracheras encadenadas, sus apuestas y sus idas y venidas con las peores mujeres de la ciudad, harán que el poco dinero que va ganando acabe en el bolsillo de otro. Sin darse ni cuenta, dedicará más de once años de su vida a ese trabajo que odia y que le hace tan infeliz.

Cartero habla de los sueños frustrados. Del círculo vicioso que se forma cuando tu vida es depresiva y no puedes salir de ella para perseguir tus metas. Habla del conformismo, de la inseguridad de un personaje que podría aspirar a mucho, pero que al final no llega a nada. Habla de lo fácil que es vivir con los vicios como únicos amigos, de lo bonita que se ve la vida detrás de una copa de vino y de lo amarga que sabe cuando la resaca llama a la puerta.

Chinaski siempre me ha recordado un poco al niño de El guardián entre el centeno, pero ya crecidito. Cuando lo leí también tuve esa sensación de angustia; lo pasé mal al ver cómo un personaje con una mente excepcional estaba echando su vida a perder por culpa de sus vicios. Como decía al principio: la imagen de la decadencia. Bukowski te plantea una historia que comienza mal, te presenta a un personaje desgraciado, hundido y, más que sin futuro, sin presente. Cuando empieza a desarrollarse el libro, esperas que al pobre protagonista le empiecen a ir mejor las cosas. Piensas “ya es hora, a ver si consigue dejar ese trabajo de mierda y hacer algo con su vida” (Ojo, no estoy diciendo que el ser cartero sea un trabajo horrible. Eso lo piensa Chinaski. Él te hace creer que ser cartero es una de las peores cosas a las que podría aspirar una persona estadounidense). Pero las páginas se suceden y ves que la vida del protagonista no va a mejor, que empieza a caer en picado y sin remedio. Y llega un momento del libro en el que te das cuenta de que Chinaski está destinado a ser un fracasado toda su vida. Y no puedes hacer más que apenarte por esa mente brillante tirada a la basura.

Lo admito: me encanta Bukowski. Me gusta que sus historias no sean perfectas, que muestre la vida de personas que todos conocemos, pero de puertas para afuera. Que enseñe lo fácil que es dejarse llevar por los vicios y las consecuencias desastrosas que suelen llevar aparejados. Me gusta ser cómplice de la sensación que tiene una persona cuando sabe que lo ha perdido todo. Me conmueve entenderle y a la vez me enfada verme a mí misma pensando que él se lo ha buscado. Como decía un buen amigo mío, “Bukowski tiene la extraordinaria habilidad de convertir la resaca en un arte”.

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Eres hermosa, de Chuck Palahniuk

Eres hermosa

Eres hermosaLa verdad es que no hace mucho tiempo que empecé a leer a Chuck Palahniuk. Todo comenzó cuando entré en la Universidad; un compañero insistía constantemente en que tenía que leer a este autor. Tal fue la insistencia, que cada vez que pensaba en Palahniuk solo se me venía a la cabeza una palabra: obligación. “Tienes que leer a…” nunca ha sido una de mis frases predilectas. No es que no me guste que la gente me recomiende libros, pero cuando se hace con tanta y tanta insistencia, acabo por aborrecerlos incluso sin haber leído una sola página. El chico que os decía sentía verdadera devoción por este autor. Se mostraba emocionado, exultante, cada vez que hablaba de él. Tanto era así que llegó a decirme que si algún día se encontraba en el metro a una chica con un libro de Palahniuk, le pediría matrimonio allí mismo.

Años después, me atreví con mi primera novela de este autor. Me estrené con Condenada. Me horrorizaba y me fascinaba a partes iguales. No sabía si meter el libro en el congelador como en esa escena de Friends o si convertirlo en uno de mis libros de cabecera. Tampoco sabía si quería leer más libros de él o si por el contrario no iba a tocar una de sus obras nunca más. Y mucho menos sabía si Palahniuk era un genio o un demente sin remedio.

Hace unos días me topé con Eres hermosa. Jamás habría dicho que un libro con ese título pudiera pertenecer a Palahniuk, pero ahí estaba. Con esa libélula insinuándose y cuyo significado no podía ni siquiera imaginar. En ese momento, sentí la necesidad de saber qué nueva locura había salido de la mente de este escritor. Quería saber qué situación había llevado hasta la excentricidad y la locura. Jamás hubiera sido capaz de adivinar lo que se avecinaba. Jamás.

