
Nuestra señora de París 2, de Víctor Hugo
Ilustrado por Benjamin Lacombe
Un clásico que nos hace entender que el drama tiene cierta belleza en su interior
La imagen que se forma en la cabeza de uno cuando trata de describir un clásico, siempre lo he dicho, es la de un pequeño galimatías que se convierte en una cuesta difícil de subir. Uno encuentra la vivencia de los clásicos como algo inmenso y, quizá por ello, complica más la existencia a quien intenta hablar de ellos. Nuestra señora de París es algo así como una gran construcción que respira a través de su edificación, a través de las paredes que contuvieron el drama de dos personajes que son repudiados, a los que la vida sólo les trajo infortunios y gran pesar. Y es por ello por lo que a mí se me encadena un pequeño nudo en la garganta que, poco tiempo después, agarrota mis dedos y los convierte en estatuas imposibles de moverse adecuadamente. ¿Cómo hablaré de una historia como esta sin caer en el más absoluto de los absurdos, encadenando palabras que son una y otra vez remaches de otras prendas, de otras palabras ya utilizadas, de otras visiones de la misma obra que pueblan la red y las mentes de muchos de vosotros? Así que, después de conseguir la calma necesaria para ponerme a escribir, me mantengo alerta, miro dentro de mí y empiezo a escribir una reseña que habla de una obra grande, y lo que significa para una persona pequeña como yo, que es uno más entre muchos de los seres humanos que pueblan un mundo que tuvo la suerte de tener, entre sus obras, la que me ocupa ahora y hace que mi corazón se pare en algunas ocasiones.




