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Carmen, de Prosper Mérimée y Benjamin Lacombe

Carmen

CarmenCarmen no necesita presentación. El personaje creado por Prosper Mérimée en el siglo XIX se ha convertido en un mito: es el arquetipo por excelencia de la mujer fatal. Tal y como recuerda el ilustrador francés Benjamin Lacombe en el prólogo de la reciente edición de Edelvives, la sombra de Carmen «puede percibirse en canciones de Stromae o Lana del Rey, en películas de Ernst Lubitsch, Christian-Jaque, Jean-Luc Godard o Peter Brook, y en los poemas de Théophile Gautier».

Añadiría que es también la protagonista de la copla Carmen de España, aunque la letra sea un claro desmarque de la denostada imagen del personaje de Mérimeé. Y lo hago porque a pesar de haber oído dicha canción muchas veces de pequeña, hasta ahora no me había dado cuenta de que aludía directamente a esta obra. No es la primera vez que me pasa. A veces conocemos ciertos personajes clásicos por mil referencias, pero en realidad la imagen que nos creamos es distorsionada, muy alejada de su verdadera esencia. Y para descubrirla no hay nada mejor que recurrir al texto original.

Eso es lo que he hecho yo con Carmen. Aunque reconozco que movida por las sublimes ilustraciones de Benjamin Lacombe. ¿Qué queréis? Lo mío con este ilustrador es fascinación absoluta y no podía resistirme a que esta preciosa edición presidiera mis estanterías, junto al resto de obras que tengo de él: Cuentos Macabros, de Poe, Nuestra señora de París, de Victor Hugo, y La sombra del Golem, de Éliette Abécassis. Y es que el tándem Benjamin Lacombe y Edelvives crea las ediciones más bellas que existen hoy en día en las librerías. Incluso me atrevería a decir que con Carmen han dado un paso más: desde el relieve de la mantilla, en la portada, hasta las siluetas reflejadas en cada inicio de capítulo son una auténtica maravilla.

Y el contenido no desmerece a semejante despliegue de edición. La obra de Prosper Mérimée se ha convertido en clásico por derecho, no tanto por la historia que cuenta (el pasional y destructivo amor entre Carmen, la cigarrera gitana, y don José, el soldado convertido en bandido), sino por el poderoso personaje protagonista. Es cierto que puede parecer que el relato de Mérimée peca de racista y machista en varios momentos: hace hincapié en la maldad de los gitanos y en cómo una mala mujer lleva a la ruina a un buen hombre. Pero más allá de la percepción de Mérimée sobre las costumbres calés y españolas, me parece interesante que Carmen también pueda entenderse como un personaje que echa abajo los tópicos, sobre todo, en su época: ejerce su libertad en todo momento, nunca se doblega a los deseos de los hombres. No seré yo quien afirme categóricamente qué valores transmite Carmen, porque traería cola, pero como decía un profesor que tuve en la universidad: si a unos les parece machista y a otros, feminista, es que no es ni una cosa ni la otra. Y eso demuestra la grandeza de este personaje, lleno de matices y profundidad.

El poder de seducción de Carmen no tiene límites, igual que las ilustraciones de Benjamin Lacombe. Así que os advierto que si miráis la portada de Edelvives tan solo unos segundos, os la tendréis que llevar a casa. Pero tranquilos, que nos os pasará como a don José. Seguro que acabaréis encantados de que se haya cruzado en vuestro camino.

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La sombra del Golem, de Éliette Abécassis y Benjamin Lacombe

la sombra del Golem

la sombra del GolemQuizá todo empezó con La mecánica del corazón. Las ilustraciones de un joven Benjamin Lacombe —tan tiernas y, a la vez, tan oscuras— casaron a la perfección con la historia de Mathias Malzieu. A muchos lectores nos recordó a los buenos tiempos de Tim Burton. Pero con el paso de los años, Benjamin Lacombe ha conseguido desmarcarse de esas comparaciones y ocupar un espacio propio. Por eso, ahora basta con que sus ilustraciones aparezcan en la portada de un libro para que este se convierta en el objeto del deseo de bibliófilas como yo.