Penny se acaba de licenciar en la Facultad de Derecho. Trabaja en un gran bufete; es la becaria. Su vida se pasa entre cafés y fotocopias. Hasta que un día aparece C. Linux Maxwell, cuyas iniciales son C. Li. Max. Sí, “clímax”. Maxwell es un famoso y guapísimo millonario, el deseo de cualquier mujer. Cuando Penny se topa con él, no imagina que su vida se va a convertir, casi literalmente, en un orgasmo.

Vayamos por partes. Lo primero que hay que decir es que este libro va de sexo. Mucho. Página tras página. Pero la verdad es que no es un sexo al uso. Podríamos definirlo como… un sexo científico. Sí, científico puede ser la palabra adecuada. Maxwell lleva años analizando e investigando exhaustivamente cada una de las tribus existentes en el mundo para conocer todas las técnicas sexuales, antiguas y actuales, con un propósito: crear una línea de artilugios que hagan que las mujeres no necesiten a un hombre nunca más, sexualmente hablando. Esa línea se llamará “Eres hermosa”. Maxwell es un meticuloso científico que entiende a la perfección la anatomía femenina. Sabe a cuántas pulsaciones debe estar un cuerpo para alcanzar el clímax impecable, sabe qué hormonas hay que potenciar y de qué manera para que el cuerpo entre en un estado de éxtasis, conoce todas las técnicas necesarias para que una mujer traspase barreras que jamás imaginó. Pero para llegar a convertirse en tal experto, ha tenido que experimentar con cientos, miles, de mujeres. Una de ellas, es Penny.

Con esta descripción muchos podríais pensar que se trata de un libro erótico, pero personalmente no creo que este sea el caso. Un libro erótico busca una complicidad entre la historia y el lector, un frenesí de quien pasa una página tras otra. Eres hermosa, en cambio, es una historia fría, aséptica, apasional. Habla de la obsesión de la sociedad por el sexo. Esa búsqueda incontrolable por el hedonismo, que puede llevar a una marca como “Eres hermosa” a dominar el mundo. Pero, como Penny podrá comprobar, no es oro todo lo que reluce. Y nada, en esta vida, sale gratis.

A Palahniuk se le ha vuelto a ir la pinza. De verdad. Para que os hagáis una idea, uno de sus “conejillos de indias” es la propia Presidenta de los Estados Unidos. No es por nada, pero para atreverse a esto, hay que estar muy mal de la cabeza. Y, otra vez, no sé si estamos ante una genialidad o ante unos delirios de un amante de la vesanía. Lo que sí sé es que esta novela no ha acabado en mi congelador por muy poco y que si mi amigo de la Facultad ve a alguna chica leyéndolo en el metro, tendré boda el año que viene.

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Sentimentalismo tóxico, de Theodore Dalrymple

Sentimentalismo tóxico

Sentimentalismo tóxicoVoy a empezar con una confesión: hace días que terminé este libro y no sabía cómo enfocar la reseña. Normalmente acabo uno y al momento me pongo a escribir, con todas las emociones a flor de piel. Pero, en este caso, llevo dándole vueltas varios días y nada, no había manera. Se trata de un ensayo que hace una crítica profunda a la sociedad; sobre todo a la inglesa. Tanta crítica ha hecho que terminara el libro con rabia e impotencia. Muchas sensaciones y sentimientos se agolparon en mi cabeza y, al intentar dejarlas salir, las palabras se me quedaron atascadas, sin vía de escape. Pero ya no podía dejar pasar más el tiempo y tenía que hacer esta reseña sí o sí. Así que, allá vamos.

