
Muerte de tinta, de Cornelia Funke
Abrir un libro debe convertirse, siempre, en algo distinto a todo lo que llevamos vivido hasta el momento. Sólo así puede entenderse la verdadera naturaleza de un lector que, ávido por nuevas experiencias, abre un libro tras otro buscando algún mensaje oculto y que le lleve a meterse en la historia como si no hubiera nada más en este mundo. Algo así, en una especie de locura transitoria – pero de las agradables – es lo que me sucede cada vez que abro un libro de Cornelia Funke. No sé por qué, no sé las razones que me llevan a ella, pero el caso es que, como si fuera una invitada a la que yo abro las puertas de mi casa siempre que lo desee y no reparo en agasajarla con todo lo que esté en mi mano. Y es curioso porque, en realidad, es al revés. Es ella, con sus historias, la que consigue llenarme de regalos que, tras muchos años, he ido acumulando como si de tesoros enjaulados se tratasen. Pero si alguna historia ha cautivado al joven lector que llevo dentro y convertido los libros en un placer absoluto, sin duda alguna es su trilogía más famosa, que termina aquí con Muerte de tinta que augura algo trágico, pero a la vez emocionante y que sólo quien lo lee sabe que no podía ser mejor, no podría encontrarse un mundo tan apasionante por mucho que lo intentara. Vivir en los libros, dicen, es como si todo un nuevo universo se desplegara ante nosotros y pudiéramos olvidarnos de la realidad. No se trata de viajes a mundos paralelos, o quizá sí, puede que en este mundo de la literatura, consista precisamente en contenernos a todos en una especie de realidad distinta para que sepamos que, más allá de lo que conocemos, existe algo más que podemos hacer nuestro.