Las magníficas ediciones de Edelvives de Cuentos macabros, de Edgar Allan Poe, y Nuestra señora de París, de Victor Hugo, ilustradas por Benjamin Lacombe, ocupan un sitio de honor en mis estanterías hace tiempo. Y al ver La sombra del Golem, escrito por Éliette Abécassis, pensé que sería un libro perfecto para hacerles compañía. Con los clásicos había ido sobre seguro: los había leído y disfrutado anteriormente. Pero ha sido una alegría comprobar que La sombra del Golem también me ha gustado por dentro tanto como por fuera. Y es que la historia que se narra en sus páginas es tan preciosa como las ilustraciones de Benjamin Lacombe que la acompañan.

Abécassis y Lacombe nos trasladan a la Praga de finales del siglo XVI. El emperador Rodolfo II, príncipe de la casa de los Habsburgo, gobierna un país que lucha desde hace años contra los protestantes, la ciencia, la alquimia y todo lo que esté relacionado de un modo u otro con los judíos. Estos viven recluidos en el gueto, pero el monje Tadeo, consejero del Rodolfo II, quiere expulsarlos del país de una vez por todas. Es entonces cuando Rabbi Yeouda Loew ben Bezalel, conocido como el Maharal de Praga, crea el Golem, una figura informe nacida de la tierra, el agua, el aire y el fuego. Se mueve como un títere a las órdenes de su creador, que lo utiliza para defender a los judíos de todos aquellos que pretenden hacerles daño. Y Zelmira, una niña de diez años, hija de alquimistas y testigo de estos increíbles acontecimientos, es quien nos los relata.

Éliette Abécassis y Benjamin Lacombe recrean la conocida leyenda judía que dio origen a la figura del Golem, un ser fantástico con gran influencia en la literatura, para hablarnos de ese convulso periodo en los países checos. Y entre realidad y fantasía, nos ofrecen una lectura filosófica sobre el significado y las consecuencias de la conciencia, la inteligencia, el amor y la libertad. Un cuento tan triste como esperanzador, que nos hace ver lo peor y lo mejor de los seres humanos.

Dicen que La sombra del Golem es una lectura recomendada para niños entre doce y catorce años, pero para mí los buenos libros no tienen edad. Menos aún uno como este, que transmite valores como la tolerancia (esa que no acabamos de interiorizar, por muchas veces que se repitan los hechos a lo largo de la Historia) y que, además, recupera un mito que hoy está en plena vigencia, pues plantea si es posible el dominio de la máquina sobre el hombre.

Por todo eso, La sombra del Golem ya luce en la primera línea de mi librería personal. Esta vez no solo quiero lucir su preciosa edición, sino que deseo que otros lectores sucumban al embrujo de su portada y se adentren en sus páginas. Así descubrirán que la verdadera belleza de este libro habita en el mensaje de su historia.

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Los girasoles ciegos, de Alberto Méndez y Gianluigi Toccafondo

los girasoles ciegos

los girasoles ciegosHay libros hermosos, en los que si nos ponemos a subrayar una frase que nos parece especial, esta puede convertirse en una línea continua de principio a fin. Pero cuando esos libros cuentan historias tristes, su lectura nos deja una sensación extraña. Su belleza nos inunda y su dolor nos vacía, y los terminamos hechos pedazos, tratando de recomponernos de esa implosión emocional. Eso me ha pasado a mí con Los girasoles ciegos, de Alberto Méndez.

A través de cuatro relatos interconectados —«1939, Primera derrota o si el corazón pesara dejaría de existir», «1940, Segunda derrota o el manuscrito encontrado en el olvido», «1941, Tercera derrota o el idioma de los muertos» y «1942, Cuarta derrota o los girasoles ciegos»—, el autor recorre el campo de batalla, las cárceles de los sentenciados a muerte, los escondites de los desaparecidos, las escuelas y las casas de una España que fingía que todo lo ocurrido en la guerra civil había caído en el olvido en cuanto la fusilería había dejado de resonar en las calles.

Alberto Méndez me ha oprimido el corazón con sus palabras vívidas y certeras, trasladándome a esa época y haciéndome sentir la desolación de los derrotados con toda su crudeza. Y los derrotados no son solamente los que perdieron la guerra. Esa es la perspectiva obvia, tantas veces vista; pero en este libro se dejan a un lado el blanco y el negro y se profundiza en los grises, única forma de retratar con autenticidad algo tan complejo como la naturaleza humana y la tragedia de una guerra. Porque el derrotado no siempre es víctima y el vencedor no siempre gana.