Tengo que hacer una puntualización antes de meterme en materia: el título original de este libro es How Britain is ruined by its childrens, lo que, traducido al español sería “Cómo Gran Bretaña está arruinada por sus niños”. Este detalle es muy importante, ya que resume a la perfección en qué consiste este libro. Theodore Dalrymple (seudónimo tras el que se esconde el médico inglés Anthony Daniels), abre su obra con las siguientes palabras “Un informe reciente del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia declaraba que entre los veintiún países desarrollados el que peor trataba a los niños era Gran Bretaña”. Con esta afirmación tan contundente, este médico que ha conocido de primera mano las desgracias sucedidas tanto en Europa como en África, abre lo que promete ser un debate muy interesante. ¿Por qué un país tan adelantado como Gran Bretaña no es capaz de proteger uno de sus bienes más preciados? ¿Por qué la violencia contra los niños británicos no ha hecho sino aumentar en los últimos años?

Esta violencia tiene una clara consecuencia: los niños aprenden lo que ven. Si haces que un niño crezca en una esfera de violencia, acabará respondiendo de la misma forma, con crueldad y vehemencia. Theodore Dalrymple nos dice que la mayoría de los padres británicos temen a sus hijos. Pero no solo los padres, también los profesores. Estos confiesan que se sienten coaccionados por sus alumnos y por los padres de estos. Recuerdo que, cuando iba al colegio y un niño sacaba malas notas, el padre normalmente venía corriendo a exigirle al profesor una explicación por esas notas tan bajas. Vi incluso cómo un padre amenazó a uno de los maestros porque su hijo había suspendido un examen y quería que le aprobara. ¿Quizás es sobreprotección? ¿quizás es una manera de compensar el poco tiempo que pasan los padres con los hijos?

De una manera u otra, Theodore Dalrymple culpa al sentimentalismo, al Sentimentalismo tóxico, aquel que hace que perdamos los papeles y que nos dejemos llevar sin pensar en las consecuencias. En su ensayo, analiza también la exaltación pública de las emociones; llega a la conclusión de que si una persona llora en privado, no ha llorado. Tiene que hacerlo en público, para que todo el mundo se sienta conmovido por la situación que está atravesando. Así, dice que el sentimentalismo se convierte en un mal social cuando traspasa la barrera de lo personal, cuando es necesario generar en los demás una reacción a través de nuestros propios sentimientos.

Volviendo al tema de los niños, hoy en día estos poseen todo lo que desean y más. Capricho que tienen, capricho que se les concede. No culpo a los padres, sino a la sociedad. Nos han enseñado que si no tenemos lo que los demás, no podemos ser felices. Y, como padres, si vemos que nuestros hijos sufren por no tener algo determinado, creemos que estamos en la obligación de dárselo. Esta idea se podría unir a la anterior: a la necesidad de demostrar públicamente nuestros sentimientos. No solo le doy a mi hijo todos los caprichos, sino que quiero que la gente lo vea. Es como el refrán: no solo hay que ser la mujer del César, sino aparentarlo. Pero lo cierto es que la obligación es otra bien distinta: no hay que concederles todos esos deseos vacíos, sino enseñar a los niños a amar lo que tienen y a ver el valor de las cosas inmateriales.

Estas son unas cuantas ideas que se me han pasado por la cabeza mientras leía el libro. No quería hacer una reseña de dos mil palabras, pero realmente podría hacer un tratado filosófico que analizara cada uno de los sentimientos que provoca este libro. No sé, quizá algún día lo haga. Entre tanto, os recomiendo su lectura; no solo a los padres que tengan hijos a los que dan algún que otro capricho de más, sino a todas aquellas personas que se pregunten qué estamos haciendo mal en esta sociedad.

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La mujer de la libreta roja, de Antoine Laurain

La mujer de la libreta roja

La mujer de la libreta rojaNo sé cuántos bolsos tengo. Quizá veinte, quizá treinta. No cuento con ningún vicio reseñable, a excepción de los bolsos y alguna que otra colonia. Los tengo de todo tipo, tamaño y color; cada uno para una ocasión. Antes de salir de casa, escojo el que me apetece usar y lo relleno con las cosas que cada día me acompañan. Hablo de mis bolsos porque así empieza la historia de La mujer de la libreta roja. Exactamente comienza cuando Laure es asaltada en la puerta de su casa por un hombre que tiene la intención de robarle el bolso. Y, por lo que Laurent, nuestro otro protagonista, descubre al día siguiente, llevó su empresa con éxito. Digo esto porque Laurent encuentra el bolso de la chica tirado en la calle. Ese bolso, grande, lila y con muchas cremalleras doradas, hará que Laurent no pueda dejar de pensar en su dueña. A través de los objetos que contiene, intentará descifrar quién es esa misteriosa mujer que recoge piedras al azar por la calle, usa una colonia que es casi imposible de encontrar en una perfumería, tiene un libro dedicado por su autor favorito y rellena una libreta roja con frases carentes de sentido tales como “me dan miedo las hormigas rojas” o “me gusta abrir los ojos cuando nado debajo del agua”.

