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El hombre que plantaba árboles

el hombre que plantaba árboles

El hombre que plantaba árboles, de Jean Giono

el hombre que plantaba árbolesLo sencillo. Eso que olvidamos, pero que está ahí. Lo que espera a que nos demos cuenta. Una palabra, una historia, un cuento convertido en realidad. Lo sencillo. Que se pega a nuestro cuerpo y no nos abandona. Pero a lo que no hacemos caso. Miramos para otro lado, nos complicamos la existencia, nos absorben las preocupaciones. Y nos quejamos, nos preocupamos, es decir, nos ocupamos antes de tiempo, antes de que haya sucedido nada, como si nos importara más el mañana que el hoy. Lo sencillo. Que avanza a paso lento, pero que avanza. A lo que no echamos una pequeña mirada, al detalle más nimio, a lo que de verdad cuenta. Un simple color, un sonido apenas audible, una letra que unida a otras forman un cuento. El hombre que plantaba árboles es lo sencillo, construido de tal forma que se convierte en algo delicioso, en un manjar que se saborea, que termina rápido, pero que en realidad permanece mucho, quizá todo, durante tanto tiempo que es de visita obligada una segunda, puede que una tercera, y también una cuarta vez. Es lo sencillo, eso que importa, lo que recuerda a viajes pasados, lo que nos descubre que no hacen falta grandes aspavientos para convertir algo en enorme, en vivo, en respiración entre tanta contaminación, en lo claro que aparece después de la oscuridad. Es lo simple, lo que se encuentra agazapado, lo que devuelve la sonrisa, quizá la esperanza perdida, ese camino que nos lleva a un final que saludamos con una sonrisa, con media sonrisa, con la sonrisa pícara de un niño que ha disfrutado con el juego, que ha sabido pasárselo bien. Es lo sencillo, lo que importa, lo que de verdad se queda. Es así, esto es así, como la vida que cuelga, que se balancea, pero que no se disipa nunca, agarrándose a nosotros como si no hubiera nada más importante.

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Un rey sin diversión

Un rey sin diversión

Un rey sin diversión, de Jean Giono

Un rey sin diversión

Un “thriller poético-metafísico” en el que el crimen se resuelve muy pronto y, sin embargo, los misterios permanecen velados después de concluida la lectura.

Cuando leo un libro siempre trato de informarme acerca de la biografía de un autor o de la época o el ambiente en el que vivió y trabajó; en la mayoría de los casos se trata de simple curiosidad pero en otros, como sucede con Jean Giono, puede  llegar a ser muy esclarecedor, pues su experiencia vital y los paisajes de su infancia están presentes en cada rincón de sus textos.

Jean Giono nació en Manosque, enla Alta Provenza, en 1895, en el seno de una familia muy humilde, tanto que solo pudieron dejarle en herencia el idealismo soñador y utópico de un padre anarquista y el amor por las cosas sencillas de una madre abnegada y trabajadora.

En 1915 vivió el horror indescriptible de las trincheras de Verdún y, al finalizar el conflicto, se convirtió en un activista de la paz conmovido, como tantos otros contemporáneos, por la traumática experiencia: “Nadie nos consolará de aquella guerra”, afirmaba.

Pronto se hizo evidente que no iba a ser fácil acabar con las guerras y en el 39, a pesar de sus convicciones, se alistó de nuevo, pero fue detenido por su militancia pacifista y desmovilizado.  Como no pudo combatir a los alemanes, terminada la guerra le detuvieron de nuevo, esta vez acusado de colaboracionismo con el régimen de Vichy —él, que había arriesgado su vida ayudando a judíos huidos y cuya obra había sido prohibida por los nazis— y fue expulsado del Comité Nacional de Escritores, lo que en la práctica equivalía a la prohibición de publicar.

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