Los girasoles ciegos son cuatro formas de entender la derrota, cuatro maneras de morir en vida y, sobre todo, un lúcido retrato de un periodo y de una sociedad que, pese a los ochenta años transcurridos, a día de hoy aún no ha cerrado el proceso de duelo porque, desgraciadamente, este nunca llegó a existir. Por eso, y por la soberbia escritura y extrema sensibilidad de Alberto Méndez, esta lectura provoca un varapalo emocional. Y por si este no fuera suficiente, la edición especial de Edelvives complementa la obra con las ilustraciones de Gianluigi Toccafonda. Dotadas de una gran expresividad facial, incluso cuando opta por los trazos más toscos, plasman a la perfección el clima desolador de los relatos. Su magnífica propuesta artística se disfruta tanto como acompañamiento del texto como contemplándola de forma independiente.

Para mí, Los girasoles ciegos es una lectura indispensable y esta edición, una joya para cualquier biblioteca. No me cabe duda de que esta obra de Alberto Méndez será un clásico de la literatura española, si no lo es ya, aunque apenas hayan pasado trece años desde su publicación. Porque la atemporalidad de sus palabras, tan bellas y tan dolorosas, seguirán causando estragos en los corazones de los lectores por mucho tiempo que pase. Y es que no solo habla de una guerra, sino de todas; y no solo de un puñado de hombres derrotados, sino del sentimiento de pérdida que ha marcado y marcará tantas existencias.

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El pueblo durmiente, de Rébecca Dautremer

El pueblo durmiente

El pueblo durmienteSiempre he creído que los libros ilustrados eran para los coleccionistas, para los adictos a las ediciones muy elaboradas y cuidadas hasta el último detalle. Ahora me doy cuenta de que quizás no sea así. Es un privilegio poder leer un libro de un profesional que es artista y escritor al mismo tiempo y que cuida maravillosamente su obra para dedicársela a todos sus lectores. Es una forma de mostrar que en la literatura también pueden caber otras formas artísticas, como es la pintura, en este caso.

No sé qué fue lo primero que me llamó la atención de este cuento, aunque quizás fue su cubierta, tan cuidada y colorida. O quizás su sinopsis. Un príncipe que se encuentra junto a su sirviente frente a un pueblo cuyos habitantes llevan dormidos durante más de cien años. ¿A qué os suena esta historia?

Sí, la principal inspiración de Rébecca Dautremer para este cuento está en La Bella Durmiente (aunque también puede evocar, en ocasiones, al famoso El flautista de Hamelín). Sin embargo, al pasar cada una de las hojas de este libro, me di cuenta de que, entre estas obras, se encuentran más diferencias que similitudes entre ambas. Aunque en esta nos topamos igualmente con un encantamiento, un beso de amor verdadero y un príncipe, también descubrimos muchas otras referencias a la cultura popular. Esto me lleva a otro de los prejuicios que muchos tienen (y que yo misma tenía) con los libros ilustrados: que son solo para niños. Todos aquellos que piensen eso, se deberían dar cuenta de que están totalmente equivocados.

Además de que este tipo de cuentos e ilustraciones nos traslada a nuestra infancia, para soñar como cuando éramos pequeños, también nos hace darnos cuenta de que esconden muchas más cosas que un niño no es capaz de ver. En el caso de El pueblo durmiente, nos encontramos con varias referencias a la cultura popular francesa, pues las ilustraciones de este libro recuerdan a los tiempos de Toulouse-Lautrec y al barrio de Montmartre. El barrio, más conocido por alojar el Moulin Rouge y la Basílica del Sacré Coeur, era a finales del siglo XIX y a principios del siglo XX, el rincón de los mejores artistas de la ciudad, así como de la vida bohemia y alegre de los parisinos. Esas preciosas y típicas cafeterías que contaban y siguen contando, a pesar del paso de los años, historias por sí mismas. De esta forma, en este libro nos encontramos con algunos de esos hombres y algunas de esas mujeres que vivían ese estilo bohemio, con las ropas y los sombreros típicos, rodeados de la belleza de la música.