Dicen que a una mujer se la puede llegar a conocer por lo que lleva a diario en su bolso. Yo no suelo llevar siempre lo mismo; depende de adonde vaya y lo que tenga que hacer durante el día. No sé si alguien se podría llegar a enamorar de mí viendo el contenido del mío. Si alguien se lo encontrara por casualidad, sabría que suelo llevar siempre los labios pintados de rojo; por la cantidad industrial de tiritas intuiría que soy muy torpe y que me hago heridas cada dos por tres; gracias al libro que siempre me acompaña, sabría que para mí un libro a veces es la mejor compañía y que no me gusta malgastar el tiempo mientras hago cola en algún lugar. Gracias a los cientos de pinzas y gomas del pelo, sabría que lo tengo largo y que cuando hace calor me lo tengo que recoger porque me agobia. Si rebusca entre las canciones del iPod verá que me gusta el rock; y si encuentra mis llaves, deducirá que me encantan los llaveros gigantes y que los tengo para encontrar las llaves más fácilmente dentro del caos que es el interior de mi bolso. Quizá pensara todo esto o quizá solo viera un puñado de tiritas, demasiadas gomas del pelo y un libro excesivamente grande como para cargar con él todo el día.

Pero Laurent sí que supo entender el significado de todas las cosas que contenía aquel bolso lila. Puede ser que a ratos necesitara la ayuda de su hija, sí, pero poco a poco fue capaz de descifrar quién era esa mujer tan misteriosa.

Antoine Laurain, escritor francés, nos hace cómplices, con su prosa delicada, de una preciosa historia de amor. Pero no se trata de una historia de amor al uso; no puede serlo. Laurent se enamorará de una persona que él mismo formará en su cabeza a través de todos los objetos que contiene el bolso. No ha visto jamás a Laure. No sabe cómo se llama, dónde vive, en qué trabaja. Solo sabe que la tiene que encontrar. Cueste lo que cueste. Aun así se siente un poco violento cada vez que revisa las cosas de esa desconocida. Laurent resume esta situación con una cita de Sacha Guitri: “mirar a alguien que duerme es como leer una carta dirigida a otro”.

En sus pocas páginas se resume la historia de la valentía y de la persistencia de un hombre que es capaz de lo que sea por lograr sus objetivos. Ya lo demostró hace años, cuando dejó su desmesuradamente remunerado trabajo como banquero para trabajar de librero. Él sabe que lo importante de la vida está en las cosas pequeñas. Que si una puerta se cierra, se abre un ventanal; que todo es posible si uno tiene la esperanza suficiente.

No sé si alguien podría llegar a conocerme por el interior de mi bolso. No sé si quiera si me lo devolverían si lo pierdo. Pero sé que si alguien encontrara La mujer de la libreta roja dentro de él, sabría que me encantan las novelas que te roban un trocito de corazón cuando las lees y que de dejan con una sonrisa de oreja a oreja cuando las terminas.

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Mater familias, de Lindsey Davis

