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El show de Gary, de Nell Leyshon

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el-show-de-gary¿Cuántas veces hacemos balance de nuestra vida? ¿De qué manera somos capaces de establecer el inicio y el final de toda una existencia? Y, poniéndonos más metafísicos, ¿cómo podemos resumir aquello que parece inabarcable? Las personas, los seres humanos, aquellos que caminamos por la vida observando a los demás y a nosotros mismos, analizamos la vida, la desintegramos en pequeñas partículas, y después, cuando cada eslabón de la cadena está donde debiera estar, creamos un esquema general de aquello que hemos vivido. En nuestra mano está pensar si ha sido todo un camino de rosas o una auténtica mierda. No hay medias tintas. Y además, ninguno de nosotros quiere pasar sin pena ni gloria, atravesando todo lo que sucede como si estuviéramos en un punto intermedio, en una zona gris donde nada nos toca. Queremos sentir, ese es el resumen. Las biografías, sean ficticias o reales, nos enseñan que toda una vida puede ser absurda, pero importantes para quien las ha vivido. Así que ahora os va a tocar conocer a Gary de la mano de Nell Leyshon, un hombre que lo pudo tener todo, que se aferró a los bolsillos de los demás para robarles, y que decidió, en un momento determinado, que vivir era casi lo mismo que esa imagen borrosa que deja el alcohol. Y es que las vidas nunca son fáciles, pero nadie dijo que no pudieran ser, al menos, interesantes.

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Del color de la leche

Del color de la leche

Del color de la leche, de Nell Leyshon

Del color de la lecheLa vida, si se disfruta a sorbos, puede reparar las heridas del pasado. Pero si la disfrutamos de golpe, bebiendo de su jugo como si nos encontráramos en un desierto, sufriremos el colapso que nuestros órganos no están preparados para soportar. A pequeños pasos, mientras crecemos, aprendemos esto a base de golpes, a base de darnos contra paredes imaginarias – otras ya más reales – que construyen un muro a nuestro alrededor que nos protege de lo que viene de fuera, pero también nos impide sacar lo bueno que tenemos. Es la paradoja ante la que nos enfrentamos muchas veces. Salimos y vivimos, o nos aseguramos en nuestro pequeño blindaje. Del color de la leche puede que no sea un muro, pero lo parece, cuando vamos viendo cómo Mary, la joven protagonista, nos narra su vida hasta el final, hasta ese punto que hace que la novela termine, pero que deja el poso necesario para que sepamos que en nuestro pequeño refugio seremos seres inviolables. La realidad, empecinada en entrar por las grietas, hace que los sueños sean sólo eso, sueños, de una forma un tanto gris, casi diría que negra entera, mientras el muro cae, mientras ya todo nos atrapa y nos remueve. Así es como el tiempo, con sus agujas como cuchillos, va pasando y nos damos cuenta de lo perdidos que estamos en un entramado de sensaciones que, al no ser dueños reales de ellas, nos convierte en pequeños títeres, en marionetas manejadas por hilos invisibles, en muñecos de trapo al que ponen voz y dejan en silencio, después, cuando ya han cumplido su papel. Seremos libres, alguna vez, aunque nosotros no seamos conscientes ni tengamos la edad suficiente para verlo. Como Mary, como todos.

Mary es enviada a trabajar a una casa a trabajar como criada, cuidando a la mujer del vicario. Ella tiene el pelo del color de la leche, y es diferente. Aprenderá allí todo lo que le habían impedido: a leer, a escapar de las sombras, a ser alguien importante, aunque junto con las luces venga otro tipo de muerte, que sólo podrá salvarla a través de la escritura.

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