Todo esto, relatado y plasmado en una edición brillante, en tapa dura y de dimensiones enormes, es una gozada de leer. Además, es posible leerlo en menos de media hora, por su brevedad y la belleza de cada una de sus páginas. Da pena tener que “destrozar” el libro y arrancar algunas de sus páginas para enmarcarlas en casa, pero me ha dado tantas ganas… Sobre todo de la sensación que me produce mirarlas y recordar todo lo que significa París para mí, así como las historias mágicas como la que se encuentra en este cuento.

Tras la lectura de El pueblo durmiente, me encuentro más soñadora que nunca. Este libro no solo me ha transportado a las calles de París, concretamente al barrio de Montmartre, uno de mis rincones favoritos de lo que he visitado de Europa, sino que también me ha hecho soñar con las historias con finales felices. Esas historias increíbles en las que el príncipe (aunque también estaría bien introducir alguna princesa que salve al príncipe, para variar) conseguía arreglarlo todo solo con beso de amor verdadero. Qué inocente era en aquella época y qué feliz al mismo tiempo. Siempre es agradable recordar aquellos tiempos en los que pensábamos que no había problema imposible de solucionar y que no había finales infelices en la vida.

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Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll

Alicia en el país de las maravillas

Alicia en el país de las maravillasMe encantan las bibliotecas personales (¡oh, sorpresa!). Me gustan esas librerías caóticas, llenas de libros gastados, de  novedades, de clásicos, de poemarios, de cuentos y libros ilustrados. Una librería donde puedas encontrar de todo y a que a la vez sea capaz de reflejar el carácter de su dueño. Creo que si os dejara cotillear mi biblioteca particular podríais saber mucho de mí. Los libros también son el reflejo del alma, queridos.

En mi librería no falta Alicia en el país de las maravillas. Me gusta Alicia desde que tengo uso de razón. Claro que primero empezó a gustarme por aquella genial peli de Disney (no sé cuántas veces puedo haberla visto). Más tarde, cuando ya tenía una edad adecuada, pude disfrutar del libro. Sí, lo disfruté, porque Alicia en el país de las maravillas es una gozada. Se supone que es un libro escrito para un público juvenil, aunque, en mi humilde opinión, creo que para poder captar toda su esencia hay que leerlo ya de adulto. Lo mismo ocurre con El principito. Son libros para niños que sólo los adultos pueden entender plenamente. Creo que debe ser muy difícil escribir un libro que guste a niños y a adultos por igual. Yo no me veo capacitada (bastante tengo con lo mío), pero es algo digno de admiración, ¿no os parece?

Como os decía, Alicia en el país de las maravillas no falta entre mis libros, pero jamás he tenido una edición tan bonita como la que hoy os reseño. Queridos lectores: esta edición es arte, es una joya, es para ponerle un lazo y colgarla en un museo. Lo que hace que esta edición sea tan especial son las ilustraciones de Benjamin Lacombe. Probablemente os suene su nombre. Benjamin Lacombe es un ilustrador francés muy conocido y reconocido porque ha ilustrado muchos y variados libros de una forma espectacular: Nuestra Señora de París, Los amantes mariposa, Maria Antonieta… la lista es larga y tiene pinta de seguir aumentando (Lacombe es un auténtico filón). No soporto a la gente a la que deja de gustarle alguien porque se ha hecho muy famoso. ¿De qué vais, eh? No se puede ser tan Gollum: “mi tesoooroooo”. Si alguien es bueno, es normal que le guste a los demás. Es normal que se haga famoso y que tenga mucho éxito. Que os deje de gustar por eso es de idiotas, siento decirlo. Benjamin Lacombe es bueno, tiene un estilo muy personal que enseguida se reconoce y sus ilustraciones son pequeñas obras de arte. De verdad, a los que os guste Alicia en el país de las maravillas y os guste la ilustración tenéis que tener esta maravilla.

Aparte de las sugerentes ilustraciones de esta edición, el libro cuenta con la novela completa y varios anexos: un prefacio escrito por el propio Benjamin Lacombe, las cartas que Lewis Carroll escribía a Alice Liddell, (nuestra Alicia), y a otras niñas y unas notas sobre la traducción y las biografías de Carroll, Lacombe y Ramón Buckley, el traductor.