Mater familias

Mater familiasNo sé qué tiene el mundo de la Antigua Roma que me fascina tanto. Será la belleza de su contexto o la solemnidad con la que vivían el día a día. Tanto llegó a apasionarme, que cuando tuve que decidir qué asignaturas cursar en bachillerato, no dudé ni por un segundo que una de ellas iba a ser Latín. Mi curiosidad por esta época también se pone de manifiesto en el hecho de que, a punto de terminar la carrera de Derecho, no se me ha ocurrido una idea mejor que enfrascarme en un trabajo de fin de grado de Derecho Romano (puedo ver a todos los que hayan estudiado mi carrera echándose las manos a la cabeza). En realidad, creo que lo que más me asombra es el misticismo oculto detrás de los dioses que veneraban; ese politeísmo cargado de mitología e historias fascinantes que hacen que siempre quiera saber más sobre aquella época. Pero, aunque me guste tanto la Antigua Roma, tengo que confesar que nunca había leído una novela que la tuviera como contexto. Sí que me he topado con unos cuantos libros sobre mitología, pero jamás uno que tuviera el formato de novela. Así que me daba un poco de miedo enfrentarme a este libro, ya que yo no soy mucho de novela histórica y no sabía si iba a ser capaz de apreciar esta obra; pero Lindsey Davis me lo ha puesto muy fácil y ha hecho que me enganchara desde el principio hasta el final. Y ahora voy a intentar resumir el porqué:

Mater familias es el tercer libro de la trilogía sobre Flavia Albia, una incesante investigadora que lleva, además, una empresa de subastas junto con su padre, al que ya conocimos en otra saga anterior de la misma autora. Tengo que hacer otra confesión al respecto (esto va a parecer un confesionario al final): no había leído ningún libro de Lindsey Davis hasta ahora; por lo que esta era la primera vez que tenía noticias de Flavia Albia. Aunque estoy segura de que me he perdido muchas cosas, eso no ha sido inconveniente para seguir el hilo de la historia; por lo que si no habéis leído las entregas anteriores y os apetece mucho iniciaros en el mundo de Flavia y no queréis empezar desde el principio… no vais a tener el menor problema en seguir la historia.

En este tomo, el padre de Flavia tiene que salir de viaje y la deja al frente del negocio. Cuando Flavia se dispone a organizar la próxima subasta, descubre que dentro de uno de los arcones que pondrá a la venta hay un cadáver de una persona desconocida. Este hecho puede ensuciar el nombre de la empresa que regenta con su padre, por lo que su espíritu de investigadora ve en ello la excusa perfecta para ponerse manos a la obra y descubrir quién es la persona que está dentro de su arcón y quién se ha atrevido a ponerla ahí. Además, por si Flavia no tuviera suficiente trabajo, Manlio Fausto, un edil romano muy amigo suyo, acude donde ella para pedirle un pequeño favor: un conocido de Manlio se va a presentar a magistrado y necesita que Flavia investigue a todos sus oponentes políticos para saber qué estrategia seguir en la campaña. Así, Flavia irá surcando las páginas del libro entre dos investigaciones: la horrible muerte del señor desconocido y los tejemanejes de las personas más importantes e influyentes de la época.

No olvidemos que Flavia Albia no deja de ser una mujer en la Antigua Roma, con todos los vetos y hándicaps que eso suponía. No estaba bien visto que una mujer regentara una empresa de tal envergadura, aunque fuera al lado de su padre. El patriarcado se imponía en cada esquina y el que una mujer pensara siquiera en salir de las labores domésticas, era motivo suficiente para que su marido se avergonzara. Pero Flavia, en este sentido, cuenta con una ventaja: ella es viuda. Su marido falleció hace poco tiempo, lo que la obligó a salir adelante y le permitió perseguir sus sueños. No hay mal que por bien no venga, dicen.

Me ha llamado muchísimo la atención el registro que usa Lindsey Davis para narrarnos la historia. Flavia habla como si fuera una joven del siglo XXI, usando la ironía y las palabras que hoy en día podríamos utilizar. Hay momentos en los que hace que te olvides de que estás leyendo una historia sobre la Antigua Roma, lo que todavía no sé si es bueno o malo; imagino que dependerá de los gustos personales de cada uno. Como decía al principio, yo no soy de novela histórica, por lo que a mí este hecho me ha ayudado bastante. Creo que le aporta frescura a un libro que, de otra manera, hubiera sido un poco neutro. Lindsey Davis rompe con la idea de que para hacer una novela histórica hay que ser un poco pedante. Con ella, se acabaron los palabrejos antiguos y extraños que hacen que la historia pierda su ritmo si no estás acostumbrado a ellos; con ella, descubriremos personajes que bien podrían estar sacados de una Roma actual y que nos ayudarán a meternos mucho más fácilmente en la historia.

