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El pianista, de Manuel Vázquez Montalbán

El pianista

El pianistaEsta es mi primera lectura de Manuel Vázquez Montalbán. Aparte de ser el creador del detective Pepe Carvalho, no sabía nada más de este autor y, tras haber leído El pianista, me da hasta vergüenza confesarlo. Porque ahora tengo claro que es un intelectual indispensable para entender la sociedad española del último siglo.

El pianista, publicada por primera vez en los años ochenta, es la primera de la trilogía que Vázquez Montalbán denominó «ética de la resistencia», que se completa con las obras Galíndez (1990) y Autobiografía del general Franco (1992), y que gira en torno a la memoria y el olvido, tanto en el ámbito individual como en el colectivo, mucho antes de que este tema cobrara protagonismo en las esferas públicas y políticas.

Vázquez Montalbán pasa de la historia de unos jóvenes desencantados en los primeros tiempos de la transición española a la de unos vecinos que tratan de sobrevivir a las carencias de los años cuarenta, para hablarnos de aquellos que fueron vencidos y callados por la historia. Estas dos primeras partes transcurren en el barrio del Raval, en Barcelona, en el que el propio autor se crió, mientras que la tercera parte sucede en el París de 1936, el paraíso prometido de la vanguardia española. Todas ellas tienen una potente carga autobiográfica y son el homenaje que Vázquez Montalbán hace a la generación de sus padres, republicanos de izquierdas que defendieron sus valores por encima del beneficio personal. Pero El pianista es mucho más que unas historias de tres épocas distintas unidas por el personaje de Rosell, cuya profesión da nombre a la novela; es el retrato del vínculo existente entre esas tres etapas, ya que el presente siempre nace de un pasado que se rememora o se intenta olvidar, y fantasea con un futuro, a veces con el deseo de que sea mejor y, otras veces, ni siquiera con esa esperanza.

«Cada barrio debería tener un poeta y un cronista, al menos, para que dentro de muchos años, en unos museos especiales, las gentes pudieran revivir por medio de la memoria». Esta es mi frase favorita de la novela y su esencia misma, pues El pianista es un collage de personajes de diferentes clases sociales y aspiraciones; anécdotas reales confundidas entre las ficticias; canciones populares, tanto de España como de Francia; párrafos de artículos de revistas, anuncios y periódicos; reflexiones sociales, políticas e históricas; conformismos y luchas interiores. No cabe duda de que el calificativo de «escritor enciclopedista», con el que se denomina a Vázquez Montalbán en el extenso prólogo de la edición de Cátedra, es más que adecuado.

En definitiva, tres momentos de nuestra historia contados desde la perspectiva de aquellos que nunca pudieron hablar o a los que nunca se les escuchó. Vázquez Montalbán es el cronista que merecía el Raval y tantos otros barrios olvidados, y El pianista es una mirada certera y crítica de lo que fuimos, de lo que somos y de lo que seremos, gracias a la memoria y a pesar del olvido.

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Asesinato en el Comité Central, de Manuel Vázquez Montalbán

Asesinato en el Comité Central

asesinato-en-el-comité-centralLa moda siempre vuelve, los vinilos nunca se han terminado de ir, el Atlético regresa cada diez años para llevarse algún doblete; la Historia es cíclica y desentierra continuamente sus tesoros más o menos relucientes, y por eso Pepe Carvalho está entre nosotros de nuevo. Cuatro de sus novelas han llegado en tropel a las librerías en enero como novedades, reeditadas por Booket, con su dosis inagotable de gastronomía, política, espías y noir, y es la oportunidad para que aquellos que llevan años oyendo hablar de la influencia de Carvalho en la novela negra actual puedan hincarle el diente, nunca mejor dicho en este caso.
En medio de una crisis de identidad, el Partido Comunista de España afronta un Comité Central de lo más tenso: el partido ha sido capaz de aglutinar gran parte del descontento social pero ha fallado a la hora de convertir ese apoyo en votos. Las luchas internas se recrudecen: los partidarios acérrimos de la URSS, grandes dirigentes históricos, se mantienen firmes en sus posiciones ideológicas, mientras que una nueva hornada de dirigentes apoya la apertura de miras. ¿Les suena familiar? ¿Quizá les recuerda a la tesitura actual de algún partido? En efecto, la Historia, esta vez en forma de ficción, también se empeña en ponernos delante espejos en los que mirarnos. Asesinato en el Comité Central, de Manuel Vázquez Montalbán, se me antoja como una lectura perfecta para este momento concreto.
Esperemos, no obstante, que la sangre de nuestro tiempo no llegue al río. En la novela, el secretario general del PCE es asesinado durante un apagón en el Comité. Nadie ha entrado en la sala mientras la luz permanecía apagada, el asesino tiene que ser uno de los suyos, pero nadie se atreve a señalar a ningún sospechoso. Frente al detective Fonseca, con un amplio pasado como represor franquista, puesto al mando de la investigación oficial por el Gobierno, el Partido contrata a Pepe Carvalho, investigador privado, antiguo militante comunista.
Gourmet, donjuán, deslenguado… desde el año 1981 (fecha de la publicación original) hasta ahora Carvalho ha envejecido bien en algunos aspectos y menos bien en otros. Vamos por partes. La gastronomía, siempre presente, sigue resultando uno de los puntos más interesantes del libro. Carvalho deja su querida Barcelona para adentrarse en un Madrid tenso, entre pistoleros filofascistas, agentes de la CIA… pero eso no le quita el hambre ni la sed. Come fuera, mucho (Lhardy, La Gran Tasca), pero también encuentra cocinas en las que preparar alguno de sus propios platos. Dan ganas de desconectar la wifi por un rato y lanzarse al intento de replicar las recetas del investigador.
El reparto también sigue siendo un acierto. La mayoría hemos olvidado ya (o nunca hemos conocido) a los personajes reales con los que más o menos se podían identificar los imaginados por Vázquez Montalbán. Quien quiera puede jugar todavía a hacerlo, pero en este sentido el texto gana con el tiempo, ya que permite distanciarse de aquel “quién es quién” y apreciar el retrato de cada personaje tal cual es. Las referencias históricas están muy bien trabajadas, el entramado ideológico detrás de cada uno de los protagonistas es un acierto, y un buen análisis del comunismo en clave de ficción nunca pasa de moda. En medio de todo ello, consigue el autor hacer correr una trama divertida, entretenida, nunca falta de ritmo, sin perder de vista la reflexión ideológica. Pero tampoco queda como un alarde de intriga. En el fondo, después de hacer al protagonista pasarlas canutas por Madrid perseguido por unos y por otros, la resolución del asesinato es bastante simple, y deja más el poso de una novela de aventuras al estilo 007 que de un complot perfectamente estructurado.
Aparte de esto último, entre lo que quizá no haya soportado tan bien el paso del tiempo también podríamos citar al propio Carvalho. Tiene lectores acérrimos, lo sé, y es un personaje singular, casi diría que único en nuestra literatura, pero quizá a otros les pueda resultar indigesto a alguno a estas alturas. Excesivo siempre con sus vicios, la comida y las mujeres, siempre por encima del bien y del mal, representa un tipo de detective un poco pasado de moda.
Pero la moda, ya lo decía en la primera línea, siempre vuelve. Y lo ha hecho para quedarse Carvalho.