Personalmente, he disfrutado mucho con la sección de cartas. Las fotografías de Alice son preciosas, era una niña realmente adorable. También aparece la foto que Carroll tomó de Béatrice Henley y que entregó al primer ilustrador (John Tenniel) para que la tomase como referencia para dibujar a Alicia. La correspondencia entre Carroll y Alice es inquietante, para qué lo vamos a negar. Las cartas que aparecen en esta edición son cartas que él le escribía cuando Alice ya tenía veintitantos años. En una de ellas podemos leer cómo le pide permiso para publicar en edición facsímil el manuscrito original de Las aventuras de Alicia, que conservaba la joven. El caso es que Carroll seguía tomando a Alice porque aquella niña a la que él escribió el famoso cuento. También es extraño leer las cartas que les escribía a las otras niñas. Mucho se ha hablado de este tema. Como realmente no sé nada más allá de estas cartas, prefiero quedarme con la parte bonita: una extravagante amistad que desencadenó en uno de mis libros preferidos y que hoy puedo disfrutar como si de una obra de arte se tratara.

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Novedades infantiles 26

olivia shakespeare

Novedades infantiles 26

Novedades infantilesDescubro, con satisfacción, autores cada día. Y digo cada día porque siempre, no hay un momento que no lo haga, tengo un libro entre las manos y acabo cayendo en su influjo como si fuera una especie de conjuro que me hace abrir las páginas y leer. Leer casi hasta el cansancio. Pero es que así son las adicciones – las buenas, se entiende – y la literatura es uno de esos conceptos a los que yo siempre vuelvo para poder disfrutar de un rato para mí mismo. Hoy es uno de esos momentos en los que, a pesar de ya haber tenido noticias de una autora hace un tiempo, vuelvo a ella desde otro punto de vista, con una historia para jóvenes que me ha parecido soberbia, tanto que no podía dejar pasar esta oportunidad que se me ofrece para que todos lo conozcáis. Ella lo vale, la historia también y sobre todo, por si no había quedado claro, la oportunidad de que un libro toque una fibra que pocas veces toca.

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Clásicos infantiles 24

mowgli

Clásicos infantiles 24

clasicos infantilesHace ya un tiempo, cuando esta sección infantil empezaba a formar parte en mi cabeza, pensaba en cómo podía organizar aquellos libros infantiles que se me antojaban una delicia y que habían tocado esa pequeña fibra que, de haber sido yo un niño, me hubieran dejado con los ojos como platos y a punto de desfallecer de la emoción. Ahora, cuando ya hace unos dos años – más o menos – que sigo aquí escribiendo, se me viene a la cabeza que siempre tuve claro que una sección de clásicos infantiles no podía faltar porque, al igual que los niños de ahora, yo también lo fui en su día y algunas historias, algunos textos, han permanecido con nosotros, compartiéndolos, desde que yo tenía tres años hasta los que ahora, ya como tío, tiene mi sobrino que es el que me guía en las lecturas que, hoy en día, gustan a los más pequeños.

Una de esas historias vuelve con fuerza renovada en esta edición de Edelvives como si fuera la primera vez que la tengo entre manos y puedo disfrutar de ella. Sabed que yo, en numerosas ocasiones, soy vehemente en mis recomendaciones, pero que en este caso la vehemencia no hace otra cosa que seguir las reglas de la necesidad porque, ¿quién puede resistirse a esa portada? ¿quién, una vez abierto el libro, no puede tener ganas de llevarse a casa este Mowgli que parece una obra de arte? ¿quién, cuando lo tenga ya en su casa, no podrá estar de acuerdo conmigo en que como compañero de viajes, como compañero de fatigas y de momentos de descanso cuando el ajetreo aprieta, este no es un libro perfecto? Pero no nos olvidemos – la vehemencia hace a veces que pierda el norte – que estamos aquí por ellos, por los niños, que podrán disfrutar de esta joya, abriendo el libro, leyendo las aventuras que ya todos los adultos conocemos, y descubriendo por primera vez al niño de la selva, que creció entre los animales y que sigue llenando de sueños, generación tras generación, a los pequeños de la casa – y sí, de acuerdo, a los no tan pequeños -.