Este libro tiene una doble ventaja: atrapará a los fanáticos de la novela negra (como yo) y a los que busquen una historia basada en la Antigua Roma. Esta Lindsey Davis sabía lo que se hacía cuando comenzó a escribir la historia del padre de Flavia Albia. Y visto lo visto, creo que voy a hacer las cosas bien (aunque sea tarde) y voy a empezar la saga desde el principio, como tiene que ser.

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Un verano en la Provenza, de Olivia Ardey

Un verano en la Provenza

Un verano en la ProvenzaOs voy a hablar un poco de mí. Me considero una persona bastante concienzuda a la hora de elegir un libro. Suelo recorrer las librerías al menos una vez a la semana, echar un vistazo frecuentemente a todos los boletines de novedades de las editoriales, leer y releer blogs de reseñas y visitar los canales de mis booktubers favoritos. Así, poco a poco, me voy haciendo una idea de lo que quiero leer y cuándo. Normalmente, cuando compro un libro escojo alguno de los que aparece en mi lista de “pendientes” —lista que es como la hydra de mitología griega: por un libro que tacho, aparecen tres nuevos—¸ así voy rellenando meticulosamente mi biblioteca personal.

Pero hay veces en las que llega un libro inesperado. Ya sea en una librería, en un rastrillo o a través de una página web. Un libro que hace que te enamores de su portada, del resumen o del epílogo que lees por encima. Y ese libro inesperado hace que te olvides de tu lista, de tus prioridades y del orden preestablecido. Llega y te dice: “añádeme a tu biblioteca”. Y tú no puedes más que hacerle caso y llevártelo a casa. Algo así me pasó con Un verano en la Provenza. Dicen que no hay que juzgar a un libro por su portada, pero… seamos honestos, no me podréis negar que tiene una portada preciosa, con unos colores que invitan a sentarse debajo de la sombra de un gran árbol, en un día soleado de verano, con un gran refresco a nuestro lado y con el piar de los pájaros como única compañía. Yo he tenido suerte y podido leer el libro exactamente como os acabo de describir, disfrutando de cada página que iba pasando y desconectando del trabajo y los exámenes que se acercan peligrosamente; y ya, solo por eso, me alegro de haberme dejado llevar por el impulso, aunque sea por una vez.

Este libro habla de Monique, una periodista parisina cuyo mundo perfecto e ideal se viene abajo cuando un paparazzi le hace unas fotos comprometidas y las publica en todos los medios franceses. Movida por la angustia y la vergüenza, decide irse una temporada a la Provenza, a la casa de su tía, donde pasó todos los veranos de su infancia. Allí se reencontrará con viejos conocidos y con amores a duras penas olvidados, que harán que Monique se replantee su modo de vida y ordene su lista de prioridades. Pero también encontrará una nueva motivación: en un cajón desahuciado hallará un diario escrito por la antigua dueña de la casa. Entre sus páginas, ya roídas y amarillentas por el paso del tiempo, descubrirá una historia de amor sucedida entre bombas y cámaras de gas, cuyo fruto fue una preciosa niña que vivió avergonzada por haber nacido del amor entre una francesa y un alemán. Esta historia, desgarradora a ratos, le servirá a Monique de inspiración para lanzarse a escribir su primera novela.

Un verano en la Provenza es un libro sencillo, que se lee rápido y con avidez. A momentos tierno y a momentos erótico y salvaje, es ideal para dejarse llevar por las campiñas francesas y desconectar del mundo frenético en el que vivimos. Dicho en otras palabras, sirve para echar el freno;  para parar, respirar y olvidarse de todo. Olivia Ardey, de origen germano, ya es experta en esto: lo demostró en Dama de tréboles y Regálame París, donde el amor y el romance eran los ingredientes principales.

No sé si sigo siendo partidaria de que no se debe juzgar un libro por su portada o no, pero está claro que con este he acertado. Y, aunque este verano no me haya podido ir de vacaciones y nunca haya estado en la Provenza, Olivia Ardey ha conseguido transportarme a los campos de lavanda, donde los colores lila y celeste, como en la portada, son los protagonistas.