Si Rudyard Kipling siguiera entre nosotros y viera lo que han hecho con su obra, querríamowgli quedarse eternamente entre nosotros para poder deleitarse con ella. Mowgli – adaptación de El libro de la selva – e ilustrado por J. Brax es un auténtico lujo, un álbum ilustrado como pocos, uno de esos tesoros a los que nos tienen acostumbrados los de la editorial Edelvives y que convierte la lectura en toda una experiencia para los sentidos. Desde el oído – mientras contamos la historia a los más pequeños – hasta los ojos – cuando las ilustraciones impactan en nuestros ojos – viviremos a través de las páginas unas sensaciones que son difíciles de explicar o, al menos, de acercarnos a esa intensidad con sólo las palabras que yo ponga en esta reseña. Hace un tiempo, cuando dando vueltas por las librerías, busqué alguna de las adaptaciones de los clásicos, vi que faltaba algo, lo sentía, casi podía notarlo y después evidencié cuando pregunté al librero que esta adaptación no se había realizado, estando llena la librería como estaba de adaptaciones menores que no le habían dado el puesto que se merecía a esta increíble obra. Pero ya está aquí, entre nosotros, para que disfrutemos de ella tanto adultos como niños. ¿Es eso posible? Lo es, cuando la lectura se convierte en uno de esos actos compartidos que los pequeños pueden disfrutar con nosotros, mientras su imaginación se ensancha y nuestra satisfacción se agranda.

Desde hace unos meses hablo de mi sobrino en cada reseña infantil porque es gracias a él por lo que puedo ver un reflejo de lo que la literatura hace en las caras de los niños. En este caso, aunque la historia para él – tiene tres años, y su paciencia no es la que tiene su tío – requería más atención de la que un niño a esa edad puede tener, quedó maravillado por las imágenes, señalando en cada una de ellas y describiéndolas, a su manera, convirtiendo ese espacio de lectura de Mowgli en un auténtico descubrimiento de cómo un libro puede crear en los niños historias que van más allá de lo que propone el libro. Ser niño pequeño tiene que ser fantástico cuando estos libros hacen acto de presencia. Él lo es, y eso es una suerte. Así, cuando crezca, cuando ya sea una personita un poco más mayor, podrá disfrutar de esta historia por completo. Mientras, cuando el tiempo sigue su curso, disfrutará del cuenta – cuentos que es su tío y que intentará hacerle conmoverse como lo ha hecho conmigo este libro. No hay más palabras. Ahora os toca disfrutarlo.

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Libros educativos 24

abececirco

Libros educativos para descubrir el mundo 24

libros-educativosQue los niños aprenden rápido todos lo sabemos – y si no lo sabéis, no hay más que ver a mi sobrino que cada día me aparece con una cosa nueva y mi cara es del más absoluto asombro -. Pero que ellos aprendan por sus propios medios, no quiere decir que no podamos enseñarles nosotros algo a través de, cómo no, los libros. Los libros educativos, para mí, son de las mejores cosas que se han inventado para poder enseñarles el mundo a los más pequeños. Además, hoy en día se hacen cantidad de cosas que nosotros, como adultos, no teníamos a sus edades y yo me quedo maravillado por ello y, por qué no decirlo, agradecido, porque cuando abro un libro, muchas veces, me quedo estupefacto al ver que a alguien se le ha ocurrido lo que yo llevaba mucho tiempo pensando. Así que toca abrir la primera página y empezar. ¿Preparados?

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Libros infantiles 22

mishiyu

Libros infantiles de hoy y de mañana 22

niña leyendoMe gusta leer, lo hago siempre, y comparto mis lecturas siempre que puedo (y me dejan). Sólo hay una persona que no me llama pesado y es un niño, un niño pequeño que se asoma por aquí a veces, mi sobrino, porque a él le gustan tanto como a mí los libros, a pesar de que él todavía no entiende demasiado lo que significan. Pero como sé que es una cuestión de tiempo, de simple tiempo, yo sigo recopilando lecturas porque me interesan, porque quiero que en un futuro él pueda ver que lo que hay en los libros infantiles es uno de los mejores puntos de partida para seguir un camino que lleve a la ausencia de ignorancia. No sé si con el caos que existe hoy en día en el mundo será todo lo feliz que debiera. En cualquier caso, yo sigo regalándole libros como estos que os traigo hoy, porque siempre tiene que haber un momento para empezar a soñar.

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Libros educativos 18

Libros educativos para descubrir el mundo 18

libros educativosEl año, que comienza su andadura estas primeras semanas, nos servirá de nuevo para encontrar esas lecturas que llevábamos esperando tanto tiempo. Pero no sólo de lectura viven los adultos, sino también los niños, que al fin y al cabo, son el futuro de este mundo caótico en el que nos ha tocado vivir. Como eso es lo que me encanta a mí, hoy toca otra ración de libros infantiles educativos que he encontrado y que las editoriales han puesto para nosotros para que ellos aprendan, investiguen, conozcan, y después tengan en su cerebro en expansión toda esa información que utilizarán en un futuro. Esa es una de las cosas buenas que los libros tienen aparejadas: llenan de información útil y cuando somos mayores la recordamos y, si no, siempre podemos volver a cogerlos y recuperar el contenido para que nosotros, el continente, sepamos de lo que estamos hablando. Por todo ello, los libros educativos de hoy tratan de eso: de aprender cómo es el mundo y cómo fue, en otras épocas, que nos son desconocidas de pequeños.

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Nuestra señora de París 2

nuestra señora de parís 2

Nuestra señora de París 2, de Víctor Hugo

Ilustrado por Benjamin Lacombe

nuestra señora de parís 2Un clásico que nos hace entender que el drama tiene cierta belleza en su interior

La imagen que se forma en la cabeza de uno cuando trata de describir un clásico, siempre lo he dicho, es la de un pequeño galimatías que se convierte en una cuesta difícil de subir. Uno encuentra la vivencia de los clásicos como algo inmenso y, quizá por ello, complica más la existencia a quien intenta hablar de ellos. Nuestra señora de París es algo así como una gran construcción que respira a través de su edificación, a través de las paredes que contuvieron el drama de dos personajes que son repudiados, a los que la vida sólo les trajo infortunios y gran pesar. Y es por ello por lo que a mí se me encadena un pequeño nudo en la garganta que, poco tiempo después, agarrota mis dedos y los convierte en estatuas imposibles de moverse adecuadamente. ¿Cómo hablaré de una historia como esta sin caer en el más absoluto de los absurdos, encadenando palabras que son una y otra vez remaches de otras prendas, de otras palabras ya utilizadas, de otras visiones de la misma obra que pueblan la red y las mentes de muchos de vosotros? Así que, después de conseguir la calma necesaria para ponerme a escribir, me mantengo alerta, miro dentro de mí y empiezo a escribir una reseña que habla de una obra grande, y lo que significa para una persona pequeña como yo, que es uno más entre muchos de los seres humanos que pueblan un mundo que tuvo la suerte de tener, entre sus obras, la que me ocupa ahora y hace que mi corazón se pare en algunas ocasiones.

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Swinging Christmas

Swinging Christmas, de Benjamin Lacombe

Swinging ChristmasEl principio de esta reseña es un agradecimiento. Un gracias enorme, con el suspiro pegado en los labios, por vuestra ayuda, por vuestra compañía al otro lado de la pantalla, para que yo, un humilde escritor que intenta ganarse la vida en la carretera de las historias, en los caminos pedregosos de la literatura, tuviera este libro dedicado por Benjamin Lacombe en las manos. Y es que sin vosotros, nada de esto hubiera sucedido. Porque a veces, las historias que se escriben tienen un premio, en forma de libro, pudiendo tocar, ver, sentir sus páginas. Pero otras veces, que son las más importantes, las historias que se escriben tienen un premio que no puede tocarse, que no puede acariciarse ni abrazarse, pero que tienen en su interior ese poder de convertir a los que escribimos y a los que nos leéis en amigos inseparables, juntos y unidos por las letras más comunes, más interesantes, creando un nuevo mundo, creando amigos en los lugares más recónditos y contribuyendo, una vez más, a que la literatura, esa diosa que durante todo este año ha proclamado a los cuatro vientos su importancia, nos llene a todos con la misma fuerza. Sólo por eso, este libro ya es todo un regalo. Gracias a vosotros, hoy, más allá de esta historia, vosotros sois mi regalo.

En un lugar, de nombre desconocido, en una ciudad donde nunca sucede nada, un niño pequeño está a punto de descubrir la magia de la lectura, y el candor con el que el jazz abraza los cuerpos, con sus sonidos de trompetas y la voz melodiosa de una mujer que es pura belleza.

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