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De qué hablamos cuando hablamos de amor, de Raymond Carver

De qué hablamos cuando hablamos de amor

De qué hablamos cuando hablamos de amorVoy a empezar esta reseña con una pregunta aparentemente sencilla: ¿cómo definirías tú el amor?

Desde que leí este libro estoy intentando encontrar una canción o un poema que resuelva esa incógnita, ya que creo que por mí misma no voy a ser capaz de hacerlo. Pensé en “Every breath you take”, pero desde que Sting confesó que era una canción que hablaba sobre el acoso, la tuve que tachar de mi lista de canciones románticas. Luego pensé en “November rain” y su asfixiante solo de guitarra… pero al escuchar con detenimiento la letra me di cuenta de que en realidad es una historia de desamor —y tremendamente triste, por cierto—. Así que ya solo me quedaba “Can’t help falling in love with you”, de mi idolatrado Elvis. Quizá es la que más se acerca a lo que yo estoy buscando. Para mí, el amor es eso: algo que llega sin ser buscado, que fluye desde dentro como un río que busca su inevitable conclusión, su muerte en el mar. Es buscar un sentido a algo que ni si quiera sé que existe. Conducir a doscientos por hora directa hacia un muro, aun sabiendo el desenlace. Respirar a otra persona hasta que dos se convierten en uno.

En De qué hablamos cuando hablamos de amor vemos que lo que se puede sentir por un amante, también es amor. Que el sentimiento de un chico por una chica que le podría llevar a cometer locuras atroces con tal de tenerla, también es amor. Y que el marido que pega a su esposa, se resguarda en la excusa de que la ama. Raymond Carver analiza en diecisiete breves relatos los diferentes tipos de amor que existen, arrebatándonos a la fuerza la idea de que solo existe una manera de querer. ¿Por qué un tipo es más válido que otro? ¿Por qué algunos están mejor vistos que los demás? Y, lo más importante, ¿DÓNDE NARICES ESTÁ EL LÍMITE DEL AMOR?

Pero, ¿qué hay de la canción de Sting o la de los Guns? ¿No son otro tipo de amor? Igual de válido podríamos decir que es el amor no correspondido, el idílico sin final feliz, el que te rompe en pedazos. Igual de válido es el que te hace perseguir a una persona hasta la asfixia, a sabiendas de que esa persona quiere, necesita, respirar. Porque desde luego, la mujer infiel te dirá que quiere a su amante y el hombre maltratador te dirá que pega a su mujer porque la ama. Entonces, ¿es cierto lo que dicen? ¿eso de que en el amor y en la guerra todo vale? Obviamente, la respuesta es NO. Pero Carver nos muestra varios ejemplos que nos harán pensar en ello y darle unas cuantas vueltas en nuestra cabeza. Nos cuela en la vida de parejas que se aman, que se odian, que son infieles, que matan, que desearían estar con la pareja de su mejor amigo, que no se arrepienten de despertarse a diario al lado de la misma persona, que harían cualquier cosa por amor.

Ahora bien, volviendo al principio de la reseña, ¿podrías definir en este momento el amor? ¿podrías hacerlo después de haber leído estas palabras? Sin dudar ni un solo segundo de tu inteligencia, estoy convencida de que no serías capaz de hacerlo incluso habiendo leído este magnífico libro. Carver, como era de esperar, no nos va a dar la respuesta, pero será bonito que lo intentes.

Yo, desde luego, no soy capaz de encontrar una definición. Pero sí sé reconocer el amor: para mí es un momento. Un flechazo determinado. Puedo sentir decenas de tipos de amor al mismo tiempo y creo que, en mi caso, todos serían válidos. Siento amor por mi pareja, por mi familia, por mi perra, por mi profesión, por mis libros, por la manera en la que me siento cuando escribo, por cómo soy cuando soy feliz, al notar cómo entra el aire en mis pulmones cuando estoy en mitad de un bosque, o al sentir la falta ardiente de oxígeno cuando estoy en la inmensidad del océano buceando.

Amor. En sus cuatro letras caben infinidad de momentos. No sé si habrás sido capaz de definirlo (si es así, me encantaría que lo compartieras con todos), pero de lo que sí estoy segura es de que, leyendo estas palabras, te has imaginado a ti mismo pensando en qué hablamos cuando hablamos de amor.

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